De defender a los judíos a odiarlos: el relato que dio Hitler
¿Qué convierte a un joven que se indignaba con el antisemitismo en el hombre que ordenó el Holocausto? Hitler dejó su propia versión por escrito: en
Mein Kampf, redactado en la cárcel en 1924, cuando tenía 34 o 35 años, sostiene que el cambio se produjo durante sus años en Viena, entre 1909 y 1914, la etapa en la que llegó a la ciudad siendo casi un adolescente y en la que, según su propio relato, se formó políticamente. La explicación oficial que él mismo dio tiene dos nombres: el marxismo y el judaísmo.
El relato arranca con la muerte de su madre y su tercera llegada a Viena, donde vivió «cinco años de miseria y calamidad». Trabajó primero como peón y luego como pequeño pintor, con un sustento que «nunca alcanzaba a mitigar el hambre». Ese punto de partida material —el hambre como «más fiel guardián»— es el que él mismo sitúa antes de cualquier conclusión ideológica. En los palacios de la Ringstrasse, escribe, pululaban miles de desocupados y en los canales vegetaban vagabundos: «En ninguna ciudad alemana podía estudiarse mejor que en Viena el problema social».
Del problema social al problema nacional
La primera conclusión que dice haber extraído no era racial, sino social: establecer mejores condiciones de desarrollo con un profundo sentimiento de responsabilidad social y, a la vez, la decisión de anular a los «depravados incorregibles». A eso añade una preocupación por la falta de sentimiento nacional entre quienes sufren penurias: solo quien aprende a valorar la grandeza cultural, económica y política de su patria siente orgullo de pertenecer a ella. «Solo se puede luchar por aquello que se quiere», escribe.
En esa fase, según su propio testimonio, se acercó a la socialdemocracia con ingenuidad. Le entusiasmaba que proclamase el sufragio universal secreto y creía que era mérito suyo empeñarse en mejorar las condiciones de vida del obrero. Lo que le repugnaba era su actitud hostil en la lucha por la conservación del germanismo. Es decir: el joven Hitler se describe a sí mismo como alguien atraído por el mensaje social y chocado por el componente antinacional.
El sindicato, la prensa y el contacto directo
El salto se produce, siempre según su versión, al pasar de espectador a militante. Le propusieron ingresar en la organización sindicalista y ahí, dice, se topó con la ideología en crudo: la nación como invención de los capitalistas, la patria como instrumento de la burguesía para explotar al obrero, la autoridad de la ley como medio de subyugar al proletariado, la escuela como institución para educar esclavos y amos, la religión como recurso para idiotizar a la masa y la moral como signo de estúpida resignación. «Nada había, pues, que no fuese arrojado al lodo más inmundo», resume. Al principio calló; a la postre le fue imposible, y ese choque le costó el trabajo.
El otro gran vector de su conversión, tal como él lo cuenta, fue la prensa. A través de la prensa socialdemócrata diaria dice haber estudiado mejor que en la literatura teórica el verdadero carácter de esas ideas, y subraya el contraste entre las frases rimbombantes de libertad, belleza y dignidad de los textos y la brutalidad del periódico diario. De ahí extrae una conclusión operativa: la importancia de la imposición de suscribirse únicamente a la prensa afín, acudir solo a mítines afines y leer solo libros afines. Y añade una tesis sobre la psicología de las masas: no es sensible a lo débil ni a lo mediocre, guarda semejanza con la mujer y prefiere someterse al fuerte antes que dominar al débil.
¿Cuándo empezó realmente el antisemitismo de Hitler?
La cronología que él mismo fija —Viena, antes de la Primera Guerra Mundial— es la que genera más fricción. Hay quien sostiene que Hitler mintió o reescribió su biografía en
Mein Kampf y que su antisemitismo no pudo cuajar en esos años, porque durante la Gran Guerra mantuvo una relación correcta con un superior judío que lo recomendó para la Cruz de Hierro de Primera Clase, una condecoración poco habitual para un cabo, y porque en 1919 aparece vinculado a actos públicos de duelo por un dirigente judío. Frente a eso pesa el argumento contrario: una excepción personal, un compromiso social o un gesto de respeto no demuelen por sí solos un relato ideológico, y menos cuando lo que se discute es cuándo se consolidó una convicción, no si existió.
El propio Hitler, en el texto, reconoce que en su primera etapa vienesa no entendía el antisemitismo. Ese reconocimiento es la pieza que sostiene su versión: la conversión no fue instantánea, sino un proceso con fecha de inicio y de fin. La fecha que él elige es la que conviene a su relato, y ahí está el problema para el historiador.
La relectura contemporánea del texto
Buena parte del interés del fragmento está en su lectura actual. Varios análisis del pasaje subrayan el paralelismo entre la mecánica que Hitler describe —mensaje social por delante, hostilidad a la nación por detrás— y la de determinadas formaciones de izquierda contemporáneas, con la diferencia, se argumenta, de que hoy el votante no está engañado sino que asume el coste. Otros llevan el foco a la arquitectura del texto: la conversión de un problema social en un problema de identidad, y la construcción de un enemigo interior como explicación total.
También aparece la tesis inversa, la que sostiene que el objeto del odio no era el judaísmo en sí, sino el cuerpo extraño en una sociedad homogénea: el diferente, sea cual sea su origen. Y una tercera línea, más incómoda, señala que el antisemitismo no era una rareza de un austriaco resentido, sino un sentimiento extendido en la Europa de la época, lo que rebaja la originalidad del personaje y sube la del contexto.
Lo que el texto no permite es separar limpiamente al Hitler de Viena del Hitler de Múnich. Él mismo se encargó de unirlos con una frase: en aquella época, escribe, debió abrir los ojos frente a dos peligros que antes apenas conocía de nombre, el marxismo y el judaísmo, y que nunca pensó que llegasen a tener semejante trascendencia para la vida del pueblo alemán. La explicación oficial está ahí, cerrada y firmada. Que sea verdadera es otra cosa.