El robot sexual que promete cocinar, limpiar y callar
Un vídeo de una muñeca articulada que conversa mediante inteligencia artificial ha reabierto un viejo cálculo de mercado: cuánto pagaría un hombre por un producto que cubra afecto, sexo y tareas domésticas sin negociar nada a cambio. La pieza, presentada como compañía para solitarios, llega con una promesa que suena a broma y a business plan al mismo tiempo.
Habla, y ese es justo el problema: buena parte de la conversación se ha ido en pedir un botón para silenciarla.
La discusión derivó rápido hacia el terreno económico. Hay quien ve ahí un negocio mayor que el del coche eléctrico, y quien avisa de que el producto, tal como está, sigue siendo un mueble con voz. Entre ambos extremos se ha colado una pregunta incómoda: si el atractivo del invento es que no discute, ¿por qué se empeñan en dotarlo de conversación?
Qué ofrece el robot y qué le falta
El planteamiento inicial es simple: una muñeca con IA que da conversación y compañía. La respuesta mayoritaria fue que la conversación sobra.
«Le sobra vocabulario», resume una intervención que propone reducir el repertorio a media docena de frases útiles. Otra pide directamente un botón de silencio. Y una tercera sentencia que, con la voz de una mujer sintética, se quitan las ganas de vivir.
El catálogo de carencias es más largo que el de virtudes. Se pregunta si es autolimpiable; la respuesta, entre bromas, es que en la versión actual toca limpiarla a presión. Se pide que suba y baje centímetros, que cambie rasgos y que permita poner la cara de la vecina. Es decir: el comprador no quiere una novia, quiere un
kit modular.
El negocio: alquiler, impuestos y divorcio
La parte económica del asunto tiene más recorrido del que parece. Se especula con un modelo de suscripción al estilo del que ya usan algunas marcas de automóviles: pagas cada mes y, si dejas de pagar, el aparato se apaga o se va. También se apunta a un impuesto específico para financiar lo que se llama, con retranca, la brecha de género, como si el propietario tuviera una mujer de verdad en casa.
El escenario más citado no es la compra, sino la separación.
Si el robot se divorcia, se queda con la mitad de la casa y con la patria potestad de los clones. La broma es vieja, pero mide bien el marco mental: el producto se compara con un matrimonio, no con un electrodoméstico.
El deseo solo existe si hay tensión
La objeción más interesante no es técnica, es psicológica. Un análisis sostiene que una muñeca siempre disponible no genera excitación, porque el deseo necesita fricción. Para que funcione, habría que programarla con excusas: hoy me duele la cabeza, hoy estoy cansada, hoy estoy enfadada. La conclusión, formulada sin rodeos:
solo se desea lo que no se tiene.
Ahí choca con la corriente opuesta, la que pide un producto sin voz, sin quejas y sin negociación. Las dos posturas no son compatibles y explican por qué el invento no termina de arrancar: unos quieren que se parezca a una persona y otros que deje de parecérselo.
Cuándo llega y a qué precio
Las previsiones temporales van de diez a cuarenta años, con una versión optimista que da por hecho el salto en una década y una pesimista que recuerda que los coches voladores también se anunciaron para el año 2000.
El argumento a favor es que ya existen coches dron, solo que los gobiernos los persiguen. El argumento en contra es que la adopción real de cualquier tecnología doméstica tarda mucho más de lo que promete su demostración.
El cierre lo pone una escena cotidiana: si el aparato llega a funcionar, el dinero no está en el motor eléctrico ni en las criptomonedas, sino en un país con escasez de oferta afectiva y una demanda que no deja de crecer. Con ese diferencial, la adopción debería ser inmediata. Sigue siendo, de momento, una broma de barra de bar.