Que el gato sea pogre, aunque no cace ningún ratón (Luis Ventoso en El Debate)

Que el gato sea pogre, aunque no cace ningún ratón (Luis Ventoso en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La propuesta de crear supermercados públicos en Barcelona reaviva el debate sobre la eficacia de la gestión estatal frente a la privada, con la experiencia histórica mostrando resultados dispares. La idea de que la gestión pública es intrínsecamente superior a la privada, especialmente en lo que respecta a la provisión de bienes y servicios esenciales, es un mantra recurrente en ciertos ámbitos políticos.

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La propuesta de crear supermercados públicos en Barcelona reaviva el debate sobre la eficacia de la gestión estatal frente a la privada, con la experiencia histórica mostrando resultados dispares.

¿Lo público funciona mejor? La historia no siempre acompaña

La idea de que la gestión pública es intrínsecamente superior a la privada, especialmente en lo que respecta a la provisión de bienes y servicios esenciales, es un mantra recurrente en ciertos ámbitos políticos. Sin embargo, la historia ofrece un panorama más matizado. Tomemos el caso de la República Democrática Federal de Yugoslavia, fundada en 1945 bajo el liderazgo de Josip Broz Tito. Tito intentó una tercera vía entre el capitalismo occidental y el comunismo soviético, permitiendo ciertos atisbos de propiedad privada. Tras su muerte en 1980, la desintegración del país a principios de los noventa y la subsiguiente guerra demostraron las fragilidades de un modelo mal cohesionado. En viajes realizados a finales de los ochenta, se pudo constatar en la práctica que los bares privados en Yugoslavia ofrecían una experiencia notablemente superior a los estatales, una observación que apuntaba a la eficiencia y calidad que a menudo acompaña a la competencia.

Los experimentos socialistas, en general, han tendido a desembocar en una distribución de mediocridad o, en el peor de los casos, de miseria, junto con la creación de oligarquías extractivas y una progresiva erosión de las libertades. A pesar de estas evidencias, la izquierda a menudo insiste en la superioridad de lo público. Adam Smith, figura cumbre del liberalismo, ya explicaba en el siglo XVIII que no es la benevolencia del carnicero o el panadero lo que nos asegura el sustento, sino su propio interés. Esta máxima se ve reflejada en fenómenos cotidianos, como la diferencia entre los baños públicos de estaciones de tren que, cuando son de acceso gratuito, suelen presentar un estado lamentable, y aquellos que, como en la estación de Zaragoza, requieren un pago de 1 euro para acceder, y que, sorprendentemente, exhiben una higiene y un cuidado impecables.

Este contraste pone de manifiesto una pregunta fundamental: ¿qué modelo es realmente más eficaz? Si comparamos la decadente Renfe pública con las líneas aéreas privadas españolas, o la calidad de los automóviles fabricados en la Alemania Federal de Mercedes y Volkswagen frente al rudimentario Trabant de la RDA comunista, las conclusiones parecen apuntar en una dirección. La libre competencia económica, la creatividad y el afán de superación de los empresarios son motores que, en última instancia, benefician a la sociedad tanto por la diversidad de ofertas como por los empleos que generan.

La propuesta de supermercados públicos en Barcelona

En este contexto, la reciente propuesta del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, de crear supermercados públicos para ofrecer productos más asequibles a los ciudadanos, ha generado un considerable debate. Tras un encuentro en Nueva York, Collboni anunció su intención de replicar una iniciativa similar impulsada por un edil neoyorquino. El objetivo declarado es abaratar la cesta de la compra, aunque los detalles sobre cómo se logrará este abaratamiento, el nivel de descuento esperado y quién asumirá la diferencia con el precio de mercado –que recaerá, inevitablemente, sobre los impuestos de todos–, no han sido desvelados.

