Ucrania pierde costa y población y el relato dice que Rusia fracasa
Un camión Ural ruso calcinado en la dirección de Rubizhne, una coordenada exacta marcada en el noroeste de Izyum (49.238703, 37.230286) y un mensaje que abre con siete carcajadas: «Ucrania a punto de perder salida total al mar Negro, pero Rusia está perdiendo». Así arranca el asunto que nos ocupa: la
guerra de Ucrania convertida en un pulso de relatos donde cada bando elige qué mapa mirar. Las imágenes de blindados rusos destruidos conviven con otro dato incómodo: Ucrania pierde kilómetros de costa, población y tejido industrial. Los hechos no se discuten. Lo que se discute es qué demonios significan.
¿Qué quería Rusia realmente en Ucrania?
Ahí empieza el desacuerdo. Hay quien sostiene que el Donbás y el corredor terrestre hacia el sur eran el objetivo desde el primer día, y que el empuje hacia el norte fue un tanteo: mandar tropas para ver qué resistencia aparecía y quedarse donde se pudiera. La zona del gasoducto importaría más que tres aldeas del norte, viene a decirse. La tesis contraria no compra el guion: si el plan era limitado, no se entiende el asalto a Kiev ni el precio de las columnas abandonadas.
La versión que ha ganado peso es menos épica. Se lanzaron a por todas, sonó el silbato y no entró la flauta; visto el resultado, se han ceñido a lo que casi todo el mundo esperaba de entrada, solo el Donbás. Eso, o que Putin cayó en una
magistral finta diseñada por sí mismo, ironía que resume hasta dónde llega la desconfianza mutua.
Un tercio de Ucrania y 20 millones de habitantes menos
La previsión más repetida no habla de colapso ruso, sino de reparto. Moscú se quedaría aproximadamente con
un tercio del territorio ucraniano, mientras Ucrania encajaría la pérdida de en torno a
20 millones de habitantes. Desde esa óptica, unos dirán fracaso brutal y otros lo llamarán victoria táctica, pero quien no puede cantar nada es el país invadido, que se queda con menos mapa y menos gente.
Al otro lado están los datos del apoyo occidental:
Estados Unidos aprobó 60.000 millones de dólares en armamento para Kiev, y su industria de defensa trabaja a destajo. Para Moscú, la lectura es incómoda: Washington no suelta la presa y el suministro no cesa. La lectura contraria también tiene números: Rusia quema arsenal moderno, pero tiene petróleo con el que financiar su reposición durante mucho tiempo.
Azovstal, la finta y la batalla del relato
La evacuación de Azovstal se convirtió en el ejemplo perfecto de cómo cada lado cocina el mismo hecho. Para unos fue una rendición con honores; para otros, una «misión cumplida» en la que se pierde el mar de Azov, Mariúpol y se evacúa a miles de combatientes hacia destinos poco apetecibles. La palabra finta se repite con retintín en ambos bandos: finta del que se retira y finta del que se queda. Mientras el relato se pelea, el mapa se mueve en una sola dirección.
¿Quién paga la factura de las sanciones y las armas?
Aquí el asunto deja de ser militar y entra en la cartera. El argumento que más circula apunta a que la Unión Europea se está quedando sin armamento que enviar, mientras Rusia juega con el crudo y con una industria capaz de sostener el esfuerzo. Del lado europeo, la factura llega vía precios, deuda y suministros tensionados. El aviso que sobrevuela es que el castigo económico no distingue demasiado entre el agresor y quien le aplaude desde la grada.
Y luego está el efecto global.
The Economist titulaba el 21 de mayo de 2022 «The coming food catastrophe»: la guerra en un país exportador de grano amenaza con hambre en terceros países que no pintan nada en este lío. Para una parte del análisis, el perdedor real de todo esto no lleva uniforme.
¿Es esta una guerra civil entre ucranianos?
Existe una corriente que sostiene que bajo la etiqueta de invasión late una guerra civil entre ucranianos alineados con la OTAN y ucranianos prorrusos, con instructores occidentales operando en el Donbás antes de la entrada rusa. La lectura opuesta es que eso no cambia nada del terreno: las únicas tropas extranjeras desplegadas son las rusas. Discutir el encuadre no mueve un solo cañón, pero decide quién se sienta a negociar y con qué legitimidad.
Al final, la pregunta que nadie cierra es la misma que abría todo: si Moscú va perdiendo, ¿cómo se llama lo que lleva perdido el otro? Un tercio del país, la salida al mar de Azov y una crisis alimentaria que golpeará a quien aún no ha entrado en la ecuación.
El dato que descoloca no está en el frente. Está en el precio del pan de un país que ni aparece en los mapas del conflicto.