Por qué el conductor que no puede mejorar su productividad explica el callejón sin salida de la economía de plataformas
La paradoja está servida: si eres conductor de VTC y quieres ganar más, solo te queda alargar la jornada. No tienes palancas para producir más por hora: la ruta la decide la app, el precio lo fija el mercado, y el combustible es el que es. El debate sobre qué es productividad, en el fondo, choca contra una realidad incómoda: en el último eslabón de la cadena, el trabajador no puede aumentar su eficiencia, solo su desgaste.
Un conductor lo expresaba con sarcasmo: «¿Acelero?». La ironía destapa el nervio. La definición clásica —relación entre producción obtenida y factores consumidos— suena bien en una fábrica de tortillas, donde por cada huevo extra puedes sacar dos tortillas más. Pero en servicios digitales, la producción es un viaje, el factor principal es el tiempo del conductor, y el sistema ya ha optimizado rutas hasta el límite. Como señalaba otro participante, has llegado a la ley de rendimientos decrecientes: cada hora extra rinde menos emocional y físicamente, aunque la app te lo recompense igual.
Del «más horas» al «mismo dinero»: ¿dónde está la productividad real?
La trampa está en que la productividad empresarial —facturación partido por costes— sí puede crecer si la plataforma capta más viajes o los hace más caros. Pero para el conductor individual, las variables se reducen a una: trabajar más. «Esto no es productividad, es trabajar más por lo mismo», resumía uno. La sospecha de que el término solo sirve para «esclavizarnos» recorre el hilo, y no es nueva: desde los 90, la externalización y la economía de plataformas han transferido el riesgo al trabajador, que ahora asume la variabilidad de la demanda sin herramientas para influir en ella.
El espejismo del factor humano
Se mencionaba el sistema chino 996 (9 a.m. a 9 p.m., 6 días a la semana) como ejemplo de productividad exprimida. Pero confundir horas con eficiencia es el error clásico. Japón lleva décadas intentando reducir las jornadas sin éxito medible en productividad; Corea del Sur, con una de las jornadas más largas de la OCDE, tiene una productividad por hora inferior a la media. El dato aplastante: España tiene una brecha del 20% con la UE en productividad por hora trabajada, pero sus jornadas no son particularmente largas. El problema no es que trabajemos poco, es que la estructura económica —excesivo peso de servicios de bajo valor añadido, poca inversión en I+D, tejido empresarial atomizado— lastra cualquier mejora.
Un interviniente lo resumió con crudeza: en servicios como VTC o reparto, «el proveedor ha optimizado todo lo posible las rutas». El trabajador es el último recurso de ajuste, y la «productividad» se convierte en un eufemismo para extraer más horas al mismo precio. La pregunta que flota al final del debate sigue sin respuesta oficial: si el sistema ya ha apretado todas las tuercas técnicas, ¿qué más se puede apretar sino al trabajador?