Sémper pronuncia parte de su discurso en euskera y Vox deja el hemiciclo
Borja Sémper, del PP, realizó parte de su intervención en el Congreso en euskera y los diputados de Vox volvieron a levantarse de sus escaños, según el tuit de
Vozpópuli que puso la escena sobre la mesa. El gesto admite dos lecturas y conviene sostenerlas a la vez: es un movimiento de perfil moderado en política lingüística y es, también, coreografía de una Cámara donde marcharse del pleno funciona como argumento. Que el detonante sea un
discurso en euskera dice bastante de por dónde va el conflicto: no por lo que se decide, sino por cómo se escenifica.
¿Por qué el PP hace parte de su discurso en euskera?
La respuesta corta es imagen. El PP busca marcar distancia con Vox en el terreno simbólico y, de paso, mandar una señal al electorado moderado de Euskadi. Es un gesto barato: no obliga a cambiar ninguna ley, no compromete ninguna partida presupuestaria y se puede repetir tantas veces como haga falta.
El problema es que el simbolismo sin sustancia se cobra su precio. Hay quien sostiene, con sorna, que el PP puede hacer discursos «en hindi o en marciano» si con eso consigue pisar la Moncloa: el gesto se leería entonces como puro instrumentalismo. Y hay quien va más allá y cifra el daño electoral en el entorno del
millón y medio de votos, una estimación que circula por el análisis sin más respaldo que el olfato de quien la lanza.
Entre esas dos posiciones queda un hueco incómodo: el PP no puede competir por el voto nacionalista y, sin embargo, cada guiño en esa dirección le cuesta explicaciones ante su propio electorado. El resultado es una política de gestos que nadie termina de creerse, ni los destinatarios ni los propios.
El euskera que no convence ni a quienes lo hablan
Aquí aparece el matiz que casi nadie discute: la calidad del idioma empleado. Varios comentarios apuntan a que Sémper lee más que improvisa y que su pronunciación no es la de un hablante criado en euskera. La comparación con otros cargos vascos del propio PP, a los que se atribuye un dominio mayor, no le favorece.
El reproche de fondo va más allá del político de turno y apunta a una variedad concreta: el euskera estándar, de base guipuzcoana, que suena a algunos nativos como una lengua reconstruida y ajena. Se sostiene que los dialectos locales desaparecieron del Gran Bilbao hace unas
ocho décadas y que lo que hoy se oye en los actos públicos es un registro académico uniforme. Quien lo critica no lo hace por hostilidad hacia el idioma, sino por lo contrario: porque le suena impostado.
Es un detalle que se pierde en la trifulca política y que explica por qué el gesto no ha entusiasmado ni a los suyos.
El abandono de Vox: ¿convicción o coreografía?
La salida de los diputados de Vox del hemiciclo se ha convertido en un recurso previsible. Sucedió antes y volvió a suceder aquí, lo que lleva a buena parte del análisis a una conclusión sencilla: el Parlamento no es un lugar de debate, sino un plató. Se argumenta que los actores interpretan papeles y que el guion está escrito antes de que nadie suba a la tribuna.
La otra cara de esa tesis es la equivalencia entre PP y Vox. Se sostiene que ambos partidos comparten origen y que la distancia que exhiben es escenográfica; en contra pesa el argumento obvio de que se separaron y compiten por el mismo espacio electoral, lo que hace la pelea bastante real. Que Vox se levante no aclara gran cosa sobre lo que piensa Vox.
La historia como argumento y el coste de las lenguas
En el fondo del asunto late una discusión más vieja: hasta qué punto el pasado justifica el presente institucional. La objeción más repetida es que la historia es cambiante y, por tanto, no sirve como argumento: si valiera, habría que reivindicar el latín, las lenguas prerromanas o una división administrativa calcada de la romana.
A eso se suma la sospecha económica. Se afirma que España es un país endeudado y que, aun así, se permite mantener o recrear lenguas de uso administrativo, con el consiguiente coste.
Y sobre todo ello planea una queja que recorre el asunto entero: mientras se discute el idioma en que se habla, los problemas que afectan igual al vecino de Bilbao y al de Murcia no aparecen por ninguna parte. La escena política se agota en sí misma.
Dónde se atasca este asunto
El punto muerto no está en si un diputado puede hablar en euskera, que puede. Está en que cada gesto de ese tipo se traduce en ruido y no en decisión, y en que el ruido rinde votos o los quita según el día. Queda por ver si alguien paga el coste de la coreografía. Nadie firma el recibo.