Rusia y los BRICS: la moneda común que aún debe esperar
La idea de una divisa propia de los BRICS vuelve cada cumbre. Y cada cumbre se va sin ella. El debate sobre el asunto se ha reabierto con fuerza: hay quien da por hecho que el bloque acabará emitiendo una moneda fuerte, respaldada por materias primas y oro, llamada a convertirse en el nuevo valor refugio. Y hay quien recuerda que entre los propios socios hay intereses cruzados con Estados Unidos y la Unión Europea que hacen imposible el proyecto a corto plazo. La desconfianza entre países a la hora de desprenderse de su moneda nacional sigue siendo el muro principal.
Qué se está discutiendo en realidad
El malentendido de partida es confundir una moneda común con una moneda única. Nadie plantea que el yuan, el rublo o la rupia desaparezcan. Lo que está sobre la mesa es una
unidad de cuenta para el comercio entre socios y, sobre todo, un sistema de pagos y transferencias que permita eludir el
dólar y la red SWIFT. Esa es la prioridad que se atribuye a China, más que la divisa en sí.
El precedente europeo sirve para calibrar los tiempos. La idea del ECU se concibió en
marzo de 1979 como una simple cesta de monedas de contabilidad interna. El euro no llegó hasta
1999. Veinte años. Quien espere que China, Rusia e India compartan moneda en cuatro o cinco años está confundiendo un deseo con un calendario.
Los desafíos que frenan el proyecto
El primer obstáculo es la desconfianza mutua. Hay países del bloque con intereses económicos profundos en Estados Unidos y en la UE, y eso limita hasta dónde están dispuestos a llegar. Algunos análisis sostienen que hay socios que actúan como freno interno; otros apuntan directamente a India como el socio menos dispuesto a ceder soberanía monetaria. Rusia también genera dudas.
El segundo obstáculo es la propia naturaleza del bloque. Los BRICS no son una unión económica al estilo europeo, sino un grupo heterogéneo de países con niveles de desarrollo, regímenes políticos y prioridades comerciales muy distintos. Brasil, India, Indonesia, Irán, Turquía o Mauritania no juegan en la misma liga ni tienen los mismos clientes.
Qué ganarían y qué perderían
Los partidarios del proyecto subrayan que el bloque concentra
materias primas, mano de obra, oro y deuda baja. Un sistema de pagos alternativo permitiría sancionar sin depender de Washington, prestarse dinero sin pasar por el FMI y fijar precios de materias primas al margen de los mercados occidentales. En el escenario más optimista, eso dividiría el mundo en dos planetas financieros.
Los escépticos responden con una pregunta incómoda: si la mitad del planeta deja de aceptar el juego del dólar, ¿cómo comen los países con tasas de pobreza gigantescas y desequilibrios colosales sin acceso a financiación occidental? La hegemonía del dólar no se sostiene solo en la impresora, sino en el control de las instituciones internacionales. Y eso no se sustituye con un comunicado.
El factor que nadie quiere mirar: China
China es el motor del proyecto y, a la vez, su mayor contradicción. Es el país con más intereses en dólares y euros del bloque, y también el que más ganas tendría de salir del sistema. Su economía arrastra desequilibrios internos notables: provincias con agricultura de subsistencia dependientes de subvenciones, obras faraónicas con problemas de mantenimiento y una burbuja inmobiliaria que no termina de desinflarse.
A eso se suma el factor demográfico. La pirámide poblacional china y la europea no se parecen en nada, y el consumo interno no siempre puede sustituir a las exportaciones cuando estas fallan. La competitividad industrial china es real —los aranceles europeos al automóvil lo demuestran—, pero eso no resuelve el problema monetario.
El contexto: tipos altos y rublo bajo presión
Mientras se discute la moneda del futuro, la del presente no pasa por su mejor momento. El banco central ruso ha elevado el tipo de interés oficial hasta el
21%, desde el 19% del mes anterior, el 16% de julio, el 12% de agosto y el 7,5% de julio de 2023. Quince meses. El rublo, entretanto, sigue bajo presión.
Ese dato descoloca cualquier relato triunfalista. Una divisa que aspira a ser refugio no se construye con tipos de interés de emergencia. Y explica por qué muchos análisis piden paciencia: los pasos que se están dando son pequeños, pero van en una dirección que hace una década parecía impensable.
La discusión seguirá. Lo que no cambia es el punto de partida: sin resolver la desconfianza entre socios y sin un mecanismo de pagos operativo, la moneda común de los BRICS seguirá siendo un titular de cumbre. Y los tipos rusos, un recordatorio de que el camino es más largo de lo que algunos quieren admitir.