Quién es el invasor: la tesis del borrado cultural
¿Qué convierte a un ejército en fuerza de ocupación y no en un contendiente más? Para una parte del público que sigue la guerra entre Ucrania y Rusia, la respuesta no está en el derecho internacional ni en las fronteras, sino en un criterio más viejo: el borrado de la identidad del otro. Quien necesita eliminar la historia, el idioma, los monumentos y hasta los nombres de calles, plazas y pueblos de un territorio —y a su población— para imponerse es, por definición, el invasor. La premisa engancha porque es binaria: si para ganar hay que vaciar al adversario de su pasado, la legitimidad se pierde de camino. El asunto sigue sin cerrarse.
La tesis del borrado y su primera grieta
El axioma se topa pronto con un contraejemplo doméstico. España retiró símbolos del franquismo y no por ello se convirtió en fuerza de ocupación de sí misma; varios países americanos derriban estatuas ligadas a la conquista y eso no los transforma en invasores. «Eliminamos todo lo que recuerda a Franco y eso no nos convierte en invasores de nada», esgrime esa objeción, que desplaza la discusión desde el terreno militar al de la memoria pública. La réplica es que ese razonamiento pertenece a la barra del bar y no aguanta un análisis serio: retirar un monumento propio no equivale a prohibir la lengua o la historia de una población que no es la tuya.
¿Quién empezó: el Euromaidan o el Donbass?
Depende del relato que se adopte, y aquí pesa más la versión que fija 2014 como punto de inflexión. La lectura crítica sostiene que los habitantes del Donbass no marcharon sobre Kiev a montar lío, sino que fueron quienes tomaron el poder tras el Euromaidan los que movieron tropas hacia el este para someter a una población que no les era afín. Enfrente, la tesis contraria apunta a que Rusia llevaba años moviendo el avispero y que Ucrania quedó atrapada como estado tapón entre la OTAN y Moscú, con medio país tirando hacia Occidente y el otro hacia Rusia. «Poner gobiernos prooccidentales o prorrusos, según el bloque, ha sido la prioridad», resume una de las voces que sitúan el origen en esa puja y no en un único culpable.
Estados Unidos, la OTAN y el reparto del coste
El otro gran foco del análisis es quién paga la factura. Hay quien sostiene que la guerra está patrocinada y montada por Estados Unidos, que sale con el negocio redondo mientras Europa se desangra, y que una minoría se impone a una mayoría con respaldo exterior. Como ilustración del doble rasero, uno de los participantes rescata un detalle llamativo: Henry Kissinger, a quien atribuye ser artífice de la Marcha Verde y de la primera operación que vincula a las revoluciones de color, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973. El mismo doble rasero se aplica a la hora de juzgar intervenciones militares ajenas y sus víctimas.
Estatuas caídas: Franco, Colón y los budas
La comparación de monumentos abre una grieta incómoda. Si derribar estatuas se explica por una opinión respetable y no por fanatismo, la destrucción de los budas gigantes no debería haber generado tanto escándalo. El problema, responde la parte contraria, es que no es lo mismo retirar un símbolo propio que financiar mercenarios y terrorismo contra un territorio. Ese matiz —quién ejecuta el borrado y con qué medios— es el que nadie termina de encajar en el debate sobre la identidad ucraniana, un país construido con referentes culturales y literarios propios durante años.
Del paralelo vasco a la guerra de los reinos
El hilo de la memoria enlaza con la política española. Se argumenta que en el País Vasco se retira también cualquier vestigio de historia o cultura española, se impone la lengua propia y se discrimina a los hispanohablantes, un paralelo que algunos consideran el espejo exacto del caso ucraniano. La discusión deriva entonces hacia la historia peninsular: que Portugal nunca fue Castilla, que eran reinos independientes bajo un mismo rey, y que técnicamente Castilla conquistaba mientras Portugal reconquistaba con ayuda del cardenal Richelieu. El cálculo completo, reino a reino, desmonta más de una certeza.
Lo que empieza siendo una definición moral —el invasor es quien borra al otro— acaba convertido en un laberinto de casos donde cada cual encuentra el precedente que le conviene. Y ahí, justo ahí, se atasca: nadie consigue aplicar el mismo rasero a España, a América, al Donbass y al País Vasco sin que la analogía se le rompa por algún lado.