Musk aviva la polémica sobre las cuotas de diversidad en pilotos
¿Vale más una cuota de contratación que la seguridad de un vuelo? La pregunta llevaba tiempo circulando por los despachos de recursos humanos de las grandes aerolíneas estadounidenses, y Elon Musk la empujó al centro del escenario al respaldar un mensaje que ponía cifras a la comparación. El texto sostenía que el coeficiente intelectual medio de los pilotos de la USAF ronda los
120 puntos y que el de los pilotos de las principales aerolíneas oscila
entre 115 y 130. Frente a eso, situaba en
85 a 90 el de los graduados de dos universidades con las que United Airlines mantiene acuerdos de captación, calculado a partir del promedio de sus pruebas SAT. Con semejante tablero, la conclusión se escribía sola.
Qué dice el mensaje que Musk respalda
El texto que recibió el visto bueno del empresario no se andaba con rodeos: afirmaba que el coeficiente intelectual «es un predictor bien estudiado y conocido del desempeño laboral, especialmente para ocupaciones de procesamiento rápido y mentalmente exigentes, como el piloto de una importante aerolínea». De ahí trazaba la distancia entre dos mundos: el de los pilotos, con medias que coloca cerca de lo que se considera dotación intelectual alta, y el de los egresados de esos centros, cuyo promedio sitúa a menos de diez puntos del umbral del «deterioro intelectual límite». Musk añadió su propia frase, la que encendió la mecha: hará falta que un avión se estrelle y mate a cientos de personas para que cambien esta política. La reacción en comunidades afroamericanas fue de indignación inmediata.
¿Predice el coeficiente intelectual el rendimiento en la cabina?
Aquí empieza el terreno resbaladizo. Hay quien sostiene que las pruebas de inteligencia no miden conocimientos y por tanto no arrastran sesgo cultural, de modo que la comparación sería metodológicamente limpia. Otros apuntan a un matiz estadístico: dos poblaciones pueden tener medias parecidas y repartos muy distintos, y una mayor dispersión produce más casos extremos, para bien y para mal. Un tercer frente discute el propio instrumento: comparar a personas educadas en sistemas distintos, con acceso desigual a la formación, es comparar cosas que no son iguales. Y hay un cuarto grupo que rebaja el problema de raíz, recordando que pilotar un avión no es tan difícil como se cree: quien trastea con simuladores de vuelo domésticos sabe que un operario de una planta química grande maneja procesos más complicados. La discusión acaba siempre en el mismo sitio: si el coeficiente intelectual fuera un predictor tan sólido como afirma el mensaje, la contratación por cuotas chocaría con los protocolos de seguridad; si no lo es, el argumento entero se cae.
El ranking mundial de CI que aviva la disputa
Para reforzar la tesis circula una tabla de países ordenados por coeficiente intelectual medio que sitúa en cabeza a Japón (106,48), Taiwán (106,47) y Singapur (105,9), seguidos de Hong Kong (105,34), China (104,1) y Corea del Sur (102,3). Cierran el top diez Bielorrusia, Finlandia, Liechtenstein y Alemania, esta última con 100,7. La lectura que se extrae de esos números es incómoda para cualquier relato simple: si la jerarquía la encabezan países asiáticos, el supuesto supremacismo blanco se queda sin base.
De Top Gun a la realidad de la cabina
El imaginario también juega su partida. Se recuerda que en la primera entrega de
Top Gun apenas había un piloto de color en toda la promoción, y que en la segunda los perfiles diversos pasaron a encarnar la élite. El cine funciona aquí como termómetro de un cambio que en la aviación comercial lleva años en marcha, con programas de captación que buscan ampliar la cantera más allá del perfil tradicional. La pregunta de fondo es si esos programas priorizan la diversidad por encima del mérito o si simplemente agrandan el embudo sin rebajar el listón. La respuesta depende de a quién se pregunte y, sobre todo, de qué datos se miren.
Una discusión que también divide por la izquierda
No todos leen el episodio como un choque racial. Hay quien sostiene que el foco en la identidad es precisamente el truco: mientras se discute el coeficiente intelectual de un grupo u otro, se deja de mirar la estructura que concentra la riqueza arriba y la precariedad abajo. Según esta lectura, la bronca identitaria funciona como cortina de humo de una desigualdad que no distingue colores. Es una objeción vieja, pero reaparece cada vez que el asunto se calienta.
Al final, la pregunta que nadie contesta con datos es la única que importa: cuántos accidentes evitables ha causado o dejará de causar una decisión de contratación. Mientras eso no se mida, todo lo demás es literatura. Y de la buena.