Marlaska y el mal color de la política española
¿Qué dice de una democracia que la atención sobre un alto cargo se centre en comentarios sobre su tez? Estos días, la figura de Fernando Grande-Marlaska ha sido objeto de una lluvia de improperios en los que lo personal se come a lo político. No se discuten sus decisiones, sus gestiones o sus propuestas: se insulta su apariencia, su salud y, en el peor de los casos, se le deshumaniza con calificativos groseros.
El fenómeno no es nuevo, pero alcanza cotas preocupantes. La polarización política en España ha llevado a que el adversario deje de ser un oponente para convertirse en un enemigo al que se puede escupir sin consecuencias. El mal color de Marlaska se ha convertido así en un pretexto para eludir cualquier análisis serio de su labor pública.
Lo curioso es que este tipo de ataques no suelen provenir de un único sector. En el espectro de la crítica, se mezclan quienes cuestionan su gestión con quienes directamente lo desprecian por razones personales. El resultado es un ruido de fondo que impide cualquier conversación sustantiva.
Con este nivel de discusión, no extraña que la ciudadanía se desencante de la política. Si el argumento estrella es el aspecto físico de un ministro, algo está fallando en nuestra forma de hacer democracia. Quizá el mal color no sea de Marlaska, sino de la salud de la vida pública.