El verano más caluroso desde 1961: 24,5°C de media y un país dividido
La Agencia Estatal de Meteorología lo ha confirmado: los meses de junio y julio de este año han sido los más calurosos desde que comenzó la serie histórica en 1961. La temperatura media alcanzó los 24,5 grados, 0,7 más que el anterior récord de 2022 y 2025, y 2,9 grados por encima de la media de referencia (1991-2020). Sin embargo, la noticia ha chocado con la percepción de muchos ciudadanos, que aseguran que el calor no ha sido excepcional o que sus propios termómetros marcan menos.
Los datos oficiales y su alcance
Los registros de Aemet no dejan lugar a dudas: el bimestre junio-julio ha sido el más cálido en 65 años de análisis. Este dato se suma a una tendencia que ya se venía observando: los cinco bimestres más calurosos se han concentrado en los últimos años. Para la comunidad científica, es una señal más del calentamiento global. Sin embargo, algunos analistas señalan que 65 años es una serie corta para hablar de patrones a largo plazo, y recuerdan que la Tierra ha pasado por episodios mucho más extremos a lo largo de sus 4.540 millones de años.
El escepticismo local: termómetros y memoria
La discrepancia es palpable. Mientras la Aemet marca máximas de 40 grados en ciudades como Bilbao, los residentes aseguran que en sus termómetros no se alcanzan esas cifras. En el sur, algunos recuerdan veranos de su juventud con temperaturas de 44 a 46 grados, muy por encima de lo que se ha registrado este año. En Extremadura, donde las temperaturas suelen superar los 40 grados, se describe un verano «normalito» con alguna semana de calor intenso. Estas experiencias contradictorias alimentan la desconfianza hacia las estaciones meteorológicas y el relato oficial.
El debate sobre la causa: ¿cambio climático o ciclos naturales?
La explicación predominante apunta al cambio climático de origen humano. Pero hay quien sostiene que estamos ante un ciclo natural de calentamiento, similar a los que han ocurrido históricamente, como el Período Cálido Medieval. La presencia de la pequeña edad de hielo en el siglo XIV y el posterior calentamiento desde el siglo XIX se utilizan como argumento para relativizar la influencia humana. Además, se señala que los polos se comportan de forma opuesta: mientras el norte se calienta, el sur se enfría, lo que contradice un calentamiento global uniforme.
El trasfondo político y económico
La noticia se ha politizado rápidamente. Por un lado, se acusa al Gobierno de usar el clima para justificar medidas intervencionistas y crear «chiringuitos» burocráticos. Por otro, se señala a las petroleras y a los lobbies como responsables de frenar la transición energética. En medio, la sequía y el calor extremo tienen consecuencias económicas tangibles: los ganaderos agotan sus reservas de forraje, los agricultores dependen del regadío y el consumo eléctrico se dispara. El debate sobre un pacto de Estado frente al clima choca con la desconfianza hacia las soluciones propuestas.
La brecha entre el dato global y la experiencia individual sigue abierta. Mientras la ciencia apunta a un calentamiento sostenido, la memoria y los termómetros caseros cuentan otra historia. La respuesta depende, como en tantos debates, de a quién se le pregunte. ¿Estamos ante el cambio climático o ante un verano como otro cualquiera? El consenso no llega, y el escepticismo, ya sea informado o no, se resiste a aceptar el veredicto oficial.