España ya cuenta con una oferta de supermercados extraordinariamente variada, tanto en la diversidad de productos como en el abanico de precios. Existen cadenas que se especializan en ofrecer los precios más bajos, los llamados «supermercados low cost», y otras que han logrado un equilibrio muy ajustado entre calidad y coste. También hay opciones de gama alta para consumidores con mayor poder adquisitivo. Por ello, la idea de supermercados públicos, presentada como una solución populista, parece poco probable que resuelva problemas estructurales. Más bien, podría interpretarse como una maniobra de propaganda para un alcalde que enfrenta serios desafíos en materia de seguridad en su ciudad, utilizando la propuesta como una cortina de humo.

Las declaraciones de Collboni reflejan una cierta desconexión económica en la izquierda actual. En lugar de apoyar a los empresarios y fomentar la creación de nuevas empresas que generen empleo y satisfagan a los consumidores, se les tacha de obtener «beneficios obscenos» y se les persigue con una fiscalidad elevada. La propuesta de supermercados socialistas evoca imágenes de la Cuba de los Castro, un modelo que dista mucho de ser un ejemplo de prosperidad. Es comprensible que Collboni apueste por lo público, dado que su trayectoria profesional se ha desarrollado íntegramente en el ámbito sindical y político, en la UGT y el PSC, sin haber experimentado la necesidad de ganarse la vida en el sector privado.

El pragmatismo de Deng Xiaoping frente a la ideología

La famosa frase atribuida a Deng Xiaoping a finales de los setenta, «Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones», encapsula una visión pragmática y orientada a resultados. China, tras adoptar esta filosofía y abrir su economía al sector privado, experimentó una transformación radical, pasando de la miseria a convertirse en una potencia económica mundial. La clave fue priorizar la eficacia y la capacidad de generar riqueza y bienestar, independientemente de la ideología subyacente.

En contraste, la propuesta de Barcelona parece querer invertir este principio, sugiriendo que «Gato progre, aunque no cace ningún ratón». Esta visión, que prioriza la ideología sobre la efectividad, es preocupante, especialmente considerando el pasado de Cataluña como un motor económico en España. Hoy, la región parece verse lastrada por políticas que a menudo se perciben como histriónicas y autolesivas, alejadas de la eficiencia que demanda la economía moderna. La búsqueda de resultados tangibles, como la caza de ratones (o, en este caso, la oferta de productos asequibles y de calidad), debería ser el criterio fundamental para evaluar cualquier iniciativa económica, sin importar su adscripción ideológica.

Datos clave
  • La propuesta de crear supermercados públicos en Barcelona fue anunciada por el alcalde Jaume Collboni.
  • Se busca ofrecer productos más asequibles a los ciudadanos de Barcelona.
  • El debate se centra en la eficacia de la gestión pública frente a la privada.
  • La frase «Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones» se atribuye a Deng Xiaoping.
  • La experiencia histórica en países como Yugoslavia y la RDA comunista se utiliza como contraste.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Que el gato sea pogre, aunque no cace ningún ratón​

22/09/2026

Luis Ventoso-El Debate
  • Invita a la melancolía ver al alcalde de una ciudad de la categoría de Barcelona soltando propuestas socialistas como crear supermercados públicos
En 1945 se fundó la República Democrática Federal de Yugoslavia, que de inmediato se convertiría en la dictadura socialista del carismático partisano Josip Broz Tito. El mariscal «democrático» y «federal» –dos adjetivos muy Sánchez– intentó una tercera vía entre el capitalismo estadounidense y el comunismo de la URSS estalinista. Es decir, permitió algunos leves atisbos de propiedad privada.

Tito se murió en 1980. Yugoslavia, que era un puzle mal encajado de pueblos que se detestaban, se rompió a comienzos de los noventa, dando paso a una crudelísima guerra.

En la segunda mitad de los ochenta tuve la ocasión de visitar Yugoslavia en el clásico viaje caricia de paso del ecuador de la carrera. Allí aprendí dos cosas. La primera fue que cerveza en yugoslavo se decía «pivo». La segunda consistió en constatar que el comunismo no funciona, pues allí había bares del Estado y bares ya privados y los segundos resultaban mucho mejores que los primeros.

