El rally que desmiente al bajista: +1% en S&P, +2% en Nasdaq
El rally sigue y el profeta de la debacle vuelve a fallar. El S&P 500 avanza cerca de un 1% y el Nasdaq ronda el 2% mientras quien anunciaba el derrumbe mantenía abierta su posición corta y lo fiaba todo a los datos del IPC de primera hora. No es la primera vez. La secuencia se ha repetido tanto que el pronóstico bajista ha dejado de leerse como aviso y empieza a funcionar como termómetro invertido.
¿Qué predijo el aviso del crash bursátil?
El planteamiento era tajante: en mercados bajistas hay que vender el rally, y desde aquellos niveles resultaba fácil ver caídas del 20% o el 30%. El escenario concreto ponía al Nasdaq por debajo de 13.000 puntos y al S&P 500 por debajo de 4.100 en el plazo de un mes. La recomendación operativa era igual de simple:
100% efectivo y palomitas para presenciar la debacle.
La tesis no llegó sola. Junto al pronóstico apareció el aviso de que lo peor estaba por llegar y de que la burbuja estallaría. Hay quien dio por buena la advertencia, hasta el punto de
bendecirla por escrito. Y hay quien, tras vender toda la cartera un mes antes, se preguntaba si debía deshacerse también de los fondos que mantenía, entre ellos
Azvalor Internacional, un vehículo con exposición al uranio.
¿Suben los índices sin volumen? El dato que contradice el relato
Para sostener la caída inminente hubo que explicar por qué los precios subían. La respuesta fue que las subidas eran artificiales y se producían sin volumen. El problema es que el dato no acompaña: en una de las sesiones señaladas,
el Nasdaq superó su volumen medio y el volumen negociado se situó en niveles bastante promedios respecto a su propia media.
Aun así, el argumento del mercado irracional tiene munición. La lista de factores que deberían haber tumbado a los índices es larga:
inflación disparada, problemas de suministro instalados, puertos chinos cerrados, guerra en Europa,
petróleo subiendo un 7%, tipos de interés al alza, curva de tipos invertida y la Reserva Federal descargando balance. Con ese cuadro, el índice de referencia estadounidense sigue camino de máximos históricos. La contradicción es el corazón del asunto, y quien la señalaba la subrayaba con una retahíla de tics.
El efectivo al 120% esperando la caída apocalíptica
Mientras unos compraban, otros acumulaban liquidez. Un caso extremo, según relataba un participante:
120% de flujo de caja en mano a la espera de la bajada apocalíptica, con la idea de entrar con todo cuando llegue el día del desplome. El guion incluye la promesa de que entonces, y solo entonces, habrá que poner hasta la pensión de la abuela en el mercado.
Ese perfil convive con el del inversor que ya salió y ahora duda. Vendí todo hace un mes, planteaba, ¿vendo también los fondos? La pregunta resume el coste real de esperar: no es solo lo que se deja de ganar, es la gestión de lo que queda dentro. Y detrás, la sospecha de que las grandes posiciones necesitan compradores minoristas para colocar papel.
Invertir a lo contrario del pronóstico
La consecuencia más repetida de tanta predicción fallida es una idea sencilla: hacer lo contrario. Se ha llegado a proponer la creación de un fondo indexado a la negación del pronóstico, y abundan los comentarios de quienes dicen haberse forrado operando en sentido opuesto. La fórmula ya es broma recurrente: si el aviso dice 4.600 para el viernes, cuidado.
Sobre esa base circula un clásico del género, el del limpiabotas que reparte consejos justo antes de que estalle la burbuja. Aquí se ha usado al revés, para burlarse de quien se queda en efectivo mientras el vecino se forra. El patrón tiene su gracia y también su trampa: un indicador contrario solo funciona mientras el error sea sistemático. El día que acierte, la cuenta se da la vuelta, y los ETF apalancados que se emplean para expresar estas apuestas añaden una capa de riesgo que no aparece en la coña.
Si los datos de inflación descolocan o el gas ruso se corta, el escenario cambia de golpe y el que hoy se ríe tendrá que explicar su posición. Hasta entonces, la euforia manda y la caída prometida se aplaza un día más. Nadie sabe cuántos días quedan.