Sánchez señala a Iker Jiménez desde el Congreso
Un presidente del Gobierno sube a la tribuna del Congreso y, en lugar de hablar de precios, de empleo o de la factura de la luz, dedica parte de su intervención a un presentador de televisión. Eso es lo que ocurrió según los mensajes que abren este asunto:
Pedro Sánchez arremetió contra Iker Jiménez y dejó caer que lo triste es que tenga audiencia, con el deseo de que exista una mayoría que lo rechace. El detonante, se apunta, sería el nuevo formato diario de
Horizonte, que al parecer no le está haciendo ninguna gracia a La Moncloa.
La reacción no se hizo esperar. Voces del sector periodístico —Risto Mejide, Nacho Abad, David Alandete— salieron a defender al presentador y a advertir de que señalar a un informador por su nombre desde sede parlamentaria es un paso que no debería darse en una democracia.
«Señalar a los jueces que condenan a sus secuaces y a periodistas que no te gustan es totalitarismo», resume uno de los mensajes más compartidos del asunto. Otro lo llama directamente «demencial, sea de la cuerda que sea».
Qué hay detrás del ataque a Iker Jiménez
El contexto que manejan quienes siguen el caso es doble. Por un lado, el programa de Jiménez ha pasado a emitirse a diario, lo que multiplica su alcance y su capacidad de marcar agenda. Por otro, en sus emisiones se han tratado asuntos que incomodan al Ejecutivo, entre ellos comparecencias y testimonios relacionados con tramas de corrupción que salpican a antiguos cargos socialistas. La mención presidencial, sostienen, no es un desliz: es una forma de deslegitimar la fuente.
Hay quien lo lee en clave electoral.
Una parte del análisis sostiene que Sánchez está dando «brazadas de ahogado», que ve desmoronarse su entorno y que ha decidido convertir a un presentador en enemigo útil para movilizar a su electorado. En contra pesa el argumento de que un presidente no debería entrar a valorar audiencias televisivas desde el escaño, porque cada vez que lo hace engorda al señalado.
Ese efecto paradójico aparece repetido en los mensajes: cuanto más ataca el Gobierno a un medio o a un periodista, más gente acaba viéndolo. La mención presidencial funciona como un aval publicitario gratuito.
«No hay nada como que Pedro Sánchez te considere un enemigo para ganar amigos», resume uno de los tuits que circulan.
El efecto boomerang de señalar a un periodista
La discusión derivó pronto hacia un terreno más amplio: el del papel del Gobierno frente a la prensa. Frente a quienes defienden que el presidente tiene derecho a criticar a un medio, se alza la tesis de que existe una diferencia entre criticar y señalar. Lo primero es opinión; lo segundo, según esta lectura, es poner una diana sobre alguien con nombre y apellido desde el corazón del poder legislativo.
El asunto se enredó además con otros frentes que estos días ocupan la conversación pública: la relación con Estados Unidos, el papel de determinados intermediarios internacionales y la sensación, muy extendida en ciertos círculos, de que el Ejecutivo dedica más energía a controlar el relato que a gestionar los problemas.
La comparación con Trump apareció varias veces, unas para equipararlos y otras para señalar que ambos comparten métodos aunque sirvan a intereses distintos.
También hubo quien intentó rebajar el tono y centrarse en lo concreto: si un presidente menciona a un periodista en el Congreso, la pregunta no es qué opina ese periodista, sino qué límites tiene el cargo. La respuesta que da la mayoría de las intervenciones es que ninguno. O, como mínimo, que ese límite se cruzó.
Qué se juega Iker Jiménez con esta polémica
Para el presentador, el episodio tiene un doble filo. Por un lado, refuerza su perfil de víctima de un aparato que no tolera preguntas incómodas, lo que cohesiona a su audiencia y atrae a curiosos. Por otro, lo mete de lleno en el barro político, un terreno donde los programas de misterio no suelen moverse con comodidad.
La apuesta de Horizonte por el formato diario queda así vinculada, quiera o no, a la agenda del Gobierno.
El propio Jiménez, según se recoge, ha lanzado un reto al presidente: acudir al programa sin guion, sin preguntas pactadas, a responder ante la audiencia. Es una jugada clásica de quien tiene poco que perder y mucho que ganar en términos de imagen. Si Sánchez acepta, el programa se convierte en acontecimiento; si no, queda la sensación de que evita el cuerpo a cuerpo.
Queda por ver cómo evoluciona todo esto. Lo que sí parece claro es que la mención presidencial ha conseguido justo lo contrario de lo que buscaba:
ha puesto el foco sobre el programa y ha convertido una crítica en un fenómeno de audiencia. La política, a veces, tiene estas cosas.