Dos cauces y un solo desagüe: por qué el agua no llegó al viejo Turia
El cauce nuevo del Turia aguantó. Ese es el dato que desmonta media discusión. La lámina de agua no llegó a su máxima capacidad en ningún momento, y por el lado que da a la capital no se desbordó. El destrozo se produjo por el flanco sur, en la V-30, y el caudal que lo provocó no venía del Turia: bajaba por la rambla del Poyo, un barranco que desemboca en la Albufera y que nunca estuvo conectado a la cuenca del Turia. Ahí empieza el problema y ahí sigue, dos años después de que se abriera este asunto.
¿Por qué teniendo dos cauces no se usó también el antiguo?
La pregunta que da título al asunto tiene una respuesta incómoda: porque no existe la obra que permitiría hacerlo. El cauce viejo y el nuevo se bifurcan en un punto concreto, entre Aldaia y Manises, junto a la A-3. Ahí es donde debería volcarse el excedente del Poyo hacia el ramal histórico. Ese enlace no está construido. Lo que hay en esa zona son máquinas removiendo tierra para ampliar la autovía, no para drenar una avenida de agua.
Quien defiende esta tesis lo hace con un argumento hidráulico elemental: una lámina de agua que se frena aumenta su altura. Con dos salidas, el alivio es más rápido. El cauce antiguo, hoy convertido en parque, zonas deportivas y parte de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, sigue siendo un canal excavado con capacidad teórica. La diferencia es que ya no recibe nada.
El plan que existía y nadie ejecutó
No es una ocurrencia de sobremesa. La Confederación Hidrográfica del Júcar trabajó en un proyecto bajo el epígrafe «Adecuación ambiental y drenaje de la cuenca del Poyo vertiente a la Albufera». El trazado previsto arrancaba en el barranco del Pozalet, seguía por el barranco de la Saleta en Aldaia y salía al cauce nuevo por el término de Xirivella. Objetivo: evitar que la rambla del Poyo anegara los municipios por los que hoy desemboca y que el barranco de la Saleta no afectara a Aldaia, Alaquàs o Xirivella.
Hay más. Un ingeniero de caminos, canales y puertos, doctor y una de las referencias del agua en España, diseñó con la Confederación un plan de gestión de riesgos para esa misma zona. Proponía crear un centenar de micropresas de unos cuantos centenares de miles de metros cúbicos cada una —sin llegar al hectómetro cúbico— que, sostenía, habrían reducido drásticamente el alcance de la catástrofe. El coste estimado del plan descartado rondaba los 221 millones de euros. La factura de las indemnizaciones a cargo del consorcio de seguros se estimaba por encima de los 350 millones.
El debate sobre las presas y las compuertas
Cuando se habla de presas, conviene recordar cómo funcionan. Toda presa necesita desaguar a partir de cierto umbral para no comprometer su propia estabilidad, y ese umbral es peor que cualquier riada: una rotura de dique no se negocia. Los momentos de apertura de compuertas están fijados en las normas de explotación, con estudios de tiempos y caudales. Los aliviaderos de labio fijo, simplemente, empiezan a dejar pasar agua cuando el nivel los supera. No hay margen para la improvisación ni para el heroísmo.
En paralelo circula otra versión de los hechos: que se derribaron represas, que no se limpiaron barrancadas ni torrentes, que no se avisó a tiempo a quien acabó coincidiendo en carretera con la avenida. Son afirmaciones que aparecen en la discusión sin documentación que las respalde y que, a la fecha de este análisis, no han sido verificadas.
Lo que sí está documentado
La Confederación descartó unir la rambla del Poyo y el cauce nuevo del Turia. El motivo que se cita es una incompatibilidad con la legislación de la huerta, no un problema de ingeniería. La posibilidad física existe; la vía administrativa, no.
Sobre la ampliación del cauce nuevo, el diagnóstico es más duro: hay tramos donde sería factible y otros donde resulta inviable porque el canal está rodeado de viviendas. Nadie reservó suelo para una hipotética ampliación futura. Eso ya no tiene arreglo. Lo que sí se puede hacer, según los planteamientos que circulan, es ampliar aguas arriba desde Paiporta y conectar en ese punto con el cauce nuevo para que desagüe el excedente. Y aguas abajo, una conexión directa al mar sin pasar por la Albufera, para cuando lleguen avenidas como esta.
El cauce nuevo salvó a la mayor parte de la ciudad. Funcionó como un cortafuegos. El agua que anegó el sur no era suya. Con esos mimbres, la pregunta ya no es por qué no se usaron los dos cauces, sino cuántos planes de drenaje archivados en un cajón hacen falta para que alguien firme el que sí se ejecutó.