La leva que no llega: cómo se prepara el reclutamiento en España
Hay una pregunta que recorre los mentideros digitales desde hace casi dos años: ¿qué harás cuando vengan a reclutarte? La duda no es baladí. El escenario que se dibuja no es el de una guerra civil contra rojos y liberales, sino el de una contienda provocada por las élites que quieren que nos matemos entre nosotros mientras ellos se frotan las manos. Y la conclusión de muchos es que la guerra viene sí o sí, y no nos vamos a librar ni de coña.
La primera opción que se baraja es quedarse en España y buscar un subterfugio legal. Alegar problemas de salud mental con informes médicos que, aunque tengan más de diez años, son una baza que se puede intentar jugar. Lo de objetor de conciencia, papel mojado. La segunda vía es esconderse en una aldea que se conoce al milímetro, donde ya se ha vivido aislado durante más de dos años sin problemas. Casa preparada, comida, agua, cañas de pescar, trampas para animales y hasta un escondite con trampilla en la propia vivienda. El único inconveniente serían los vecinos, todos viejos, que no dudarían en chivarse. La tercera es irse de España, opción que requiere dinero y contactos y que no garantiza nada: podrían mandarte de vuelta o acabar atrapado en algún agujero peor que aquí.
¿Quiénes irán a la guerra y quiénes no?
En el hilo se sostiene que los inmigrantes no van a ir, los homosexuales tampoco, los que tienen pasta se escaquearán y la mayoría de chavales se largará en cuanto empiece a caldearse el asunto. El ejército durará dos asaltos mal contados, así que aunque tengas 40 o 50 años, irán a por ti mucho antes de lo que te imaginas.
Hay que estar preparados, insisten.
Frente a esto, algunos sostienen que la gente irá sola, como voluntarios, igual que con el covid. El resto serán tildados de poco solidarios y, con las CBDC, se les irá sacando poco a poco del sistema, congelando sus cuentas para ejercer una presión social. Entonces habrá dos opciones: obedecer o ser un paria, excluido por completo del sistema.
El orden lógico del reclutamiento
Un análisis muy repetido establece el orden lógico: primero el ejército, luego las fuerzas de seguridad (policía, guardia civil y seguridad privada), después los reservistas, a continuación los funcionarios (por eso de ser servidores públicos) y finalmente los jóvenes de 18 a 30 años, edades en que energéticamente están a tope. Así que aún hay lista delante.
Otros apuntan que la mayoría de reclutas nuevos no irían al frente, sino a cavar trincheras, limpiar armas y fregar suelos.
A mucho pelo brócoli os vendría de puta madre salir de la burbujita de confort, sueltan con retintín.
La resistencia: de la objeción al sabotaje
Las posturas más radicales no se quedan en esconderse. Hay quien asegura que a los reclutadores no les saldría bien la jugada:
si me vinieran a reclutar para eso mejor no digo lo que le haría a los reclutadores, pero bien parados no saldrían. Otros recuerdan que en los años 60, a los jóvenes estadounidenses los alistaban forzosamente para ir a pegar tiros a Vietnam, y muchos aprovecharon la más mínima oportunidad para pegarle tiros al sargento chusquero, o al teniente, o al capitán, por la espalda.
Entiende ahora el porqué los gUSAnos, con todo el poderío militar perdieron esa guerra, sentencian. Los mandos tenían más miedo a los suyos que al enemigo.
También hay quien sostiene que los reclutadores serán charos y pacos de 60 años con panza, y que pueden con ellos. Y quien avisa de que los vídeos de reclutamiento forzoso en Ucrania son reales: vienen unos camisas pardas, te secuestran y te llevan a la trinchera a que te pasen por la picadora, tras un par de semanas de instrucción.
El precedente del covid y la obediencia anticipada
La experiencia del confinamiento planea sobre todo el debate.
Lo mismo que cuando te dijeron que te confinaban en casa meses, y no podías salir porque un virus mortal te podía matar. Obedecer y enseñar la bolsa de la compra dócilmente a los caballeros, ironiza uno. Otro asegura que el covid fue un experimento para ver cuántos tragan con lo que dice el estado, y que por eso aquí no dieron por culo con la vacuna obligatoria: se vacunó bastante gente y había una campaña de acoso para quien no pasaba por el aro.
La conclusión de muchos es que la chusma admitirá cualquier cosa que pase, guerra y economía de guerra incluida.
Estamos admitiendo que nuestro país se convierta en el Congo y no hacemos nada, lamentan.
¿Qué harán los que ya no están en edad militar?
Para los que peinan canas, el asunto es distinto.
A mis casi 50 años no tengo miedo ni a morir ni al reclutamiento... lo que me quita el sueño es mi hijo... me matan a mí a un hijo y no descarto que mi reacción deje a Heemeyer como una hermanita de la caridad, confiesa un participante. Otro, con 47 años y sin haber hecho la mili, sentencia:
Moriré remando o en la III Guerra Mundial.
Y luego están los que directamente no se creen el escenario.
Me parece imposible a día de hoy que los jóvenes vayan a luchar en una guerra, cuando no van ni a por el pan, argumenta una voz.
No hay dinero para mantener esa supuesta guerra y leva masiva. Que os pensáis que todo es gratis, remata otro.
El dato que descoloca: mientras unos preparan trampillas y escondites, otros confían en que la guerra se acabe antes de que llegue la leva. Y en medio, una certeza incómoda: si finalmente llega, nadie sabe cuántos de los que hoy hacen planes acabarán cavando trincheras.