Por qué el batúa reabre la guerra lingüística en el Congreso
En los márgenes de los manuscritos del monasterio riojano de
San Millán de la Cogolla —los primeros textos escritos en lengua castellana— hay anotaciones en euskera. Ese detalle, según quienes lo citan en el hilo, sostiene una de las tesis que reaparecen cada cierto tiempo: que el castellano llegó importado y que la lengua original de España es otra. La chispa de esta ronda es política: la intervención de
Borja Sémper en euskera en el Congreso de los Diputados, que dejó malestar en su propio partido, y la propuesta de que el euskera sea obligatorio en la cámara.
Conviene separar tres cosas que se mezclan a propósito: el origen del castellano, el del euskera y la creación —reciente y documentada— del estándar que hoy se enseña como
batúa.
¿Es el euskera la lengua original de España?
La tesis que abre el asunto sitúa el euskera antiguo desde la
cordillera Cantábrica hasta Albacete, pasando por Cantabria, La Rioja y Castilla. De ahí se salta sin escalas a pedir su obligatoriedad en el Congreso, que es donde la filología empieza a sobrar.
La contraargumentación arqueológica apunta a otro mapa. Los vascones históricos ocupaban la actual Navarra, Huesca y Lérida —la toponimia del Valle de Arán se cita como indicio— y se habrían desplazado hacia el oeste en un proceso de
vasconización tardía, absorbiendo o desplazando a poblaciones anteriores. En las tres provincias de la actual comunidad vasca habitaron, según esta lectura, tribus de filiación céltica. Ninguna de las dos versiones está cerrada, y eso es precisamente lo que permite que cada bando las use como certeza.
San Millán, Campoo y la primera gramática del castellano
El castellano nació en el norte peninsular. Hay quien lo coloca en
Campoo, en Cantabria, y quien recuerda que en San Millán se conservan las glosas consideradas el arranque escrito de la lengua. Esos mismos manuscritos llevan anotaciones en euskera en los márgenes: se citan tanto para demostrar una convivencia antigua como para recordar que la lengua que acabó mandando fue otra.
La fecha que fija el salto es
1492, año de la primera gramática castellana de Antonio de Nebrija. Y ahí aparece el primer problema de etiquetas: se tituló castellana, no española, porque Castilla era entonces un reino entre varios y Colón apenas había pisado las Indias.
¿Castellano o español?
Se sostiene que el término español es una invención posterior y que Cervantes, Lope o Quevedo decían hablar en lengua castellana. En contra juega un dato de autoridad difícil de esquivar: en
La española inglesa el propio Cervantes escribe «Habladme en español, doncella». La analogía que se repite es la de Dante, que decía escribir en toscano sin que por ello el italiano se acabe en él.
El peso demográfico inclina la balanza hacia la denominación internacional:
500 millones de personas se comunican hoy en español, y el castellano solo conserva la ventaja dentro de la península, donde una parte de los análisis entiende que llamar castellano al español es un gesto de política interior antes que una decisión lingüística.
El batúa: un estándar con fecha de nacimiento
El euskera que se estudia, se enseña y se exige en las oposiciones no es el que hablaban los abuelos de cada valle. Es el batúa, un estándar unificado que no se materializó hasta
los años 70 y cuya base es fundamentalmente guipuzcoana. Según se cuenta en el hilo, la unificación la pilotó un lingüista formado en Salamanca, y su expansión llegó por la escuela y la administración antes que por la cocina de casa.
Quienes defienden el estándar alegan lo evidente: sin él no hay literatura común, ni medios, ni educación reglada. Quienes lo critican responden que el vizcaíno, el alavés, el navarro y las hablas del norte del Pirineo se entendían entre sí lo justo, que el nuevo idioma dejó fuera de juego a hablantes nativos y que hay hablantes de toda la vida a los que se discute que su variedad sea euskera. La discusión sobre cuánta ininteligibilidad había de verdad sigue sin resolver.
Bereberes, íberos y otras teorías del origen
Otra línea de análisis sostiene que los vascos descienden de un contingente bereber que desertó del ejército de Aníbal al enterarse de que iba a enfrentarse a Roma, y que el mapa del genoma humano situó a los argelinos como población más parecida. La hipótesis se presenta a menudo como definitiva; no lo es.
Más llamativa, por lo concreta, es la que empareja los numerales íberos con los vascos actuales:
ban/
bat,
bi/
bi,
ilu/
hiru,
lau/
lau,
bors/
bost,
sei/
sei,
sisbi/
zazpi,
sorsi/
zortzi,
abar/
hamar. El listado circula en el hilo como prueba de continuidad. Enfrente está el argumento más simple: la lengua de Hispania que acabó imponiéndose fue el latín, y de ahí sale lo que hoy hablamos.
Queda el dato que descoloca. El castellano tiene una gramática fechada en 1492 y quinientos millones de hablantes; el euskera tiene un estándar de hace medio siglo y hablantes nativos que no siempre se entienden entre sí. Los dos papeles siguen guardados en el mismo monasterio, esperando a que alguien decida qué demuestran.