Moscú, marzo de 2024: el atentado que nadie se atribuye sin intereses
El 22 de marzo de 2024, un ataque armado en un centro comercial de la región de Moscú dejó un saldo inicial de 12 muertos y 35 heridos, según los primeros informes que circularon. Horas después, el techo de la sala de conciertos Crocus se derrumbaba por el incendio mientras al menos 150 asistentes permanecían atrapados en el interior. La autoría, lejos de aclararse, se convirtió en un campo de batalla de narrativas donde cada actor tiene su propio interés.
El Estado Islámico reivindicó el ataque a través de canales habituales de propaganda yihadista. La facción que se atribuyó la acción fue la provincia de Jorasán, una rama del ISIS con presencia en Afganistán y Asia Central. Sin embargo, la reivindicación no cerró el caso: lo abrió. Porque en el mismo espacio temporal, la inteligencia estadounidense había advertido de un posible ataque dos semanas antes, un detalle que algunos interpretaron como prueba de connivencia y otros como simple capacidad de alerta temprana.
El relato oficial ruso y sus grietas
Vladímir Putin no tardó en sugerir una conexión ucraniana. La lógica era simple: si el enemigo es Ucrania, la guerra se justifica, la movilización se acelera y la población cierra filas. El problema es que Ucrania no tenía ningún incentivo para cometer un atentado que le perjudicaba en todos los frentes: reforzaba la narrativa rusa de una amenaza terrorista externa, daba excusas para intensificar los bombardeos y debilitaba el apoyo occidental en un momento crítico. Como señaló un análisis recurrente en el debate, Ucrania es la principal beneficiaria de que el atentado NO se le atribuya.
La hipótesis del falso bandera —que el propio Kremlin organizara el ataque para justificar una escalada— ganó terreno en sectores que ya desconfiaban del relato oficial. El precedente de los atentados en edificios de Moscú en 1999, atribuidos a separatistas chechenos y utilizados para justificar la segunda guerra de Chechenia, sirvió como argumento analógico. La quema del Reichstag en 1933 fue otra referencia repetida: todo régimen autoritario necesita su evento fundacional de emergencia.
Las teorías alternativas y sus problemas
El abanico de sospechosos se amplió sin control. Algunos apuntaron a servicios de inteligencia occidentales, concretamente a la CIA o al MI6, como autores intelectuales. El argumento: quieren escalar el conflicto antes de un cambio de ciclo electoral en Estados Unidos. El contraargumento: una operación de ese calibre en territorio ruso requeriría una infraestructura de inteligencia que, si existiera, ya habría sido desmantelada.
Otros señalaron a las repúblicas exsoviéticas de Asia Central, a Turquía, a Francia. Incluso apareció la teoría de que el atentado buscaba desestabilizar el reclutamiento militar ruso, que ya enfrentaba dificultades para atraer a jóvenes al frente. La lógica: si los rusos creen que un terrorista quiere matarlos, se alistan más fácilmente. Si creen que su propio gobierno los mata para manipularlos, la cosa cambia.
La reivindicación del ISIS-Jorasán fue recibida con escepticismo por quienes consideran que el grupo actúa como proxy de intereses más grandes. Pero también con alivio por quienes prefieren una autoría yihadista a una escalada directa entre potencias nucleares. El debate, en cualquier caso, refleja una desconfianza estructural hacia todas las versiones oficiales.
El contexto que complica todo
El atentado se produjo en un momento de máxima tensión.
Rusia acababa de anunciar la creación de dos nuevos ejércitos con 15 brigadas, una expansión militar sin precedentes desde la Guerra Fría. Francia planteaba el envío de una fuerza de 60.000 efectivos a Ucrania. La OTAN discutía el despliegue de tropas sobre el terreno. Cada actor tenía motivos para querer que el atentado significara algo distinto.
La cifra de víctimas mortales se elevó posteriormente hasta 140, según los datos que se consolidaron en los días siguientes. Los heridos superaron el centenar. El impacto político, sin embargo, fue mayor que el humano: el atentado reabrió el debate sobre la naturaleza del régimen ruso, la eficacia de sus servicios de seguridad y la dirección de la guerra.
¿Quién organizó el atentado de Moscú? La respuesta más honesta es que no hay una respuesta cerrada. El ISIS reivindicó, Ucrania negó, Rusia insinuó, Occidente calló. Cada versión tiene agujeros. Cada sospechoso tiene coartada. Y mientras tanto, los muertos siguen siendo muertos, y los vivos siguen discutiendo quién apretó el gatillo.