La encuesta que divide a los psicólogos: verdad o valores políticos
Hay preguntas que parecen sencillas y esconden un campo de minas. La última, formulada entre profesores de psicología, es una de ellas: ¿qué está por encima, la verdad o los valores políticos? El dato crudo: dos tercios de los docentes varones anteponen la verdad, pero no todos; entre las profesoras, la cifra cae al 43%. La brecha no es menor, y dice más de la pregunta que de los encuestados.
Una corriente tajante sostiene que si los valores no se ajustan a la verdad, sobran. En su apoyo se citan episodios que nadie debería tragar con estómago ideológico –los crímenes de Stalin, la negación del Holocausto– como prueba de hasta dónde llega la ceguera de parte. En contra pesa el argumento de que toda ideología construye su propia verdad, y que «disuadir» a un convencido es tarea de Sísifo. No hace falta pensar muy lejos para encontrar ejemplos.
Una tercera vía desvía la atención: la disyuntiva verdad contra valores sería una tapadera. El factor decisivo, se argumenta, no es la moral ni los hechos, sino el interés material –el dinero, dicho sin eufemismos–. La moral, además, queda malparada: si se define como la certeza de que cada acto tiene consecuencias justas, la conclusión más habitual es que casi nadie merece ese título.
Y de fondo, una distinción que se agradece: valores políticos no es lo mismo que ideología. La libertad, por ejemplo, tiene al menos tres caras –no coacción, oportunidades materiales y participación en las normas– y las dos primeras pueden chocar. En ese marco, la verdad no resuelve el conflicto: lo expone.
Si la brecha de género se confirmara en una muestra mayor, tocaría explicar por qué las profesoras son más reticentes a anteponer la verdad. Quizá sea socialización, quizá definan la pregunta de otra manera. La encuesta no lo dice. Así que la conclusión, por ahora, es incómoda: la verdad está por encima de los valores, salvo cuando no lo está.