Ritter ve a la IDF en pánico: 500 km de túneles bajo Gaza
El analista Scott Ritter sostiene que las Fuerzas de
Defensa de Israel están «desmoralizadas» y presas del «pánico» ante una guerra urbana que no pueden librar, con un liderazgo israelí en «colapso caótico» y una ofensiva frenada por el «tiempo», a pesar de que su aviación puede volar en cualquier condición meteorológica. En su lectura, la opinión internacional está dando un vuelco, el mundo se alinea con los palestinos y el final del Estado de Israel ya está escrito: «Se acabó para Israel. Sólo que aún no se han dado cuenta», remata. A partir de ahí la discusión deja de ser si el ejército israelí puede entrar en Gaza y pasa a ser a qué precio entra y con cuánta munición le da tiempo a gastar.
La respuesta inmediata tiene dos direcciones. La primera es el descrédito de quien firma: se recuerda que el mismo analista lleva desde el primer día de la invasión rusa de Ucrania anunciando el derrumbe de Kiev, y que de aquel pronóstico se cumplió más bien poco.
Medio millón de soldados ucranianos muertos y más de doscientos mil desaparecidos o mutilados de por vida es, según el cálculo que sostiene un participante, un balance terrible; una capitulación en tres días, no. La segunda dirección es la contraria: aceptar la tesis sin matices, dar por inviable el Estado israelí tal y como existe hoy y poner fecha al desenlace comparándolo con la derrota de Cuito Cuanavale para la Sudáfrica del apartheid, disuelta tres años después. Dos formas de mirar el mismo dato.
El ejército que dejó de ser invencible sin cambiar de bando
Hay un argumento que se repite: nada ha cambiado dentro del ejército israelí, lo que ha cambiado es el mundo que lo rodea. La aureola de segunda o tercera potencia militar operativa del planeta se construyó hace unas seis décadas, en un tablero con dos superpotencias, un puñado de países con armas nucleares y vecinos mal equipados. Hoy hay más potencias nucleares que en los años setenta y el peso económico y militar de China es otro. El paralelismo tiene trampa, y se admite: de aquella superioridad también formaban parte los adversarios, en un contexto donde Europa salía arrasada de la Segunda Guerra Mundial y Washington tenía incentivos propios para sostener el proyecto.
El contrapunto usa el pasado en sentido inverso. Israel acumula décadas de operaciones, pero su ventaja histórica se medía contra ejércitos convencionales, no contra una red de túneles.
En 2014 la entrada terrestre acabó sustituida por bombardeos masivos. Ahí está la parte que menos se cierra: un ejército muy armado no es el mismo ejército que uno diseñado para pelear bajo tierra.
500 km de túneles y el problema del recluta obligatorio
La cifra que vertebra este tramo es la red de túneles bajo Gaza, con una extensión estimada de
unos 500 km, además de depósitos de suministros preparados durante años. La tesis es que un ejército convencional pierde allí su ventaja tecnológica y entra en un laberinto donde el combate urbano se convierte en una trampa mortal. Es el escenario que la prensa internacional empezó a describir con ese lenguaje, como si la propia cobertura del conflicto fuese dejando de creer el relato de la superioridad incontestable.
Encima está la composición humana de la fuerza. Sostener dos frentes a la vez con esa intensidad exige mucha gente, y buena parte de esa gente cumple servicio militar obligatorio: jóvenes, muchos urbanitas y occidentalizados, para quienes una operación de semanas en un entorno cerrado y devastado no es un destino apetecible. La comparación que se hace desde el otro lado —una población que ya vivía en la miseria absoluta y, por tanto, tiene menos que perder— es dura y discutible, pero está sobre la mesa.
La cuenta de los interceptores: cohete barato contra misil caro
Aquí el tono salta de lo militar a lo económico, y es donde aparecen los números que nadie acaba de cerrar. El razonamiento es sencillo: cada cohete lanzado desde Gaza es un artefacto barato y producido en serie; cada intercepción israelí exige un misil sofisticado, caro y escaso. La pregunta que se lanza —y que nadie responde con una cifra en esta discusión— es cuántos miles de cohetes puede absorber una defensa antiaérea antes de quedarse sin misiles. El desglose fino de esa ratio, con precios y cadencias de producción, es justo lo que falta: nadie pone todavía el
precio por intercepción que convertiría la intuición en cuenta de resultados.
Hasta entonces, todo queda en una asimetría de manual: quien lanza barato puede agotar a quien intercepta caro, aunque tecnológicamente esté muy por debajo.
Ucrania como precedente y el abandono del aliado
La comparación con Ucrania aparece por un motivo concreto: sirve para calibrar plazos y para medir la fiabilidad de quien promete victorias rápidas. También para un argumento más incómodo, el de que Estados Unidos ha dejado antes a sus aliados sobre el terreno y quien cuente con ayuda indefinida hace mal las cuentas. De ahí saltan las hipótesis regionales: que Siria e Irán esperen a ver cómo se posiciona Washington y a que Egipto se mantenga neutral, y que sea eso lo que de verdad frena la operación.
No hay consenso en nada. Hay quien pronostica una derrota israelí a medio plazo por agotamiento de efectivos y munición; hay quien mantiene que la superioridad material se impondrá a base de bombardeos sobre la Franja; y hay quien sostiene que el analista de referencia carece de credibilidad. Las tres cosas se defienden el mismo día.
La carta nuclear y el punto donde el análisis se atasca
El último recurso del argumentario es el arsenal nuclear israelí: quien se vea ante una aniquilación no dudaría en usarlo. Frente a eso, se cita a Michael Hudson:
«No creo que la guerra sea nuclear, aunque podría; en Washington hay muchos como Pompeo: piensa que Jesús vendrá si vuelas el mundo». El contrapeso más citado no es técnico sino de mala suerte: los planes mejor diseñados fallan por un detalle imprevisto, y un misil mal apuntado no distingue entre una ciudad y una instalación sensible.
Ahí se atasca todo. Un bando calcula munición, efectivos y túneles. El otro, supervivencia. Nadie ha puesto precio a la última variable, y sin ese número cualquier pronóstico, también el de Ritter, es un deseo bien redactado.