Prorrusia o proucrania: 265 votos frente a 560 papeletas
Una encuesta anónima lanza la pregunta más incómoda de la guerra de Ucrania —de qué bando estás— y el recuento deja una paradoja: gana el lado prorruso con
265 votos sobre 560, pero quien suma ese total tampoco puede cantar victoria. Menos de la mitad del censo se alinea con Moscú y un bloque considerable se niega a entrar en el juego. La primera respuesta registrada fue, de hecho, una pregunta de vuelta: para qué debería tener un bando.
El número que se blande como arma es otro:
el 47% que se declara a favor de la intervención y en contra de lo que una parte describe como la maniobra del clan Biden y de Soros. Se usa como aldabonazo contra quienes sostienen que la mayoría ha comprado un solo relato. En una votación paralela sobre el mismo asunto solo constaban
367 votos, y la movilización, en cualquier caso, fue desigual.
¿Por qué hay quien se niega a elegir bando?
Porque considera que la propia pregunta ya concede demasiado. La cuarta opción es la que recoge los motivos más dispares y menos ideológicos. Ahí cabe quien dice que lo importante es su familia y su trabajo, quien se declara pro-España y sostiene que el país bastante tiene con lo suyo, y quien pone su propio patrimonio como trinchera:
yo voy con mis ahorros, viene a decir más de uno. También hay quien directamente silencia las encuestas para no alimentarlas.
Hay una ironía de fondo: el rechazo al marco de la pregunta no es tibieza, es una toma de posición sobre cómo se está contando la guerra. Y ese grupo, que no aparece en ninguno de los dos titulares, es el que decide el resultado.
El eje anti-OTAN: votar prorruso sin ser ruso
Una parte del voto prorruso no nace de ninguna simpatía por Moscú, sino del rechazo a la OTAN y a lo que describe como el gobierno mundial. El argumento se resume así: Rusia solo se está defendiendo de un acoso que dura desde 1991. Quien lo sostiene añade el interés propio —que la guerra sea corta y la gane Rusia— porque, dice, los aliados occidentales están desatados y necesitan reveses para soltar la mano.
Hay más capas bajo esa etiqueta. Una corriente mira a Londres y Washington, no a Moscú, como responsables de los conflictos de las últimas décadas; otra reclama que Rusia devuelva el oro y, ya si eso, se empiece a hablar. Una tercera mezcla el conflicto con la tensión en el norte de África y con las derivadas de un caso de espionaje. Ninguna de esas piezas forma un cuerpo doctrinal, y ese es justamente el punto: el voto prorruso de esta votación es más un
anti que un
pro.
El error de llamar comunista a Rusia
Buena parte del intercambio se va en desmontar una etiqueta. El partido del Kremlin, Rusia Unida, se identifica como centrista, nacionalista y conservador, según la ficha que se cita para zanjar la confusión. La identificación con lo comunista vendría, apuntan, de la simbología y de la nostalgia de la URSS como potencia mundial, no del modelo político. Otros van más lejos: lo que está igualando a la clase media con la clase baja no es el comunismo, sino un capitalismo que se reinventa y concentra todo en una élite.
La discusión no es baladí. Si el adversario se define mal, se diseña mal la respuesta, y ese reproche cruza de lado a lado sin que nadie lo recoja.
Ucrania, país invadido y derecho internacional
El otro flanco se ordena en torno a una idea sencilla: siempre a favor del país invadido. Quienes votan así apelan al derecho internacional, a los principios de la ONU y a la integridad territorial de los estados, y sostienen que ponerse del lado de Moscú saca a cualquiera del marco legal. Añaden un dato de contexto: en el Donbass llevaban años muriendo personas mientras entraban soldados y armas rusas, exactamente lo mismo que ahora se reprocha a la OTAN.
Dentro de ese grupo conviven el atlantismo militante —la Alianza como escudo de una forma de vida— con un antirrusismo más antiguo, de cuentas pendientes. Y con una dosis de realismo: lo importante, dicen, es que la guerra termine.
Cuentas nuevas, acarreos y resultados inflados
Ninguna votación sale limpia. Se acusa a los dos lados de mover cuentas al unísono, de publicar en cadena y de votar en bloque; hay quien sostiene que estas encuestas las ganan siempre los mismos por partida doble. No se aporta prueba alguna de pago, y quien denuncia el acarreo suele hacerlo mientras participa. La queja más repetida tampoco es sobre el resultado: es sobre el ruido.
Con
265 votos prorrusos, 560 papeletas y un 47% que rechaza la maniobra atribuida a Soros y al clan Biden, el único consenso parece ser que nadie tiene mayoría. ¿De quién es esa mayoría que nadie reclama?