El déficit de la guerra de Ucrania y el silencio liberal
Mientras la UE prorroga la suspensión de las reglas fiscales por la guerra de Ucrania, el silencio de los economistas liberales sobre el aumento del déficit se ha convertido en el elefante en la habitación. El gasto en armas, la acogida de refugiados, el gas licuado estadounidense y la búsqueda de fuentes energéticas alternativas al gas ruso se acumulan sin que las voces que clamaban contra el déficit en tiempos de paz levanten ahora la voz. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿dónde están los artículos de Rallo y Lacalle advirtiendo de que esto nos lleva a la ruina?
El doble rasero del déficit
El déficit público ha dejado de ser el enemigo número uno para convertirse en un instrumento de guerra. La Unión Europea ha extendido la suspensión de las reglas fiscales, y los gobiernos occidentales despliegan planes de choque sin complejos:
3.000 millones de euros para la defensa de Ucrania y sus vecinos,
115.000 millones en el Reino Unido para congelar la factura energética,
10.000 millones adicionales en España para combatir la inflación. La ironía es que quienes exigían recortes draconianos en 2012 ahora guardan un silencio sepulcral. Como resume una intervención, el déficit solo importa cuando afecta al «malvao Estado»; si el gasto se justifica por la geopolítica, la doctrina se diluye.
¿Por qué los liberales no critican el gasto de la guerra de Ucrania?
La respuesta corta: porque el enemigo es Rusia. La mayoría de los analistas liberales comparten el marco atlantista y consideran que la guerra justifica cualquier excepción fiscal. Hay quien sostiene que el gasto en defensa y energía es una inversión inevitable, y que criticarlo sería hacerle el juego a Putin. En contra pesa el argumento de que ese mismo razonamiento se aplicó a los rescates bancarios y a los estímulos pospandemia, y entonces sí hubo artículos incendiarios. La coherencia, al parecer, es un lujo que se permite solo cuando el gasto lo firma el adversario ideológico.
El coste real: gas, refugiados y euro
Los números no salen gratis. La UE paga el gas licuado americano a precio de oro, busca fuentes energéticas alternativas al gas ruso y asume la acogida de cientos de miles de refugiados ucranianos en cuestión de días. Mientras, el euro pierde valor a velocidad de crucero, encareciendo aún más las importaciones. El resultado es una tormenta perfecta: inflación alta, déficit disparado y una moneda débil. ¿Quién paga la fiesta? Los hogares con sueldos de 1.000 euros que ven cómo el kWh se dispara y la cesta de la compra se encarece. La solidaridad con Ucrania es indiscutible, pero alguien debería explicar por qué el ajuste siempre recae en los mismos.
El silencio como estrategia
No es casualidad. El ecosistema liberal español tiene una marcada afinidad anglófila y atlantista, y criticar el gasto de guerra sería tanto como cuestionar la OTAN. Por eso callan. Por eso no hay columnas incendiarias contra el déficit europeo, ni gráficos alarmantes sobre la deuda pública. La palabra «liberal» se ha devaluado hasta tal punto que encontrar a uno coherente requiere microscopio electrónico. Mientras tanto, el gasto sigue su curso y la factura, como siempre, la pagará el contribuyente.
Al final, la pregunta no es si el déficit es sostenible, sino quién se atreve a decirlo en voz alta. Y por ahora, el silencio es ensordecedor.