La Patum de Berga y el choque de estéticas entre tradición y política
El «baile del águila» de la Patum de Berga, con un figurante disfrazado de monstruo que ejecuta una coreografía entre el dragón y el grifo, ha servido para reabrir una discusión recurrente: por qué las fiestas populares catalanas generan tanto rechazo estético fuera de su territorio y tanta devoción dentro. Un planteamiento que arranca con una descripción sin matices —fachadas, monigotes, rótulos, peinados— y que en pocas líneas deriva hacia el terreno político. La Patum es el ejemplo más citado, pero no el único: gigantes, cabezudos, diablos y bestiarios medievales recorren media Cataluña y, según varios participantes, buena parte de Europa.
Qué es la Patum y por qué genera rechazo estético
La Patum de Berga consiste en una sucesión de danzas con figuras que representan águilas, gigantes, enanos, demonios y turcos. El cartel, para un observador ajeno, es inclasificable: ni es un desfile religioso ni un carnaval al uso. Quien lo ve por primera vez suele describirlo como «feo», y no es una impresión aislada. La comparación con los cuadros de Gutiérrez Solana, los rostros cetrinos, la arquitectura de ladrillo y los rótulos comerciales, aparece de forma espontánea en la conversación.
El problema de fondo es que la fiesta no está diseñada para gustar. Nació vinculada al Corpus Christi y ha sobrevivido con mínimas concesiones a la estética contemporánea. Eso que para unos es autenticidad, para otros es directamente hostil a la vista. La serie «Planeta Imaginario», emitida por TVE en los años 80, se cita como prueba de que el imaginario visual catalán de los ochenta ya producía rechazo en el resto de España.
El bestiario medieval no es exclusivo de Cataluña
Aquí llega el primer correctivo serio al planteamiento inicial. Los gigantes y cabezudos, los dragones procesionales y las danzas de diablos no son una rareza catalana: están documentados en Francia y Bélgica desde el siglo XVIII, y la UNESCO los reconoce como patrimonio inmaterial en ambos países. La procesión de gigantes de Bruselas o las festividades de Douai comparten el mismo ADN visual. Si el criterio estético fuera el filtro, media Europa suspendería.
La pregunta interesante no es por qué son feos, sino por qué se conservan. Y la respuesta apunta a una mezcla de obligación religiosa histórica y ganas de alegrar el rato. Durante siglos, las festividades del calendario eran de asistencia obligatoria; la gente encontró la manera de meter ruido, fuego y monstruos en ellas. Lo que hoy parece un ritual satánico era, en origen, una válvula de escape.
La fiesta como campo de batalla política
El hilo se calienta cuando entra la política. Hay quien sostiene que el independentismo ha colonizado las fiestas populares, que en los años 90 eran celebraciones solemnes, con raíz religiosa y niños como protagonistas, y que hoy son un espectáculo masificado con banderas esteladas y mensaje ideológico. Otros responden que la política siempre estuvo ahí, solo que antes no se veía.
El choque es simétrico. Un sector denuncia que las tradiciones catalanas se han convertido en escaparate identitario; otro responde que la crítica es puro prejuicio españolista. La discusión sobre la estética —si los monigotes son feos, si el público viste mal, si los comercios tienen rótulos horribles— funciona como coartada de una disputa más profunda sobre quién tiene derecho a definir la cultura popular.
El consumo de barreja y el origen de las danzas
Un detalle que ayuda a entender el ambiente: la barreja, mezcla de moscatel y anís a partes iguales, con una graduación de hasta 18 grados, se consume durante estas celebraciones. No es una anécdota menor. Explica por qué la coreografía del águila provoca éxtasis entre el público y por qué la fiesta tiene más de desfogue colectivo que de representación simbólica.
Lo que subyace es una pregunta que nadie responde del todo: ¿qué se conserva cuando se conserva una tradición? ¿El gesto, el disfraz, el significado o el derecho a hacer ruido en la calle? La Patum lleva siglos sin cambiar de forma y ha cambiado de sentido varias veces. Quien la defiende como patrimonio inmaterial y quien la ataca como espectáculo grotesco están hablando, en realidad, de cosas distintas.