Ternera a 13 euros en Austria y hasta 20 en España
El kilo de ternera de primera se vende a 13 euros en Austria. En España, un corte equivalente puede alcanzar los 20 euros el kilo en el supermercado de barrio. La comparación, lanzada con una foto de un lineal austriaco, desmonta el tópico de que el norte de Europa es carísimo y España el paraíso barato. El matiz llega enseguida: no todos los cortes son homologables ni todos los establecimientos compiten en la misma liga. Pero la parte incómoda de la resta, la del precio de la cesta frente a la nómina que hay al otro lado del mostrador, no se desactiva con matices.
Cuánto cuesta el kilo de ternera en Austria y cuánto en España
El punto de partida es nítido:
13 euros el kilo de ternera de primera en Austria. Otra referencia sitúa un entrecot —Hohrückensteak— también a 13 euros el kilo en un establecimiento de descuento austriaco. La foto que acompaña esa cifra se discute: hay quien sostiene que la imagen está manipulada, que debajo del filete destacado hay bandejas de hamburguesas y que el producto que realmente marca el precio está a 23 euros el kilo. La pelea por la etiqueta no cambia el fondo.
En España las referencias son de otro orden. El lomo bajo se paga a
20 euros el kilo en un supermercado de Medina-Magerit; el mismo comprador reconoce que ese es el corte caro y que las bandejas económicas están aparte. Se citan también 15 euros el kilo de ternera de calidad media en una cadena vasca, chuletillas de cordero a 28,99, pechuga al ajillo a 7,25 y chuletas de aguja entre 8 y 9. En cualquier supermercado de Madrid, un entrecot no baja de 9 euros el kilo. En una carnicería online, 14,50. En un gran almacén, 12. Y hay un dato que inquieta: ese entrecot de 13 euros era el precio español hace cinco años.
¿Por qué la ternera es más cara en España que en Austria?
No hay respuesta cerrada. Las explicaciones que se manejan van en varias direcciones. Criar vacas en un secarral encarece la producción, sostiene una. El empaquetado en bandejas de plástico de dos filetes, presentado como ecoresiliente, es leído por otros como puro sobrecoste. Una tercera apunta al gobierno de turno, y una cuarta, más peregrina, atribuye la subida a la proximidad de Ucrania. Ninguna explica por sí sola el diferencial.
Lo que sí aparece es un patrón: los precios de los alimentos tienden a converger entre países europeos mientras los salarios no convergen. De ahí sale la sensación de empobrecimiento relativo, que no depende del IPC oficial sino de lo que cuesta llenar el carro cada semana.
Salarios y alquiler: la mitad de sueldo para la misma cesta
La premisa que sobrevuela toda la comparación es que en Austria se cobra el doble. Con asteriscos: la referencia que se cita para el salario mínimo austriaco, en torno a
600 euros, no encaja con el resto de cifras del país y conviene tomarla con pinzas. Los alquileres sí se concretan. En ciudades a una hora de Berlín se anuncian pisos de tres dormitorios con buenas calidades y calefacción central desde 400 euros. En una ciudad española grande, fuera de Madrid y Barcelona, un alquiler equivalente no baja de 700, y se cobra la mitad.
La fórmula que resume el malestar es la de habernos convertido en europeos al 50%: precios de primer mundo, nóminas de antes. Cada vez más gente cobra el salario mínimo o dos duros más, y eso hunde el promedio aunque existan sueldos comparables a los franceses o alemanes.
El empobrecimiento en cifras: del 20% al 40%
Los números que se esgrimen son gruesos y conviene tratarlos como estimaciones. En los últimos cinco o seis años, el español medio se habría empobrecido en términos reales de capacidad adquisitiva
entre un 20% y un 30%. Desde 2009, cerca de un 40%. Son cifras sin desglose metodológico, pero marcan una dirección.
Otra pila de datos mira al otro extremo de la escala. Solo un millón de trabajadores en España cobraba más de 60.000 euros brutos anuales en 2022, el 5% del total. De ese grupo, más de 800.000 serían empleados públicos, frente a los 740.000 de 2020, después de una sucesión de subidas salariales. Es decir, más del 80% de los sueldos altos del país saldrían de las arcas públicas. Es una anomalía difícil de encontrar en una economía desarrollada.
Cuando la producción propia desaparece del mapa
Hay un argumento menos numérico y más de fondo: la pérdida de producción propia. Una ciudad industrial de hace un siglo mantenía en sus afueras explotaciones de vacuno de leche y de carne; hoy ese cinturón se ha desvanecido. Quien dependa de la producción exterior para un bien básico pagará lo que le pidan cuando las cosas se tuerzan, o tendrá que producir aquello de lo que no puede prescindir. En ese contexto se menciona una granja de
100.000 toneladas de insectos proyectada en Salamanca y la sospecha, no verificada, de que ese volumen acabará en las mesas como proteína barata.
Del otro lado, las referencias exteriores tampoco son idílicas. En Irlanda el solomillo se paga a 18 euros el kilo y el aceite de oliva a 4 euros el litro. En Suiza, el virgen extra llega a 7 euros por litro y una vivienda en Ginebra no baja de 800.000 euros por un zócalo de un dormitorio en el extrarradio. Que España es barata hace tiempo que dejó de ser cierto; que Europa es carísima, también.
Con estos diferenciales, la convergencia de precios sin convergencia de salarios debería traducirse en algo más que quejas: en cambios de consumo, de residencia y de presión sobre el mercado laboral. Probablemente ocurra, aunque despacio y sin que nadie lo anuncie. Si los alimentos siguen su camino y las nóminas el suyo, la comparación con Austria dejará de ser una anécdota de supermercado para convertirse en una resta que hay que cuadrar cada fin de mes. O no: depende de cuánto de esa foto sea propaganda y cuánto, simplemente, el precio real de un país que se ha vuelto caro sin volverse rico.