Por qué Rusia no ha volado los puentes del Dniéper
Ucrania conserva agua corriente, electricidad, Internet y, sobre todo, trenes. Por esas vías y por los túneles del oeste entra el material militar pesado que la OTAN entrega a Kiev; por los puentes que cruzan el Dniéper se desplaza después hacia el este. La paradoja es de las que no se sostienen mucho rato: si Rusia tiene con qué cortar esa red, ¿por qué lleva meses sin hacerlo? La pregunta ha generado una colección de respuestas que van de lo estrictamente
logístico a lo
conspirativo, y ninguna cierra el asunto del todo.
Cuántos puentes hay que volar en el Dniéper
La primera explicación es de aritmética. En Jersón hay tres puentes; en el resto del río, bajo control ucraniano, se habla de varias decenas, con un recuento que ronda la cuarenta. Los de Jersón, según el recuento que se repite en el hilo, acumulan ya
30-50 impactos de HIMARS y siguen siendo reparables, lo que da una idea de la resistencia de estas estructuras. Repetir esa dosis en todos los cruces exigiría cientos de misiles, y aun así los pontones y las cuadrillas de obra devolverían el paso en pocas horas.
¿Por qué no basta con lanzar un misil contra un puente?
Porque hace falta precisión y potencia, y no siempre coinciden. Los HIMARS son cohetes de precisión, no de demolición; los Kalibr tienen fallos de puntería; la aviación rusa apenas cruza el frente por miedo a las defensas antiaéreas heredadas de la etapa soviética y reforzadas. El sistema de guiado
GLONASS, según esta línea, es menos exacto que el GPS y más fácil de interferir. Con bombas no guiadas lanzadas desde lejos, acertar en un vano concreto es una lotería.
La versión militar: no pueden, no es que no quieran
Aquí coinciden voces que rara vez coinciden en nada. Un bloque sostiene que Rusia no tiene la capacidad militar convencional para destruir la infraestructura ucraniana y que el desgaste propio crece más deprisa que el del rival, repuesto cada mes con asistencia estadounidense. Otro apunta al estado calamitoso de las Fuerzas Armadas rusas, con una fuerza aérea casi ausente y una defensa antiaérea ucraniana que les impide acercarse. El argumento de fondo: se confunde
no querer con
no poder.
La versión política: no quieren destruir lo que esperan heredar
El segundo bloque de explicaciones es político. Quien defiende esta tesis señala que Moscú sigue cobrando un
canon por el tránsito de gas por territorio ucraniano y que el gas ruso ha seguido llegando a Europa por gasoductos y por GNL pese a las sanciones. Se apunta también a un cálculo de reconstrucción: quien gane la guerra tendrá que levantar lo que derribe, y arrasar la red eléctrica o ferroviaria encarece la factura futura. El paralelismo histórico que circula es el de la Guerra Civil española, cuando quien podía cortar la luz y el agua a Madrid no lo hizo.
La versión de la farsa: todo esto es un montaje
Una tercera corriente, más abundante de lo que parece, sostiene que lo que falta no son medios sino intención, y que la ausencia de ataques a la logística pesada delata que esto no es una guerra convencional sino algo parecido a un
guion pactado. Esta línea tiró de la crítica que el canal Rybar dirigió contra la propia cúpula rusa por no golpear los nudos ferroviarios ni los centros de control de la red eléctrica. Y va acompañada, con frecuencia, de una tesis mayor: que el objetivo real de los actores implicados no es Ucrania sino el desmantelamiento económico de Europa. No hay pruebas que respalden esta lectura; se sostiene como sospecha.
Lo que cambió en octubre
El debate tiene un antes y un después. El
10 de octubre las fuerzas rusas lanzaron el primer ataque masivo contra las instalaciones energéticas ucranianas, y dos meses después los análisis seguían preguntándose por qué no se atacaban también los puentes o las líneas de ferrocarril. Coincide en el tiempo con el relevo al frente: el nuevo responsable de la operación informaba entonces de una situación generalmente estabilizada, de refuerzos con movilizados y de combates callejeros en las afueras de Artemovsk. Los objetivos, sobre el mapa, seguían sin ser los nudos logísticos.
Por qué tampoco Ucrania es la historia limpia que se vende
Frente al relato del gigante incompetente hay otro que reparte culpas. Se recuerda que Ucrania conocía los planes rusos con meses de antelación y aun así casi pierde la capital; que no supo reventar una columna de más de veinte kilómetros detenida en la carretera; que en ocho años de preguerra no montó una fuerza aérea ni antiaérea razonable. El mismo escuadrón de argumentos sirve para las dos partes, y deja una sensación incómoda: aquí nadie estuvo a la altura de su propia propaganda.
Si de verdad faltan misiles, y no voluntad, la imagen de Ucrania conservando luz, agua y trenes es un fracaso militar incómodo. Si sobran medios y falta intención, entonces hay algo pactado que no encaja con la retórica de ambos bandos. Las dos lecturas siguen encima de la mesa, y la evidencia disponible no permite cerrar ninguna. ¿Se puede ganar una guerra sin tocar los puentes?