Una alianza anti-OTAN de 300 millones con más grietas que cemento
Rusia, Bielorrusia, Irán, Siria, Corea del Norte, Venezuela y Cuba. Siete países con políticas y religiones incompatibles entre sí que, según el planteamiento que abre esta discusión, comparten un único pegamento: el rechazo a la OTAN. Sumados, y con el respaldo exterior de
China, reúnen en torno a
300 millones de habitantes, recursos naturales de sobra y un aparato militar que sobre el papel impone. Sobre el papel, porque el inventario se cae a pedazos en cuanto se compara con el bloque al que dicen enfrentarse.
La tesis del bloque antioccidental no es nueva. Lo llamativo es el entusiasmo con que se le atribuye una solidez que los propios números desmienten. La primera respuesta al planteamiento resume el estado de ánimo general:
una recopilación de países con problemas estructurales. A partir de ahí, el análisis se parte en dos corrientes que no terminan de reconciliarse.
Quién sostiene que la alianza anti-OTAN es un contrapeso real
Hay una línea de análisis que lee el bloque como el síntoma de un cambio de ciclo. Sostiene que el mundo multipolar avanza, que los BRICS se ampliarán hasta una treintena de países y que la economía china, hoy la más liberal del planeta según esta lectura, ya supera o está a punto de superar al conjunto occidental. En ese marco, la alianza anti-OTAN no sería una suma de voluntades ideológicas, sino un eje económico que arrastra a los países que se cansaron de las reglas de Washington.
Para esta corriente, el desgaste occidental es visible. Se cita el caso de Afganistán, donde los talibanes acabaron expulsando a la OTAN, y el escenario ucraniano, donde el material occidental arde en el campo de batalla. La conclusión que se extrae: los globalistas han despertado demasiada oposición con sus ansias de dominio planetario, y esa oposición ya tiene forma de bloque.
El problema de esta lectura es que confunde coincidencia con alianza. Compartir enemigo no es compartir proyecto. Y ahí es donde el edificio se agrieta.
El inventario militar y económico que no cuadra
El desglose país por país que circula en la discusión es demoledor. Venezuela y Cuba, según este análisis, valen cero porque Estados Unidos puede aislarlas con facilidad. Siria vale negativo: una ruina humeante sin capacidad de aportar nada. Irán puede ser aislado con relativa comodidad. Rusia está arruinada. Bielorrusia sirve para plantar patatas. La única pieza que se salva es China, y China no está en la lista: solo apoya desde fuera.
La comparación que mejor captura el desequilibrio es la de un grupo de chavales de doce años, cuarenta kilos cada uno, alimentados a base de una lata de atún al día, lanzados a pelear contra un peso pesado. La imagen es exagerada, pero el argumento de fondo no: la asimetría de recursos, tecnología y capacidad de proyección es de otra escala.
A esto se añade una contradicción interna que ninguna propaganda disimula. Los países de la lista se odian entre sí. Rusia y China mantienen una rivalidad de fondo por Asia Central. Irán y Rusia compiten por influencia en Oriente Próximo. Corea del Norte es un problema para todos, incluidos sus vecinos. El cemento del antiamericanismo aguanta poco peso.
¿Qué papel juega China en el bloque anti-OTAN?
China es el apoyo exterior que da sentido a la lista, pero no forma parte de ella. Su posición es la de quien financia y observa sin firmar cheques en blanco. La discusión recoge la sospecha de que Pekín no va a sacrificar a sus clientes occidentales por un bloque de países quebrados. El siglo de la humillación, se argumenta, se vengará cuando convenga, no cuando lo pida Moscú.
La paradoja es que la economía china funciona hoy con más libertad de mercado que muchas occidentales, según la lectura que se hace en la discusión. Eso la convierte en un socio incómodo para un bloque que dice combatir el orden liberal. Si el eje anti-OTAN se sostiene sobre Pekín, se sostiene sobre el país que mejor ha explotado ese orden.
El modelo que nadie quiere copiar
La pregunta que sobrevuela toda la discusión no es militar, sino de proyecto. ¿Qué modelo de sociedad ofrecen estos países? La respuesta que se da en el material es incómoda: ninguno. Son dictaduras de distinto color, con partido único o con elecciones de broma, según la descripción que se hace de Rusia. Los ciudadanos de esos países, cuando pueden, visten vaqueros, ven cine estadounidense y comen hamburguesas. El antiamericanismo oficial no baja al ciudadano.
Ahí está la grieta que ninguna suma de habitantes tapa. Una alianza puede sostenerse sobre el odio común mientras no haya que construir nada. Cuando toca repartir, decidir quién manda y qué se ofrece a la población, el bloque se deshilacha. Los 300 millones son una cifra, no un proyecto.
La pregunta que queda abierta
El bloque anti-OTAN existe como etiqueta, como lista y como amenaza retórica. Como alianza operativa, los propios números que se manejan en la discusión lo dejan en entredicho. Queda por ver si el tiempo convierte esa coincidencia de intereses en algo más sólido o si, como sostienen los más escépticos, se trata de una suma de países que se odian entre sí y solo coinciden en el enemigo. La respuesta no está en los 300 millones. Está en si alguno de ellos tiene algo que ofrecer que no sea la simple negación de Occidente.