Los experimentos socialistas siempre han acabado igual: reparto de mediocridad –o de miseria–, oligarquías extractivas y erosión de las libertades. Sin embargo, nada gusta más a nuestra izquierda que el mantra de que «lo público» funciona mucho mejor que lo privado.

Adam Smith, el mayor liberal de la historia con permiso de Sánchez, que ha renunciado hasta a que el Estado elabore unos presupuestos, explicaba que «no es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino la consideración de su propio interés». Y es así, como bien refleja lo que podríamos denominar como la Teoría Política de las Micciones de Pago, que paso a exponer:

Usualmente, los baños de las estaciones de tren están más bien cochambrosos. Pero en algunas, como en la de Zaragoza, han incorporado unos lavabos a los que se accede previo pago de 1 euro. El experimento es pasmoso. Al pagar todo cambia. Impera una higiene absoluta y un cuidado segarro de las instalaciones, que contrasta con el mal uso y abandono de lo público.

Lo privado y lo público, interesante debate. ¿Qué funciona mejor, la decadente Renfe pública o las líneas aéreas privadas españolas? ¿Quién fabricaba mejores coches: la RFA de la Mercedes, la BMW y la Volkswagen… o la RDA comunista con su rupestre Trabant? ¿Quiénes están mejor alimentados y vestidos, los cubanos que disfrutan de un larguísimo experimento comunista y han vuelto a la luz de las velas, o sus vecinos dominicanos que están soportando el horrible capitalismo?

No hay nada que ayude más a mejorar la vida de las personas que la libre competencia económica y la creatividad y afán de emulación de los empresarios, de la que nos beneficiamos por partida doble: disfrutando de su oferta y de los empleos que crean.

Pero todas estas evidencias casi pueriles están siendo ignoradas por algunos responsables económicos, como el alcalde socialista de Barcelona. Tras un encuentro en Nueva York, haciéndose selfis con el socialista Zohran Mamdani, Collboni ha regresado a España anunciando que copiará la idea del edil neoyorquino de crear supermercados públicos. El objetivo es ofrecer productos más asequibles a los barceloneses, aunque no se explica cómo, ni con qué nivel de descuento. Tampoco se desvela quién pagará la diferencia con lo que marca el mercado (que al final seremos todos con nuestros impuestos).

La oferta de los supermercados en España es extraordinaria, tanto en la variedad de género como en su abanico de precios (y quien no lo crea que se dé una vuelta por el Reino Unido). Existen ya varias cadenas que apuestan por el máximo descuento, los llamados «supermercados low cost». Existen firmas españolas que han logrado un equilibrio muy aquilatado entre la calidad de lo que ofrecen y su precio. Existe también el nivel VIP para bolsillos fuertes. Es decir, esa idea populista de los supermercados públicos no va a arreglar nada. Solo sirve para que un alcalde que tiene a su ciudad sumida en un serio problema de inseguridad se haga un poco de propaganda a modo de cortina de humo.

Anuncios como el de Collboni reflejan la confusión económica de nuestra izquierda, que en lugar de apoyar a los empresarios habla de sus «beneficios obscenos» y los persigue con rapacidad fiscal. En vez de fomentar que surjan emprendedores capaces de crear nuevos Mercadona y nuevos Gadis, que generan empleo y satisfacen a su clientela, nos proponen supermercados socialistas como si estuviésemos en la Cuba de los Castro. Pero es normal que Collboni apueste por «lo público». Toda su vida laboral la ha hecho en la UGT y el PSC. Ignora lo que es trabajar fuera de la política.

«Gato blanco o gato […], lo importante es que cace ratones», concluyó el inteligente Deng Xiaoping a finales de los setenta. Los chinos despertaron y pasaron de la miseria a comerse el mundo en cuanto abrieron su economía al acicate privado. Pero en Barcelona le quieren dar la vuelta al aserto: «Gato pogre, aunque no cace ningún ratón». Ay, pobre Cataluña, antaño meca de la empresa en España y hoy pasto de políticas histriónicas y autolesivas.

Nota del machaca copiapega: Recuerde el alma dormida que fue Fu-Manchú González quien trajo esa idea del gato y los ratones de un viaje a China.
 

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