Montero llama «fascista» a Milei y tensa el pulso con Argentina
Irene Montero ha vuelto a encender el avispero. La dirigente de Podemos, que ya no ocupa cartera ministerial, ha lanzado una llamada a la acción en la que sitúa al fascismo al mando y coloca la etiqueta de fascista sobre el presidente argentino Javier Milei. No es un exabrupto aislado: es la enésima entrega de un guion que en España se ha convertido en género literario propio, el de señalar al adversario con el sello del fascismo y esperar que la maquinaria mediática haga el resto.
El problema, para quien firma este tipo de soflamas, es que el destinatario ya no es un rival doméstico cualquiera. Milei es el jefe de Estado del país donde más españoles residen fuera de nuestras fronteras y uno de los socios económicos de referencia en América Latina, con peso directo sobre el Mercosur. Convertir cada discrepancia en una cruzada moral tiene coste. Y no precisamente en forma de aplauso.
Qué ha dicho Irene Montero y por qué ahora
La intervención de Montero llega en un momento en el que Podemos ha perdido casi todo el terreno institucional que llegó a acumular. Sin ministerio, sin la visibilidad que da el Gobierno y con una representación parlamentaria que se ha ido desangrando, la formación necesita ruido para existir. Y el ruido, en su caso, tiene una fórmula probada: elevar el tono hasta que alguien del otro lado responda.
La etiqueta de fascista aplicada a Milei no es nueva en el discurso de la izquierda española, pero sí es la más rentable en términos de repercusión. El presidente argentino es un personaje que genera titulares por sí solo, capaz de insultar al Papa Francisco o de calificar a sus adversarios con una creatividad que roza el esperpento. Ponerle el sello de fascista es, en cierto modo, jugar en su propio terreno.
Hay quien sostiene que esta estrategia es la única forma de mantener vivo un proyecto que ya no tiene gestión que defender. En contra pesa el argumento de que el electorado castiga el exceso retórico cuando la economía aprieta. Y la economía, en España, aprieta.
El coste diplomático de una etiqueta
Argentina no es un país cualquiera en la política exterior española. Es el destino donde más españoles han emigrado históricamente y una de las comunidades de argentinos más grandes fuera de su territorio. Cualquier roce institucional tiene consecuencias tangibles: exportaciones, inversiones cruzadas, acuerdos comerciales que dependen de un clima mínimamente civilizado.
La crisis diplomática que se ha ido gestando a cuenta de los intercambios de declaraciones entre Madrid y Buenos Aires no es un juego de salón. Afecta a sectores concretos, desde la alimentación hasta la energía, y a empresas españolas con intereses directos en el país. Que una dirigente política sin cargo ejecutivo encienda la mecha cada vez que habla no ayuda a desactivar el conflicto.
El cálculo más optimista asume que todo se queda en un intercambio de golpes verbales sin consecuencias prácticas. El escenario pesimista parte de que el deterioro institucional acabe contaminando relaciones comerciales que llevan décadas funcionando. Nadie ha demostrado todavía cuál de los dos se impondrá.
Milei, el personaje que todo lo absorbe
Milei no es un interlocutor fácil. Su estilo, que combina el insulto con la provocación calculada, ha convertido la política argentina en un espectáculo permanente. Ha llamado imbécil al Papa Francisco y ha tenido que matizar después. Ha calificado a sus adversarios con una libertad que en Europa resultaría impensable. Y, sin embargo, sigue ocupando el cargo.
Esa impunidad retórica es, paradójicamente, lo que hace que las acusaciones de fascismo contra él resulten poco eficaces. Cuando el acusado ya ha convertido la provocación en marca personal, el sello pierde fuerza. La etiqueta se desgasta por saturación.
Hay quien sostiene que Montero no busca convencer a nadie, sino movilizar a los suyos. Es una lectura plausible. El problema es que los suyos, a estas alturas, caben en un espacio cada vez más reducido.
El desgaste de la etiqueta fascista
El uso indiscriminado del término fascista ha sido una constante en la política española de la última década. Se ha aplicado a jueces, a medios de comunicación, a empresarios, a votantes y a cualquiera que discrepe del relato oficial. El resultado es previsible: la palabra ha perdido buena parte de su capacidad de señalar algo real.
Cuando todo es fascismo, nada lo es. La inflación retórica tiene el mismo efecto que la inflación monetaria: devalúa la moneda. Y en política, una moneda devaluada sirve para muy poco.
Lo que queda es el ruido. Y el ruido, en un ecosistema mediático saturado, dura lo que dura un titular. Montero lo sabe. Milei también. Ambos juegan al mismo juego con reglas distintas.
Qué se juega España en este pulso
Más allá del intercambio de descalificaciones, lo que está en juego es la posición de España en una región donde su influencia se ha ido erosionando. Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay: el Mercosur es un bloque con peso creciente y España no puede permitirse el lujo de convertirlo en un campo de batalla ideológico.
La relación con Argentina siempre ha sido especial, con altibajos, pero con una base sólida de intereses compartidos. Convertirla en moneda de cambio para consumo interno es un lujo que solo se pueden permitir quienes no tienen responsabilidades de gobierno. Montero ya no las tiene. Pero su voz, amplificada, sigue sonando.
Con estos mimbres, lo previsible es que el intercambio de golpes continúe mientras ambos bandos encuentren rédito en él. Lo que no está escrito es cuándo empezará a pasar factura real. Y esa factura, cuando llegue, no la pagarán los que la provocan.