Ataque masivo saharaui contra el muro militar marroquí
Veinte meses de guerra y el bando que la libra apenas ha mostrado una imagen nítida de lo que pasa sobre el terreno. El Ejército de Liberación Saharaui anunció el 16 de julio de 2022 un «ataque masivo con misiles» contra posiciones del Ejército marroquí al norte y sureste del Sáhara Occidental. Según su parte de guerra, al menos
cinco atrincheramientos marroquíes fueron alcanzados y otros dos puntos de alerta del muro quedaron neutralizados. Ninguna verificación independiente acompaña el comunicado. Esa es la primera regla no escrita del conflicto.
Los nombres de los objetivos los pone la nota saharaui: Zmul Um Jamla y Tawarachit entre los atrincheramientos, con un eje de operaciones que va de
Mahbes, en el noroeste y junto a las fronteras de Mauritania y Argelia, hasta Farsia en el norte y Guelta Zemmur en el centro. El parte habla de «innumerables pérdidas de vidas y equipos» en las filas marroquíes, una fórmula elástica que resiste cualquier comprobación posterior.
El conflicto cumple su
vigésimo mes consecutivo y se extiende, según los medios saharauis, a 170 áreas. La cifra da la medida de un goteo de hostilidades sin frente claro, sin ruptura del mapa y sin avance territorial visible.
¿Está Argelia detrás del ataque saharaui?
Es la hipótesis que sobrevuela cada ofensiva. Una parte del análisis sostiene que Argelia emplea a los saharauis como instrumento para desgastar a Marruecos sin exponerse a una guerra abierta, y lo compara con las prácticas de presión de las grandes potencias. La acusación no es nueva y tampoco se puede cerrar con los datos disponibles: el parte lo firma el Ejército saharaui, no Argel.
En contra de esa lectura pesa un detalle geográfico y otro diplomático. Guelta Zemmur está en el centro del territorio, lejos de la frontera argelina, y el aparato logístico saharaui se mueve en el desierto con medios ligeros. Al mismo tiempo, hay quien argumenta que Argelia mantiene relaciones normales con Washington y no responde al perfil de satélite de Moscú que a veces se le atribuye: sería más independiente de Rusia, se sostiene, que varios aliados europeos respecto a Estados Unidos.
Sobre Rusia, en el debate se apunta que no reconoce la República Árabe Saharaui Democrática y mantiene buena relación tanto con Argelia como con Marruecos. Traducido: nadie de peso ha movido ficha abiertamente en favor de una de las partes.
Por qué Guelta Zemmur aparece siempre en los partes
La región no se elige al azar. Guelta Zemmur es un territorio protegido y vigilado de forma estrecha por las fuerzas marroquíes por su riqueza en recursos, principalmente
pesca y fosfatos. Cada bombardeo ahí no busca ganar terreno, sino tocar la línea de flotación económica de la ocupación.
El detalle encaja con el patrón del último año: pocas operaciones de ruptura y muchas incursiones sobre puntos concretos. Una guerra de desgaste barata, sostenible en el tiempo y pensada más para erosionar que para romper.
¿Por qué no hay imágenes del ataque?
Es la pregunta que más incomoda. De un conflicto de veinte meses con 170 áreas afectadas sobreviven muy pocos registros visuales. Ahí está el reproche más duro que se le hace al movimiento saharaui: que sigue anclado en un manual de guerrilla de los años setenta, ajeno al dron barato, a la cámara en alta definición y a la viralización en redes sociales que otras milicias han convertido en arma principal.
La crítica tiene fundamento propagandístico y también estratégico. Sin imágenes, cada parte gana en su propio boletín. Y una guerra que no se ve acaba siendo una guerra que no existe para la opinión pública internacional.
El tablero que nadie mira: fosfatos, gas y dos aliados incómodos
Debajo del intercambio de fuego hay un mapa de intereses. Marruecos es socio prioritario de Estados Unidos en el norte de África; Argelia es cliente histórico del armamento ruso. Los recursos del Sáhara Occidental —fosfatos, posición atlántica, salida al mar— están en el fondo de la disputa.
Para España, el escenario tiene un filo conocido. Se apunta a que la posición más cómoda era el eje España-Argelia-Sáhara, que permitía contener las pretensiones marroquíes sobre Ceuta y Melilla. Y se apunta al riesgo contrario: un choque abierto entre Argelia y Marruecos metería a España en el peor de los dilemas, con compromisos de alianza por un lado y dependencia del gas argelino por otro.
Veinte meses después, cinco atrincheramientos alcanzados y cero imágenes. La guerra del Sáhara Occidental se libra en los partes de guerra y en los despachos, y ninguno de los dos bandos parece tener prisa por que la veamos de cerca.