Debate sobre una supuesta presión militar marroquí en el Estrecho
El reloj de arena lleva tiempo boca abajo. La discusión que se abre estos días en los mentideros digitales parte de un supuesto despliegue de batallones de guerra electrónica marroquíes frente a las ciudades autónomas, un movimiento que, según quienes siguen el pulso del Estrecho, encaja con la doctrina de presión sostenida que Rabat aplica desde hace años. La tesis de fondo no es nueva: Marruecos tensa la cuerda, calcula el coste de cada gesto y espera a que el interlocutor ceda por agotamiento. Lo que cambia es el contexto. La vuelta de
Donald Trump a la Casa Blanca ha reabierto la carpeta del
Sáhara Occidental y ha colocado a España en una posición incómoda: la de socio militar prescindible en el flanco sur de la OTAN.
El temor a una nueva Marcha Verde sobre Ceuta y Melilla recorre buena parte de los mensajes, pero el análisis más frío apunta a algo menos cinematográfico y más eficaz: presión migratoria, presión comercial, presión diplomática y, ahora, presión electromagnética. Sin un solo disparo.
Qué significa desplegar guerra electrónica en la frontera
La guerra electrónica no se ve. No hay tanques cruzando la valla ni columnas de infantería en la playa. Se trata de interferir comunicaciones, degradar radares, cegar enlaces de datos y sembrar ruido en el espectro. Un batallón de estas características frente a una ciudad autónoma no conquista territorio: lo aísla. Y ese aislamiento, en un enclave que depende del suministro exterior para casi todo, es una forma de asedio sin declaración de guerra.
Quienes conocen el terreno sostienen que Marruecos lleva años invirtiendo en capacidades convencionales y no convencionales mientras España desmantelaba parte de su estructura militar. El contraste es brutal. Hay quien recuerda que las maniobras del ejército español se hacen con munición contada y que instalaciones históricas como las baterías de costa de Paloma Alta llevan desde 2008 abandonadas y oxidadas, sacrificadas en aras del buen entendimiento diplomático con Rabat.
La pregunta que sobrevuela el asunto es incómoda: si no hay capacidad de respuesta disuasoria, ¿de qué sirve el despliegue? La respuesta que dan los más escépticos es que sirve precisamente para eso, para que no haya respuesta.
El eje Washington-Rabat y el hueco español
El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, formalizado en 2020 durante el primer mandato de Trump, fue el pistoletazo de salida de una campaña de presión marroquí sobre las cancillerías europeas. Según el análisis que circula, Rabat interpretó esa declaración como luz verde para subir el nivel de exigencia con Alemania, Francia y, muy especialmente, España. El resultado es un país que ha ido más lejos que ningún otro socio europeo en el alineamiento con las tesis marroquíes.
La vuelta de Trump a la Casa Blanca reactiva ese marco. Hay quien sostiene que Washington está evaluando sustituir a España por Marruecos como socio militar estratégico a las puertas del Mediterráneo, una hipótesis que el propio Gobierno español maneja con preocupación según las informaciones publicadas. El Estrecho, las islas del Atlántico y el control del tráfico marítimo son piezas demasiado valiosas para dejarlas en manos de un aliado que, desde la óptica americana, aporta cada vez menos.
En ese tablero, la OTAN no aparece como salvavidas. La corriente más pesimista del análisis sostiene que la Alianza no moverá un dedo si el conflicto se plantea como una disputa bilateral de baja intensidad, sin invasión formal ni artículo 5 que invocar. Y Rusia, dicen, tiene sus propios intereses y no va a arriesgar nada por España.
La quinta columna y el relato de la decadencia
Una parte del análisis se desplaza del plano militar al demográfico y social. Se argumenta que Marruecos ya controla barrios enteros en ciudades españolas, lo que constituiría una infraestructura de presión interna lista para activarse en caso de crisis. Es una afirmación que se lanza sin datos verificables y que conviene tratar como lo que es: una hipótesis de trabajo de quienes observan el fenómeno migratorio desde la desconfianza.
El diagnóstico más repetido es el de la decadencia institucional. Se dice que España ha perdido capacidad de reacción, que sus Fuerzas Armadas están infradotadas, que la clase política mira hacia otro lado y que la sociedad prefiere el abrazo al conflicto. La anécdota circula: un militar que asegura que las maniobras se hacen sin munición real, una fábrica de armamento que cambia de manos extranjeras y sigue operando con discreción, baterías de artillería que se dejan oxidadas para no molestar al vecino.
Frente a ese cuadro, hay quien reivindica la soledad estratégica como virtud. España, se argumenta, siempre ha combatido sola y le ha ido mejor así. La asociación con Francia en 1807 llevó al desastre de Trafalgar. El apoyo a los rebeldes de las Trece Colonias quebró la Hacienda de Carlos III y sembró la deuda que lastró el siglo siguiente. La lección que se extrae es simple: los aliados cobran caro y pagan tarde.
Qué se puede hacer, según el análisis dominante
Las recetas que circulan van de lo simbólico a lo operativo. En el plano militar, se menciona la necesidad de recuperar capacidades disuasorias reales, incluida la artillería de gran calibre que un día apuntó al sur. En el plano económico, se propone debilitar la posición marroquí mediante presión comercial y energética. En el plano interno, se habla de endurecer el control migratorio y de revisar la dependencia de infraestructuras críticas.
Ninguna de esas medidas está sobre la mesa. El Gobierno español, según las informaciones disponibles, se mueve en la dirección contraria: buscar acomodo en Bruselas, evitar el choque frontal con Rabat y confiar en que Washington no apriete demasiado. Es una apuesta que puede salir bien o puede dejar a Ceuta y Melilla en una posición de vulnerabilidad creciente.
El dato que descoloca es este: en 2020, el reconocimiento de Trump fue el detonante. Cinco años después, la presión no ha hecho más que acumularse. Y nadie ha movido una pieza para revertirla.