La comida se dispara y nadie señala al mismo culpable
Ir al supermercado se ha convertido en un ejercicio de resistencia psicológica. El precio de la cesta básica sube mes a mes en España y, según quienes han viajado o comparan precios fuera, también en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia, donde la factura es aún más alta. La pregunta que abre el asunto es incómoda: ¿por qué en economías con energía propia y sectores agrarios potentes la comida sigue encareciéndose sin tregua? Las respuestas que se cruzan van desde la emisión monetaria hasta el desmonte de las ayudas agrarias, pasando por el coste de la normativa y el papel de los intermediarios.
Qué ha pasado con el dinero en circulación
La primera corriente de análisis apunta a la masa monetaria. Los datos que se manejan en la discusión muestran una expansión sostenida del M1 y el M3 en la zona euro entre 2015 y 2025: el agregado estrecho pasó de unos 6.000.000 millones a superar los 10.500.000 millones, y el amplio rebasó los 16.700.000 millones. La tesis es que ese dinero de nueva creación no llega a todos a la vez ni en la misma proporción, de modo que quien lo recibe primero compra a precios viejos y quien lo recibe último paga los nuevos. Es el llamado
efecto Cantillon: una transferencia silenciosa de riqueza desde el bolsillo del asalariado hacia el balance de quien está más cerca de la emisión.
La objeción llega rápido: si la masa monetaria crece pero los salarios llevan años estancados, ¿dónde está esa demanda que empuja los precios? La respuesta que se da desde el otro lado es que el dinero no va a los salarios, va a activos y a sectores concretos. Vivienda, comida, centros urbanos. Productos de primera necesidad con rotación rápida y demanda cautiva, donde el especulador puede jugar con la necesidad ajena sin riesgo de quedarse con el stock.
El coste de producir comida no baja
Hay un segundo bloque de causas que no dependen de la impresora. La producción agraria se ha encarecido por suministros, mano de obra y maquinaria, y a eso se suma el desmonte progresivo de la Política Agraria Común: en la última década se ha recortado en torno a un 20% y las previsiones apuntan a otro recorte similar. En productos como la carne fresca de vacuno y ovino o el pescado, cada pérdida de ayuda pública se ha trasladado al precio final.
El caso de los huevos es el más citado. La normativa que prohíbe las jaulas en batería obliga a reconvertir las granjas, con adecuaciones que superan los 300.000 euros por explotación. El productor no absorbe ese coste: lo repercute. Y el resultado está en el lineal, donde el precio de los huevos L ha pasado de 1,80 a casi 3 euros en poco más de un año.
¿Quién gana cuando sube el precio de la comida?
Aquí el consenso se rompe del todo. Una parte sostiene que los márgenes del gran comercio alimentario apenas han cambiado en una década y que el beneficio neto sobre facturación sigue siendo bajo. Otra responde que el problema no es el margen porcentual sino el volumen: mover millones de tickets con un diferencial pequeño sigue produciendo cifras enormes. Y una tercera señala a los eslabones intermedios, distribuidores y mayoristas, como los verdaderos captadores del incremento.
El sector primario aparece en todas las versiones como el eslabón más débil. Hay quien recuerda que 600.000 agricultores se beneficiaron de 5.000 millones de la PAC en España en 2024, pero que buena parte de ese dinero acaba en el bolsillo del terrateniente y no en la renta del trabajador. La ayuda pública, en esa lectura, no abarata la comida: solo cambia quién cobra.
La demanda global cambia el tablero
A todo lo anterior se añade un factor que no se arregla con política monetaria: cientos de millones de personas en Asia y Oriente Medio han entrado en el consumo de proteína animal. Piden ternera, hamburguesas, solomillos. Los mataderos españoles exportan a máximos históricos y el consumidor local compite con ese comprador internacional por el mismo kilo de carne. Cuando la demanda supera a la oferta, el precio no baja: se ajusta hacia arriba.
La prueba de que el mercado responde a la demanda está en los productos que sí han bajado. El aceite de oliva virgen extra y el aguacate cayeron cuando el consumidor dejó de comprarlos. La comida perecedera no aguanta el stock: si nadie la paga, el precio cede. La pregunta es cuánto puede aguantar una cesta de la compra antes de que ese mecanismo se active también en los básicos.
Con estos mimbres, la conclusión honesta es que no hay una sola causa. Hay una expansión monetaria que beneficia a unos pocos, un coste regulatorio que se traslada al precio, una demanda global que presiona y unos intermediarios que capturan parte del incremento. El punto exacto donde el análisis se atasca es el mismo de siempre: nadie sabe cuánto de la subida es dinero nuevo y cuánto es simple escasez.