Dos siglos de hegemonía anglosajona: ni raza ni suerte
Desde el siglo XVIII, primero el Imperio británico y después Estados Unidos han marcado el ritmo del comercio, las finanzas y la geopolítica mundial. La pregunta que recorre cualquier conversación sobre historia económica es sencilla: ¿por qué ellos y no otros? La respuesta corta es que no hay una sola respuesta. La larga ocupa siglos y pasa por la Revolución Industrial, el control del crédito, dos guerras mundiales y una capacidad notable para que otros se maten mientras ellos cobran.
La Revolución Industrial y el dinero que no sale de la nada
El punto de partida es material, no cultural. La Revolución Industrial dio a Gran Bretaña una ventaja productiva que ningún rival podía igualar a corto plazo, y esa ventaja se convirtió en capital. Ese capital, a su vez, se concentró en manos de una élite financiera que ya prestaba dinero a las monarquías europeas desde la Alta Edad Media. La tesis que más se repite es que el control del crédito y de las reglas del comercio internacional fue el verdadero motor, por encima de cualquier supuesta superioridad moral o étnica.
Hay quien va más allá y sostiene que el dominio no es anglosajón sino financiero: una red de intereses bancarios que se desplazó de Venecia y Constantinopla a Londres, donde encontró el ecosistema perfecto para crecer, y luego abrió sucursal en América. Es una hipótesis que aparece con fuerza en la discusión y que, como mínimo, obliga a mirar los balances del Banco de Inglaterra antes de atribuir el éxito a la genética.
La Revolución Francesa como punto de inflexión
Uno de los argumentos más sólidos que se han planteado es que sin la Revolución Francesa el mapa de poder habría sido distinto. Antes de 1789, Francia y España compartían familia monárquica, tenían los mayores imperios coloniales del momento y estaban llamadas a disputarse la hegemonía global. La Revolución desvió a Francia hacia dentro y dejó a Gran Bretaña el campo libre para convertirse en árbitro del comercio mundial.
La contra réplica es igual de contundente: Francia tenía todos los mimbres para ser hegemónica y los convirtió en ceniza. La expresión que resume esa corriente es que los franceses tocaban algo y lo estropeaban. Es una hipérbole, pero apunta a un problema real: la inestabilidad institucional francesa del siglo XIX contrasta con la continuidad británica.
Dos guerras mundiales y el relevo ordenado
El siglo XX explica el resto. En la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña se hipotecó con Estados Unidos para ganar, y ahí empezó una relación de dependencia que Washington supo administrar. En la Segunda, los anglosajones liquidaron a Alemania y Japón, y la URSS salió victoriosa pero con veinte millones de muertos y un país arrasado. El relevo de Londres a Washington no fue una traición: fue una transferencia de deuda y de poder.
La idea de que británicos y estadounidenses siempre fueron aliados naturales no resiste el archivo. Antes de 1914, Estados Unidos tenía tantas ganas de desmantelar el Imperio británico como cualquier rival, y ambos países se disputaron la influencia en Latinoamérica durante un siglo. La alianza llegó cuando Londres ya no podía pagar la guerra sin crédito americano.
El relato de la superioridad y sus grietas
Existe una corriente que atribuye el éxito a un coeficiente intelectual superior de las élites, a la austeridad protestante o a la ausencia de escrúpulos. Son explicaciones que suenan bien en un bar y mal en un archivo. La misma corriente que ensalza el pragmatismo anglosajón reconoce que el ciudadano inglés de a pie vivía en condiciones miserables durante el apogeo victoriano, y que nadie en su sano juicio habría querido ser remero en una fábrica de Manchester en 1850.
El dominio tampoco fue solo militar. En Europa, Gran Bretaña no era la potencia terrestre hegemónica: Francia, Alemania o Austria tenían ejércitos más temibles. Lo que tenía era la armada más grande del mundo y el control de las rutas comerciales. España, en su momento, presumía de ambas cosas; la diferencia es que los anglosajones supieron convertir la ventaja naval en arquitectura financiera.
¿Y ahora qué? La decadencia como pregunta abierta
La pregunta que cierra el círculo es por qué están en decadencia. Hay quien sitúa el inicio en la Primera Guerra Mundial, cuando el Partido Laborista sustituyó al Liberal y el socialismo empezó a permear las instituciones británicas. Otros ponen la fecha en 1968, cuando la contracultura se instaló en el Partido Demócrata y comenzó lo que algunos llaman la progresización de la política americana. Son diagnósticos discutibles, pero coinciden en algo: el declive no es económico, es de voluntad.
Otra corriente sostiene que el relevo ya está en marcha y que a los anglosajones les queda poco de su turno. La historia no premia a nadie para siempre. Si el dominio se construyó sobre el control del comercio, la deuda y las reglas del juego, la pregunta no es quién será el próximo, sino quién está dispuesto a pagar el precio de serlo.