La cama conyugal se enfría: del débito obligatorio a la abstención
¿Por qué las parejas casadas dejan de tener sexo? La pregunta ya no es confesional; se ha convertido en un clásico de las consultas de psicología y en un meme recurrente. La respuesta, sin embargo, es incómoda: el
matrimonio moderno convive con una sequía íntima que nadie quiere verbalizar del todo.
El contraste con el modelo tradicional no puede ser más brusco. En la familia anterior a la secularización, el sexo conyugal operaba como un débito: una obligación de la esposa, decidida por el marido. La cama formaba parte del catálogo de tareas domésticas, junto a la compra y el café por la mañana. Las relaciones se mantenían a diario, incluso con menstruación o durante el embarazo. Aquella frecuencia, eso sí, tenía poco de deseo y mucho de sumisión.
Hoy el marco ha cambiado. El estrés, la fatiga y la rutina son los sospechosos habituales. Pero hay una corriente más afilada: con el declive de la religión y el avance del feminismo, la decisión sobre la vida íntima pasó de manos masculinas a femeninas. El resultado, según esta lectura, es que muchas mujeres se encuentran casadas con hombres que no las atraen. La seguridad del vínculo disuelve la emoción de la conquista; la convivencia y la certeza hacen el resto. Cuando llegan los hijos, el desierto es total.
A la espera de estudios concluyentes, queda el resumen popular: «Cuando hay ganas, no hay tiempo; cuando hay tiempo, no hay ganas. Multiplicado por dos» Algo ha cambiado, desde luego: antes se callaba, ahora se analiza. Y aunque la cuestión no resuelve nada, al menos ha dejado de culpar a las zapatillas del recibidor.