Putin amenaza con las nucleares y hasta sus defensores dudan
¿Para qué sirve un arsenal nuclear que nadie cree que se vaya a usar? La amenaza nuclear rusa vuelve al primer plano después de que un buque importante de su flota haya quedado fuera de combate. En el debate, la escalada se enmarca en el envío continuo de armamento occidental a Ucrania. Y el detalle incómodo, el que recorre toda la argumentación, es que buena parte de las lecturas coinciden en lo mismo: el órdago suena a farol.
Qué ha pasado para que Moscú suba el tono
El desencadenante es material. Un buque relevante se ha perdido y, a partir de ahí, el análisis se desplazó del terreno estrictamente militar al de la amenaza nuclear rusa: si la pérdida deja de ser excepcional, el siguiente paso que se pone sobre la mesa es la toma de puntos decisivos.
La tesis más repetida en el arranque del asunto sostiene que
Moscú operó con información defectuosa. Se argumenta que la inteligencia rusa compró el relato de un ejército pobre y de campesinos cuando el país estaba salpicado de milicias de extrema derecha financiadas desde el exterior, con armamento occidental, inteligencia de la CIA y apoyo por satélite. De la expectativa de un derrumbe rápido no ha quedado nada, y esa factura se pasa ahora a quien diseñó la operación.
Ucrania, el portaaviones que nadie necesitó inscribir en la OTAN
El argumento de fondo que vertebra todo el asunto es geográfico:
Ucrania está a unos 500 kilómetros de Moscú y, según esta lectura, funcionaba ya de facto como una plataforma militar occidental, la más valiosa de la región sin necesidad de bandera ni de artículo 5. Ese es el punto que se repite para justificar la invasión y el que se usa como coartada estratégica.
De ahí sale la pregunta que nadie cierra: ¿qué queda de Rusia si China no entra en la ecuación? Hay quien lo dice sin rodeos:
sin Pekín, el proyecto ruso está acabado. Como pieza de recambio se menciona a Corea del Norte, con un millón de soldados y programa nuclear propio. El contraluz lo pone otra corriente: la OTAN tampoco va a entrar en guerra abierta, Ucrania debería haber sido neutral por su peso demográfico ruso y la alianza lleva décadas aproximando su perímetro hacia el este, hasta dejar la frontera a unos 200 kilómetros de San Petersburgo.
Retirada o aviso nuclear: dos escenarios y ninguna salida
El sector más duro lo plantea como disyuntiva cerrada: o Putin se retira, con el coste político que eso tiene para su puesto, o lanza un aviso nuclear, lo que —según esa posición— debía haber hecho en la primera semana, después de abrir corredores humanitarios hacia Kiev. No habría tercera vía. La idea que sostiene ese bando es que la disuasión solo opera mientras el adversario la cree posible.
Enfrente aparecen dos objeciones. La primera, que
Rusia conserva músculo convencional para imponerse sin tocar el arsenal nuclear, y que su plan debería pasar por golpear de forma masiva infraestructura civil y energética, considerando beligerante a quien no haya abandonado el territorio tras más de un mes de hostilidades. La segunda, que ese nivel de destrucción es justo lo que no se puede vender a la propia población a la que se dice estar rescatando. El recuerdo de Vietnam, traído a colación como contrapeso, sirve para recordar que la capacidad de destruir no equivale a ganar.
La neutralidad garantizada que llegó tarde a la mesa
También hubo quien intentó poner números a una salida negociada: integridad territorial de Ucrania, autonomía fuerte para Donbass y Crimea bajo tutela, neutralidad garantizada por Rusia, Turquía, Francia y Reino Unido, y un ejército sin injerencias externas. El propio autor del paquete admitía no creérselo, y ahí está la clave de por qué nadie lo defiende en voz alta.
Otra línea apunta a que el desgaste ya cumplía un objetivo por sí mismo:
Estados Unidos ha encontrado su guerra de desgaste en Europa, Europa se prepara para pasar frío y lo que se ha impedido, sobre todo, es un acercamiento entre Rusia y el bloque europeo. Ganar o perder territorios sería casi lo de menos en ese cálculo.
Por qué casi nadie se cree el botón nuclear
Aquí el pesimismo y el escepticismo se dan la mano. Los hay que despachan la amenaza con una frase:
es un fantasma, no lo va a tirar. Otros añaden el dato que consideran decisivo: quien no ha sido capaz de cortar el gas a Europa difícilmente va a abrir el cajón nuclear, porque sabe que ese paso devuelve a su propio país a la edad de piedra. Incluso los aliados que más han temido el escenario, se dice, han dejado de creer el aviso.
La imagen que resume el ambiente es la del matón de barrio al que han partido la cara y que ahora amenaza con quemar la casa. Puede que tenga la cerilla. El problema es que ya nadie le abre la puerta para comprobarlo.
Al final, el arma más potente del arsenal resulta ser la credibilidad. Y esa, de momento, hay que ir a buscarla fuera del búnker.