El juicio del beso de Rubiales que nadie quiere debatir
Un beso no consentido en la celebración del Mundial femenino de 2023 se ha convertido en el banco de pruebas de la ley del solo sí es sí. El juicio contra Luis Rubiales, expresidente de la Real Federación Española de Fútbol, avanza entre reproches del juez a la fiscal, a los abogados y a los testigos, y con una pregunta flotando en el aire: ¿por qué un picó robado en una celebración merece un proceso penal mientras la prensa lo trata como un circo? La discusión que se ha abierto en los foros de economía no va de fútbol. Va de dinero público, de ideología y de hasta dónde puede llegar el derecho penal.
Un juicio que parece un circo pero no lo es
El proceso contra Rubiales por el beso a Jenni Hermoso durante la entrega de medallas del Mundial de Sídney ha dejado escenas difíciles de olvidar. El juez ha reprendido a la fiscal por intentar dirigir el testimonio de Luis de la Fuente, seleccionador nacional, y ha estallado contra el exdirector de comunicación de la RFEF con un «¡Basta ya! Quiero saber las cosas con claridad, no con chulería». La fiscalía, según las crónicas que circulan, no ha estado fina: preguntas largas, voz de quinceañera, argumentos que el juez ha tumbado una y otra vez. Hay quien sostiene que el juez está borracho o hasta los huevos; otros defienden que simplemente aguanta el nivel de una vista que parece escrita por Berlanga. Lo que nadie discute es que el espectáculo está servido y que el dinero público que lo sostiene no es una broma.
¿Qué se juzga exactamente en el caso Rubiales?
Se juzga un beso. Un beso no consentido, según la acusación, que la ley del solo sí es sí tipifica como agresión sexual. La defensa de Rubiales, con una abogada que los observadores más críticos consideran excelente, sostiene que no existe animus libidinoso y que el gesto, por muy reprochable que sea en lo personal, no encaja en el tipo penal. El juez, mientras tanto, intenta que el juicio no se convierta en un mitin. La pregunta que muchos se hacen es si este caso va a crear jurisprudencia: ¿puede un beso en la mejilla o en la boca sin consentimiento expreso ser condenado como agresión sexual? La respuesta que salga de aquí afectará a todos los que algún día se vean en una situación parecida. Y no es una hipótesis remota: hay quien ya avisa de que su hijo de 12 años está expuesto a esta doctrina.
El coste real: dinero público, chiringuitos y prioridades judiciales
Mientras la justicia dedica días a este juicio, hay quien recuerda que los juzgados están colapsados y que las verdaderas víctimas de agresiones sexuales esperan meses o años para ser atendidas. El argumento que más se repite es el del gasto: millones para los chiringuitos de violencia de género, para las charos que viven del cuento, mientras los problemas graves se acumulan. La ley 1/2004, la ley del solo sí es sí y toda la ingeniería social montada alrededor del feminismo institucional han creado un ecosistema que se come recursos y produce esperpentos como este. La pregunta no es si Rubiales es un impresentable —lo es— sino si el Estado debe gastarse el dinero en juzgarlo por un beso mientras otros delitos quedan impunes por falta de medios.
La prensa y el relato: lo que no se cuenta
Hay un consenso amplio en que los medios mainstream no están cubriendo este juicio con la profundidad que merece. Unos dicen que es porque queda en evidencia todo el tinglado de ingeniería social; otros, que simplemente no interesa un caso que retrata a la fiscalía y a la acusación. Lo cierto es que el juicio avanza y las crónicas se centran en las anécdotas —el juez gangoso, la fiscal con voz de quinceañera, las salidas de tono— más que en el fondo jurídico. Y el fondo es lo que importa: si este proceso acaba creando jurisprudencia que convierta cualquier beso no consentido en agresión sexual, el impacto será enorme. No solo para Rubiales, también para cualquiera que ligue en una discoteca.
¿Va a ir Rubiales a la cárcel?
Es la pregunta que todos se hacen. La respuesta corta es que no se sabe. La respuesta larga es que, según los que siguen el caso, es imposible que Rubiales salga libre: con todo el akelarre mediático que se lió, quedarían con el culo al aire. Pero eso no significa que vaya a entrar en prisión. Lo más probable es una condena simbólica, una multa o una inhabilitación, porque el animus libidinoso no está claro y el tipo penal es discutible. Lo que sí está claro es que el caso va a servir para algo: para que los jueces tengan que pronunciarse sobre hasta dónde llega el consentimiento y para que los políticos sigan legislando en caliente. Mientras tanto, el circo continúa y los españoles siguen pagando la entrada.
¿Y si al final el juicio sirve para algo más que para reírse de la fiscal? La respuesta la tiene el tiempo, pero el daño a la credibilidad de la justicia ya está hecho.