Alerta roja con 28 grados: el mapa del calor que no cuadra
El 9 de agosto de 2023, RTVE abría su informativo con una frase sin matices: la tercera ola de calor del verano asfixiaba España y llegaba a su punto álgido con máximas de hasta 44 grados en Ciudad Real y Córdoba. Cinco comunidades en alerta roja, seis en naranja. Ese mismo día, según los testimonios que se fueron cruzando, en Torremolinos, con Málaga en aviso naranja, el termómetro marcaba 28 grados.
Ese es el eje de un desfase que se repite cada verano y que conviene mirar sin aspavientos. La AEMET sostenía el aviso extremo por calor en Córdoba, Granada, Jaén, Madrid y Burgos, y añadía un elemento que a muchos les chirrió: la aproximación de una DANA al noroeste peninsular. Traducido: galerna en la Cantábrica oriental, rachas muy fuertes en el este de la meseta Norte, el sistema Ibérico y el País Vasco, y tormentas secas.
Calor extremo y galerna en el mismo mapa.
Poca broma con las alertas rojas: son el nivel que activa protocolos. Pero cuando el titular se construye sobre los 44 grados y el ciudadano se asoma a la ventana, la distancia entre el parte y la calle se convierte en el verdadero problema.
Qué marcaban los termómetros mientras el mapa ardía
Las mediciones que se fueron cruzando esos días dibujan un país bastante menos apocalíptico que el titular. Según el relato de un forero ante el mapa televisivo, Cádiz aparecía con 28 grados en rojo y Sevilla con 36 en negro. Otro sostenía que la previsión para Madrid era de 38 de máxima frente a los 42 o 43 que repetían algunos medios. En el sur, 39 de máxima en Sevilla presentados como lo nunca visto.
El 15 de agosto, un forero decía haber medido 34 grados al llegar a Sevilla sobre las 14:00 y 37 al marcharse, pasadas las 17:15. Otra estación doméstica registró 38 grados un día —máximo del año, un honor que se concede todos los años unos cuantos días— y 25 al siguiente, con 20 grados a mediodía. En Baleares, el relato era casi otoñal:
«si me dicen que estamos en octubre, me lo creo».
Nada de esto niega que en agosto haga calor en España. Niega que haga un calor excepcional. Y ese matiz, el único que importa, es el primero que se cae del informativo.
¿Por qué AEMET avisa a la vez de calor y de galerna?
Porque una DANA —el término que sustituyó a la vieja «gota fría»— no descarga siempre donde aprieta el calor. El parte era coherente: la depresión en capas altas dejaba nubes medias y altas, galerna en el Cantábrico oriental, rachas fuertes y tormentas secas, mientras el calor seguía por el centro y el sur. El aviso amarillo por calor en Lugo y Ourense convivía sin problema con ese cóctel.
Técnicamente, encaja. El problema es de empaquetado. Si el mensaje se resume en 44 grados y en riesgo extremo para casi toda España, el matiz se cae solo. Quien ve llover a 20 grados mientras el telediario le habla de asfixia no concluye que la meteorología es compleja: concluye que le están vendiendo algo.
La escala de colores: Cádiz en rojo con 28 grados
Aquí el relato se rompe del todo. Cádiz, 28 grados, rojo. Sevilla, 36, negro. El verde desaparece del norte con 22 o 23 grados. La escala se lee como una clasificación moral del verano más que como una medida de riesgo, y así es imposible que funcione.
El mismo 10 de agosto, AEMET difundía su mapa de riesgo de incendios forestales. Todo suma, todo aprieta, y el mensaje final acaba siendo siempre el mismo. El efecto acumulado es el contrario al que buscan los avisos.
Del covid a la crisis de deuda: el patrón que se repite
Buena parte del recelo no viene de la meteorología, viene de la memoria. Hay quien compara las alertas de calor con los indicadores diarios de la pandemia, y quien recuerda que las agencias de calificación movieron la deuda española en 2008 con la misma sensación de estar asistiendo a un guion ya escrito. La analogía es discutible. Y explica mucho.
A eso se suma la sospecha presupuestaria: se sostiene que las alertas también sirven para justificar estructura, medios y financiación. Sin una prueba, eso es solo una sospecha, y conviene decirlo antes de repetirlo.
Los detalles que más circularon: pantanos al 41% y termómetros a 66 grados
Los detalles que más circularon fueron los más concretos. Que los embalses estaban al 41% en pleno agosto, cifra que muchos leyeron como síntoma de un verano suave. Que alguien había visto termómetros a 66 grados en Sevilla. Que la televisión abría con el día más cálido en siete décadas. Que la ONU anunciaba «la era de la ebullición» y que un titular explicaba que las neuronas se derriten por encima de 40 grados.
Un termómetro metido en una caja metálica al sol no mide temperatura del aire. Mide el sol. Eso es física, no opinión. Pero cuando esa medición y el parte oficial llevan meses sin coincidir, el dato descoloca en la dirección contraria a la que pretenden los avisos. Y ahí sigue, cada verano, con el mapa en rojo y el termómetro en 28.