España no prohíbe la película de Napoleón y el motivo es histórico
Ridley Scott estrena su particular versión del emperador corso y en España nadie ha pedido su censura. La paradoja es que, si alguien tuviera derecho histórico a prohibirla, serían los descendientes de los cientos de miles de españoles que murieron entre 1808 y 1814 defendiendo sus casas de la invasión francesa. Napoleón no fue un libertador: fue un invasor que colocó a su hermano José en el trono y desató una guerra que arrasó el país. Y sin embargo, aquí se ve como una superproducción más de Hollywood.
Qué hizo Napoleón en España entre 1808 y 1814
La cifra que sobrevuela cualquier discusión seria sobre la película es la que dejó la contienda:
5 millones de muertos en toda Europa, según el recuento que maneja el material. En España, las cifras son más modestas pero igual de brutales:
Zaragoza y Gerona sufrieron asedios que se cobraron miles de vidas civiles, y la cifra de bajas españolas durante la ocupación se cuenta por cientos de miles. No fue una escaramuza: fue una guerra total.
El detonante no fue una invasión al uso. Fue una
encerrona diplomática: Carlos IV y Fernando VII, padre e hijo, fueron citados en Bayona y acabaron abdicando en favor de José Bonaparte. La dinastía francesa se instaló en Madrid con el respaldo de un ejército de ocupación. La respuesta popular fue la que fue:
Bailén, La Poza de Santa Isabel, Zaragoza, Gerona, Madrid. Victorias españolas sin participación inglesa en los primeros compases, según se recuerda en el material.
Por qué España no censura la película y Francia sí tiene un problema
La pregunta del millón. España no prohíbe la película porque no tiene una ley de memoria histórica que impida ficcionar a un personaje extranjero del siglo XIX. No hay un organismo que revise guiones. Y, sobre todo, porque el relato oficial español sobre Napoleón nunca ha sido el de víctima: se ha asumido que la Guerra de la Independencia fue un episodio más de la historia nacional, con sus luces y sus sombras.
En
Francia, en cambio, la figura de Napoleón sigue siendo un campo minado. Es el hombre que consolidó el Código Civil y la administración moderna, pero también el que restableció la esclavitud en las colonias en 1802. Ridley Scott ha optado por la vía espectáculo:
Joaquin Phoenix con 48 años interpretando a un emperador que fue coronado con 35. El detalle, señalado en el material, resume el nivel de fidelidad histórica.
El doble rasero del relato liberal y la leyenda negra
Aquí el debate se envenena. Una parte del análisis sostiene que existe una doble moral: mientras se denuncia la conquista española de América, se presenta la expansión napoleónica por Europa como una misión civilizadora.
«Mientras los españoles íbamos a América y Asia a despellejar indios y robar el oro, los iluminados liberales iban por Europa liberando las naciones», resume una de las intervenciones más citadas.
La contraargumentación es igual de contundente: Napoleón no fue un liberador, fue un conquistador que puso a su familia en los tronos de media Europa. En España, los
afrancesados —la élite que colaboró con el invasor— aprovecharon para saquear lo que quedaba del Antiguo Régimen. Y cuando Fernando VII volvió, lo hizo entre vítores. El veneno liberal, dicen, ya estaba inoculado.
Fernando VII, el rey que hizo bueno a José Bonaparte
Si hay un consenso incómodo en todo el material es que
Fernando VII fue un desastre. La comparación más repetida: mejor habría sido que reinara José I. El rey felón volvió en 1814, derogó la Constitución de Cádiz y restauró el absolutismo. La película de Ridley Scott no lo menciona, pero la paradoja española es que el enemigo exterior fue derrotado y el enemigo interior se quedó en el trono.
La discusión deriva hacia el papel de los afrancesados, la masonería y el origen de los derechos del hombre.
«Los derechos del hombre vienen de la Universidad de Salamanca, no de ese baño de sangre que fue la Revolución Francesa», sostiene una intervención. Otra apunta que la Revolución Francesa no fue un hito de libertad, sino un proceso que devoró a sus propios hijos: Robespierre acabó en la guillotina.
El paralelismo con la política actual que nadie quiere reconocer
El salto al presente es inevitable.
Napoleón era un funcionario en paro que creó un imperio, según una de las definiciones más repetidas. La comparación con la clase política española es explícita: cualquier biografía de un político medio, se dice, es prácticamente un Napoleón. La diferencia es que el corso ganó batallas.
La discusión sobre la película deriva hacia el boicot.
«Yo soy partidario del boicot. No pienso ir a verla», afirma una intervención. Otras defienden que la censura no es el camino:
«Será necesario alguien que delimite qué es verdad y qué es mentira». El problema, señalan, no es la película, sino que alguien con intereses decida qué puedes ver.
¿Prohibir una película cambia algo? La historia la escriben los que ganan, pero también los que la financian. Ridley Scott no ha venido a hacer justicia histórica: ha venido a facturar. Y España, mientras tanto, sigue sin tener una superproducción propia sobre la Guerra de la Independencia. Igual el problema no es la censura, sino la falta de presupuesto.