Rusia recurre al Tu-22M3 en Mariupol y Ucrania lo da por rendido
El Ministerio de
Defensa ucraniano ha reconocido que Rusia ha empezado a emplear bombarderos Tu-22M3 contra la acería de Azovstal, en Mariupol. La noticia, que llega después de semanas de asedio sobre la ciudad portuaria, ha reabierto el pulso sobre la capacidad real de Moscú para sostener una ofensiva que ya acumula más de un mes de retrasos sobre el calendario inicial. El Tu-22M3, un aparato supersónico de geometría variable diseñado entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, es presentado por fuentes rusas como un instrumento decisivo. La pregunta que sobrevuela el anuncio no es tanto qué puede hacer ese avión como por qué se recurre a él ahora, cuando la ciudad ya está cercada y la mayor parte de sus defensas exteriores han caído.
Qué es el Tu-22M3 y por qué importa
El Tupolev Tu-22M3, designado Backfire por la OTAN, es un bombardero estratégico y de ataque marítimo de largo alcance. Su función natural es lanzar misiles de crucero contra objetivos navales o terrestres a distancia de seguridad, no saturar una fábrica concreta con bombas convencionales. Ese detalle, que en el anuncio oficial se diluye, es el que ha encendido las alarmas entre los analistas: si Moscú recurre a un aparato de ese perfil para golpear un perímetro industrial de once kilómetros cuadrados, cabe preguntarse qué ha pasado con el resto de su arsenal.
La acería de Azovstal, la mayor de Europa, se ha convertido en el último reducto de la resistencia en Mariupol. Sus once kilómetros cuadrados y sus seis sótanos la convierten en una fortaleza difícil de reducir con artillería convencional. Ahí está el argumento que esgrimen quienes defienden la decisión rusa: contra un entramado subterráneo de esa magnitud, las bombas tontas no bastan y hay que subir de escalón. El problema es que ese escalón, según reconocen incluso voces próximas al Kremlin, no está diseñado para ese uso.
El agotamiento del arsenal guiado ruso
Según un cálculo que circula, el bloque ruso tenía una capacidad de producción de misiles guiados de 120 unidades al año antes de las sanciones. En un solo mes de guerra se han lanzado más de 1.300, la mayoría bombas no guiadas. La aritmética no cuadra: si el stock se ha vaciado a ese ritmo y la industria no puede reponerlo por el bloqueo tecnológico, el recurso a bombarderos estratégicos para misiones tácticas deja de ser una exhibición de fuerza y se convierte en una necesidad.
Ese es el punto que más ha circulado en los análisis. Un bombardero de geometría variable necesita sistemas de puntería tele métrica y navegantes entrenados para calcular la zona del objetivo con precisión. Si se prescinde de ellos, el resultado es lo que algunos describen como bombardeo de saturación sobre posiciones que, en teoría, ya estaban bajo control ruso. La contradicción es evidente: se bombardea con un aparato de largo alcance una ciudad que se da por tomada desde hace semanas.
La versión ucraniana y sus grietas
El anuncio del Ministerio de Defensa ucraniano llega en un momento delicado. La ciudad de Mariupol ha caído, según distintas versiones, en múltiples ocasiones a lo largo del conflicto. Esa repetición ha generado un escepticismo creciente incluso entre quienes apoyan a Kiev: si la ciudad ya había caído veintitrés veces, ¿qué significa exactamente que ahora se reconozca el uso de un bombardero estratégico?
La explicación más plausible es que lo que queda por reducir no es la ciudad, sino el perímetro fortificado de Azovstal, donde se refugian los últimos defensores. Eso encaja con el tipo de objetivo que justificaría el empleo de un Tu-22M3. Pero también encaja con la narrativa de que Moscú está quemando sus últimos cartuchos de precisión en un objetivo que debería haber resuelto con medios convencionales.
El desgaste que no se ve en los mapas
Más allá del anuncio concreto, la discusión de fondo es sobre desgaste. Los que sostienen que Rusia está ganando señalan que Ucrania era el segundo ejército de Europa, heredero del arsenal soviético, y que ese arsenal prácticamente ha desaparecido. Los que sostienen lo contrario apuntan a que el segundo ejército del mundo no ha podido con el país más pobre de Europa ni con la ayuda de la OTAN al completo.
En medio de ese cruce de versiones, hay un dato que no admite discusión: el precio del aceite de oliva no guarda relación con la duración de la guerra. Alguien lo comprobó con una gráfica. La guerra económica, mientras tanto, sigue su curso con sanciones que no han doblegado a Moscú y con una dependencia europea de la energía rusa que nadie ha sabido desmontar del todo.
¿Cuántas veces más habrá que anunciar que Mariupol ha caído antes de que alguien explique qué queda exactamente por caer?