Vino, queso y márquetin: España contra Francia
¿De verdad el producto francés es mejor que el español, o solo lleva dos siglos vendiéndose mejor? La pregunta recorre una discusión que arranca con un reconocimiento incómodo —alguien admite por fin que el producto galo le hace sombra al español— y termina convertida en un ajuste de cuentas sobre vino, queso, gastronomía y, sobre todo, imagen de marca. Porque el consenso, si existe, es este:
Francia juega con ventaja en márquetin, no necesariamente en calidad.
El vino: donde el acuerdo es casi total
En pocas cosas se ponen de acuerdo tantos perfiles distintos. El champagne francés de gama alta se considera superior al cava español, y eso lo admite incluso quien defiende el producto nacional. Ahora bien, el matiz llega rápido: los espumosos franceses baratos son «tan o incluso más malos» que los españoles. La frontera no es el país, es el precio.
Ahí aparece el dato que descoloca. Un consumidor cuenta que ha comprado
champagnes de 70 euros la botella y no encuentra casi diferencia con un espumoso español de
12 euros. Otro sostiene que entre
10 y 20 euros los vinos españoles están «a años luz» de los franceses en ese mismo rango, y que solo por encima de
50 euros la cosa se complica. La conclusión que se repite: por debajo de 10 euros, el vino español es «imbebible»; por encima, compite de tú a tú.
Hay quien va más lejos y señala el clima como ventaja estructural. España tendría mejores condiciones para obtener grandes vinos, y de hecho los franceses compran a granel aquí. La paradoja es que ese material acaba bajo etiqueta gala.
El queso y la trampa de la leche
El queso es el otro gran campo de batalla. Un participante con
18 años entre Normandía y la Île-de-France lo resume: los franceses tienen un buen departamento de márquetin, pero un manchego bueno y barato no se encuentra igual. La clave está en la materia prima: los quesos españoles son fundamentalmente de oveja, los franceses de corteza lavada son de vaca, y el clima español limita la producción láctea bovina.
De ahí el refrán que se cita: «el mejor queso el de oveja, la mejor leche la de cabra y la mejor mantequilla la de vaca». No es inferioridad, es otra geografía. Y en esa liga, el Gamoneu asturiano o los quesos canarios aparecen como ejemplos de calidad a precio contenido.
La marca España y el problema de las palabras
Aquí el análisis se vuelve más incómodo. Se sostiene que
«Spain» y «Spanish» arrastran una asociación con toda la esfera hispanoparlante, no solo con el país mediterráneo, y que eso lastra la marca gastronómica frente a France, Italy o Japan. Millonadas en promoción, sí; resultados en el imaginario del consumidor extranjero, más discutibles.
La comparación con Italia es recurrente: mientras allí se invierte en promocionar la marca país, aquí se dispersa el esfuerzo. Y el diagnóstico de fondo que comparten voces muy distintas: el problema español es de
dejadez y pésimo márquetin, de competir en volumen en vez de en calidad percibida.
La gastronomía: ¿mejor la cocina de ricos o la de pobres?
El debate se parte en dos. Unos defienden que la cultura gastronómica francesa no tiene parangón y que en un supermercado de polígono galo hay mejores viandas que en uno español. Otros contraatacan: la variedad de la cocina española, la de las abuelas, supera a la francesa, y reducir todo a las estrellas Michelin es una simplificación.
La formulación más lúcida que aparece: la cocina de ricos francesa es mejor que la española, pero en cocina de pobres España gana. Y con el vino pasa igual: un Ribera de
800 euros no supera necesariamente a un Burdeos del mismo precio.
Al final, la pregunta inicial se responde sola: no es que Francia sea mejor, es que lleva
dos siglos produciendo y comercializando lo mismo que España empezó a vender ayer. El producto puede empatar. La marca, de momento, no.