El zloty se devalúa un 15% en diez años y Polonia sigue creciendo
Polonia no se está suicidando económicamente. Lo sugiere el dato que recorre toda la discusión: según el cálculo que maneja un forero, el zloty pasó de cotizar
4 por euro en 2013 a
4,60 por euro, un 15% de devaluación en una década que no ha impedido al país mantener el pleno empleo, según varios participantes, mientras que, para otro forero, España acumula dos décadas de crecimiento raquítico y salarios que pierden poder de compra. La tesis de partida —un gobierno que fuerza la máquina monetaria para revalidar en las urnas en octubre— choca con la foto de Varsovia: grúas, rascacielos recién levantados y falta de manos. El matiz, y no es pequeño, es cómo se paga todo eso.
¿Qué ha pasado realmente con el zloty y los tipos de interés?
Un 15% de depreciación frente al euro en diez años no es un desplome. Es un deslizamiento
de manual, del que se beneficia cualquier economía que viva de exportar. El tipo de cambio se convierte así en la herramienta silenciosa que abarata la producción polaca en los mercados exteriores sin necesidad de recortar salarios de golpe ni de firmar un ajuste impopular.
La lectura más agria tiene su espejo en casa. Hay quien sostiene que lo que viene es el paso siguiente: fijar el tipo de cambio euro-zloty y repetir la jugada de las devaluaciones de la peseta de 1992 y 1993, las de Felipe González y Carlos Solchaga, justo antes de entrar en el mecanismo de cambios europeo. La comparación no es casual. Entonces la moneda débil compró tiempo, y el tiempo se agotó con una crisis. Falta saber si el calendario polaco aguanta lo mismo.
Por qué se compara Polonia con España y qué papel juegan los fondos europeos
Como sostiene un forero, media Polonia está levantada a base de autovías y obra pública pagada con dinero de Bruselas. La imagen que más se repite es la de un país que atraviesa su propia versión de los años noventa españoles: crecimiento acelerado, infraestructura a destajo y el riesgo, siempre presente, de acabar con una burbuja inmobiliaria y su posterior reventón, con las grúas multiplicándose en algunas ciudades.
La industria es la otra pata del argumento. Frente al relato de que el sur de Europa ya solo monta y sirve cafés, se impone la tesis contraria: el este del continente ha entendido que para salir del hoyo hay que potenciar fábrica y exportación, igual que hizo España en los sesenta, cuando era la factoría europea fabricando maquinaria bajo licencia alemana y austriaca. El diferencial de productividad es justo lo que ahora juega en contra.
¿Cuánto se gana en Polonia y por qué hay ingenieros españoles en Varsovia?
Aquí el relato se parte en dos. Un sueldo de
1.100 euros al mes es la cifra que da un forero para los trabajadores polacos que llegan a España, algo que otros participantes discuten. Lo que describen quienes trabajan con ellos es casi lo contrario: en la oficina de Varsovia de una compañía hay decenas de ingenieros y programadores españoles emigrados, y sus jefes directos son polacos.
La explicación que dan los propios polacos tiene tres patas, y las tres son culturales. Han asumido que trabajarán en empleos que no tienen nada que ver con su titulación —historiadores programando, licenciados en banca y seguros—. Se mueven geográficamente con mucha más facilidad que el español medio. Y no aspiran en masa a una plaza de funcionario, que sigue siendo el destino soñado de buena parte de la universidad española.
Inflación, deflación y el relato que sostiene la deuda
Hay una corriente que lleva años insistiendo en lo mismo: se nos vende que la deflación, es decir, ganar poder adquisitivo, es sinónimo de pobreza, mientras que la inflación, perderlo, sería sana para la economía. La conclusión que extrae un forero es incómoda: ningún país ha quebrado por la espiral deflacionaria, y todos acaban igual, camino de la bajada de tipos y de la pérdida de valor del dinero.
Ese es el marco mental que explica por qué una devaluación del 15% se lee como tragedia en unas capitales y como ventaja competitiva en otras. La misma cifra, dos relatos opuestos, y una pregunta de fondo que nadie cierra: quién paga el ajuste cuando llegue.
Alemania, la energía barata y el ajuste que viene
El telón de fondo es alemán. Según apunta un forero, el país que sostuvo el euro se ha quedado sin dos de sus ventajas históricas: la energía barata rusa y la producción nuclear propia, cerrada por decisión política. Con más de
cincuenta años sin un solo ejercicio de déficit comercial, la duda ahora es de dónde saca gas el siguiente ciclo industrial.
En ese tablero, Polonia juega, según un forero, con dos cartas enfrentadas: ser el freno del este a las políticas de Bruselas o ser el pasillo energético que Alemania necesita. Las elecciones polacas y la disputa entre el partido en el gobierno y la oposición proeuropea pesan más de lo que parece en el precio del gas que pagará media Europa. Y el país que sirve de corredor suele cobrar peaje, aunque sea político.
Con estos mimbres, lo razonable es esperar que Polonia siga recortando distancias con España en renta por habitante durante unos cuantos años más. También es razonable que la factura llegue después: un crecimiento financiado con sueldos bajos, fondos europeos y una moneda que se devalúa sola tiene fecha de caducidad. Cuándo se cumple, nadie lo sabe todavía. La única certeza es que el que avise primero lo hará con el zloty ya en el suelo.