Jacinta, Fortunata y el niño: el juicio que Galdós no cerró
¿Quién de las dos se portó peor? La pregunta admite respuestas para todos los gustos y ninguna definitiva, pero rara vez se plantea con esta dureza: la esposa estéril que acaba criando al hijo de otra o la amante que se lo endosa en el testamento. Alrededor de
Fortunata y Jacinta se ha levantado un tribunal doméstico que llevamos más de un siglo sin clausurar. Lo llamativo no es el veredicto. Es la vara con la que se mide a cada una.
El testamento que decide el pleito
El nudo de la discordia es la última voluntad de Fortunata: entregar el niño a Jacinta. Hay quien lo lee sin paños calientes, como una jugada a traición que deja a la esposa legítima con la carga —el
mochuelo— y sin margen de réplica. También hay quien lo lee al revés, como el único gesto coherente de un personaje que nunca tuvo nada propio y decide, al final, quién puede darle al hijo lo que ella no pudo.
La clave, y esto es lo que descoloca el pleito, es que
Jacinta era estéril. Su maternidad no viene de la biología, viene de la voluntad. Una parte concluye de ahí que la señora se redime por obediencia. Otra parte concluye lo contrario: que se pasa la novela entera deseando lo que la otra tiene sin haberlo pedido.
Jacinta como modelo de esposa y Fortunata como excepción
El reparto de etiquetas está claro en cualquier conversación. Jacinta es
la mujer de su casa, la señora que todos querrían tener al lado. Fortunata es otra cosa: pasión, deseo, el desorden que la novela se permite narrar pero no premiar. Y ahí aparece la doble vara de siempre. A la que cumple se la mide por lo que aguanta; a la que no cumple se la mide por lo que bebe.
Porque sí, hay un currículum alcohólico. Fortunata se despacha con brandy —
una copa en teoría, media botella en la práctica— y con otras consumiciones espirituosas que convierten la escena en un pequeño monumento al desparpajo. Una parte del público no ve ahí un defecto, sino una credencial: hay quien la considera
alma gemela y candidata a matrimonio. El detalle tiene gracia y también tiene fondo: la que se salta las normas se mide por excesos, la que las cumple por sacrificios. Nadie aplica el mismo rasero.
El físico del personaje y el recuerdo de Ana Belén
La conversación desemboca siempre en el reparto.
Ana Belén, que encarnó a Fortunata en la adaptación televisiva, arrastra desde entonces una objeción recurrente: hay quien sostiene que no tenía el empaque físico que el personaje exigía, que la sensualidad que el texto atribuye a Fortunata no llegaba a pantalla. Es una discusión sobre cuerpos, no sobre interpretación, y conviene tomarla como lo que es: una opinión sobre un papel ajeno, no un hecho verificado.
Lo curioso es que ese reproche nunca se le hace a Jacinta. A la esposa no se le pide cuerpo, se le pide conducta. Ahí está el resumen de todo.
La conclusión incómoda
Puestas en fila las pruebas —un hijo entregado en el último suspiro, una esterilidad que se compensa con voluntad, media botella de brandy por cabeza— resulta que la que adoptó al hijo ajeno sale mejor librada que la que lo parió, y que la bebedora impenitente tiene más candidatos al matrimonio que la señora intachable. Con semejante balance, cualquier sistema moral que pretenda ordenar el asunto pide una segunda lectura. O una tercera copa.