Rubén Gisbert deja el abstencionismo y pasa a pedir el voto
Rubén Gisbert abandona la Presidencia de la Junta Democrática para perseguir la «hegemonía cultural» y los objetivos de la causa trevijanista por la vía político-parlamentaria. Y lo hará, según su propio anuncio,
sin tocar dinero público. El detalle no es menor: durante años, la línea que él mismo difundía sostenía, según sus críticos, que acudir a las urnas era legitimar el sistema que se pretendía demoler. Ahora hay papeleta, hay campaña y hay partido en construcción. La respuesta ha sido menos una sorpresa que una tormenta de reproches.
La frase de Trevijano que ahora incomoda
En el hilo se recuerda que Antonio García-Trevijano dejó dicho que era
un idiota quien intentara entrar en la partidocracia sin cobrar de ella. Para más ironía, el propio presentador del acto donde lo soltó aparece después en el vídeo. Ese fragmento se ha convertido en el argumento recurrente contra el anuncio, porque el plan de Gisbert consiste exactamente en eso: entrar sin cobrar.
La doctrina queda reducida a un dilema incómodo. Si entras y cobras, eres aquello que decías combatir; si entras sin cobrar, encajas en la definición del maestro. Hay quien recuerda además que Trevijano sostenía que la reforma desde dentro era prácticamente imposible, y quien apunta, sin seguridad, que veía con buenos ojos a Podemos porque venía a destruir el orden establecido para reconstruirlo después. De ahí la pregunta que sobrevuela: si la vía parlamentaria servía para algo, ¿por qué no se intentó antes, y si no servía, por qué se intenta ahora?
El escaño que las matemáticas no conceden
El cálculo más escéptico pone cifras al proyecto y el resultado desanima. Según el escenario que plantea un participante, para vencer a los partidos hegemónicos con sus propias armas hace falta una formación tan grande como ellos, mucho dinero, disciplina interna y que nadie se corrompa por el camino, empezando por el propio fundador. Y aun obrando el milagro, el listón constitucional sigue ahí:
con el 50% de los votantes del censo y el 60% de los escaños todavía haría falta el 75% para reformar la Constitución. Ese último tramo exige pactar con otra fuerza y confiar en que la votación decisiva no se caiga.
A escala parlamentaria el razonamiento es distinto. Un participante apunta que un grupo pequeño puede condicionar mayorías: siete votos ya bastan para torcer la acción de un Gobierno, y por ahí circula el argumento de que un partido reformista sin etiqueta cerrada podría pactar con unos o con otros según lo que exija el momento.
¿Por qué alguien que llevaba dos décadas sin votar ahora vota?
Porque del otro lado no ven alternativa. Un participante explica que
lleva más de veinte años sin pasar por el colegio electoral simplemente porque no veía a nadie dispuesto a mejorar el país. Lo que rompe esa inercia, dice, es la corrupción como eje del discurso, y por eso algunos ya anuncian papeleta para el próximo domingo electoral.
Enfrente está la escuela dura. Para una parte del trevijanismo, el abstencionismo es innegociable: presentarse a las
elecciones equivale a reconocer la legitimidad del sistema. Y el voto en blanco, añaden, no vale de nada. La ruptura con esa línea es la que ha dolido: no es que Gisbert hubiera dicho una vez que no se metería en política electoral, es que hizo de la no participación el eje moral de todo su discurso.
Los millones de subvenciones que dice que dejará pasar
La promesa de renunciar al dinero público es el punto que más comentarios ha levantado, y no por admiración.
Se habla de millones de euros en subvenciones que quedarían sobre la mesa, y hay quien lo comenta con sorna. Otros replican que no es lo mismo recibir servicios públicos pagados con impuestos que cobrar una subvención directa para sostener una estructura privada.
El propio Gisbert queda retratado en el debate como un personaje con necesidad de reconocimiento, encantado de que se hable de él. Lo resumía un comentario con retranca: si consigue que la conversación pública gire a su alrededor, ¿qué importa el resto?
La Junta Democrática se queda huérfana
El anuncio de Gisbert coincide con la salida de otras personas de la Junta Democrática, entre el desencanto y las acusaciones cruzadas. Se cuenta que quien fuera designado para presidir la asociación llamada a difundir la verdadera democracia ha abandonado la lucha, y que hay gente descolgándose del barco. Frente a eso, una parte del discurso pide justo lo contrario: mantener el gesto de romper la papeleta con más énfasis que nunca.
Y está el terreno de juego real. Un participante afirma haber visto a Gisbert con el coronel Baños en encuentros para tratar de aunar fuerzas con el entorno de Alvise. En el debate se especula con que el espacio que deje libre el abstencionismo organizado lo ocupen otras siglas.
Hegemonía cultural sin escaño
El punto atascado es este: en el mismo anuncio conviven dos cosas que no encajan. Se abandona una presidencia para dedicarse a la hegemonía cultural —una tarea de años, sin actas ni escaños— y a la vez se anuncia la vía parlamentaria, sin cobrar dinero público. Nadie ha explicado todavía cómo se financia un partido que renuncia a los millones, ni qué pasará con quienes llevaban años sin votar y ahora ven una papeleta con su nombre en la mano.