Rusia destina el 25% del presupuesto a Defensa y quema 308 millones al día
El Ministerio de Hacienda ruso publicó unas cifras que retratan una guerra que se traga el presupuesto público. En abril, Rusia gastó 628.000 millones de rublos en defensa —unos 9.200 millones de dólares— a un ritmo de
308 millones de dólares diarios. Es más del doble de lo que gastaba antes de la invasión y el triple de lo que dedica a educación. El cálculo que circula es contundente: si Rusia gasta en torno al 25% de su presupuesto en defensa, España dedica a lo mismo el
1,9%. La pregunta que sobrevuela la conversación es incómoda. ¿Quién se está arruinando de verdad?
¿Cuánto gasta Rusia en defensa y cuánto España?
Los datos del Ministerio de Hacienda ruso dibujan una escalada mes a mes. En enero de 2022, el gasto en defensa fue de 233.700 millones de rublos, unos 3.400 millones de dólares. Febrero subió a 369.000 millones de rublos (5.400 millones). Marzo, a 450.000 millones (6.600 millones). Y abril, con diferencia el mes más caro, a 628.000 millones de rublos, 9.200 millones de dólares. Entre enero y finales de abril se asignaron al ejército 1,681 billones de rublos.
La comparación con el gasto doméstico deja el titular redondo. Esa cifra militar
triplica la partida de educación, dobla la de salud y multiplica por diez la de conservación ambiental. El desglose diario de abril —21.000 millones de rublos al día— supera el doble del gasto defensivo anterior a la contienda.
En España el retrato es otro. En 2020, el país gastó 11.240 millones de euros en defensa, el
1,91% de su presupuesto. Rusia, ese mismo año, dedicó 55.494,3 millones de euros, el 11,43% de su gasto público, unos 152 millones de euros diarios. Y en plena guerra, el cálculo que se maneja sitúa el gasto diario ruso en 352 millones de euros, muy por encima de la media previa.
El rublo fuerte que nadie termina de cuadrar
Aquí empieza el primer cortocircuito. La revalorización del rublo ha servido para inflar la cifra en dólares, y hay quien sostiene que el gasto militar ruso se dispara precisamente porque el rublo se ha apreciado. La explicación alternativa es menos halagüeña: el Banco Central ruso prohibió a los ciudadanos cambiar rublos por divisas, cortó importaciones occidentales y quema reservas para sostener la moneda.
Una parte del análisis lo resume así: el tipo de cambio se mide en un mercado intervenido, no en un mercado libre. Con las importaciones cortadas, la demanda de dólares y euros se hunde, no porque la economía sea más fuerte, sino porque los canales para gastarlos están cerrados.
El rublo sube en la pantalla y baja en la calle. Cada vez que alguien presupuesta el PIB ruso en dólares corrientes, la foto engaña.
Los kilómetros conquistados y la lógica del desgaste
El frente es el otro gran tablero. Un cálculo que circula ofrece una referencia geográfica: Rusia, en mes y medio de operación en el Donbás, habría conquistado un territorio equivalente a la
isla de Ibiza. Poco terreno para un ejército que aspiraba a entrar en Kiev en días. Otros mensajes recuerdan que Rusia logró avances rápidos al principio y que después el frente se estancó y hubo retrocesos.
Hay quien sostiene que a Rusia le conviene una guerra larga y que quien se desgasta es Ucrania; en contra pesa el argumento de que Ucrania mejora la calidad de su armamento mientras Rusia recurre a material cada vez más antiguo. El detalle técnico que asoma en el intercambio —artillería guiada, sistemas antiaéreos— apunta a que el desenlace no se decide por kilómetros cuadrados, sino por logística y suministro.
La deuda pública: 17% del PIB frente a 118%
El dato que más incomoda a quienes predicen el colapso ruso es el del endeudamiento. Rusia arrastra una deuda pública cercana al
17% de su PIB. España, según las cifras que se cruzan, supera el 118,4%. Sobre el papel, un país con recursos energéticos y poco endeudado aguanta mejor un pulso financiero que uno que debe buena parte de lo que produce.
El matiz, que casi nadie desarrolla, es que la deuda baja no garantiza prosperidad: un país sin apenas deuda no es automáticamente un paraíso. La salud, las pensiones y la esperanza de vida rusas quedaron lejos de los estándares europeos mucho antes de la guerra. El arsenal nuclear no paga la factura de un hospital.
¿A quién arruinan las sanciones?
El desacuerdo central es este. Una corriente sostiene que las sanciones golpean más a Occidente que a Rusia, que la gasolina y los alimentos suben, que los salarios no acompañan y que el ciudadano europeo paga la factura. La contraria responde que Rusia depende de maquinaria y piezas importadas para casi todo y que las sanciones le obligan a canibalizar equipo.
Entre medias, el argumento de que la guerra la ha decidido Moscú y no la OTAN, y la respuesta de que fue la expansión de la alianza lo que tensó la cuerda. Nadie cede. El punto donde el análisis se atasca es el del coste real: ambas economías aguantan más de lo que sus críticos auguraban, y ninguna cifra —ni el 25% del presupuesto ruso ni el 1,9% español— resuelve quién paga los platos rotos.