Nostalgia de Stalin: el mito soviético que vuelve a Europa
La nostalgia de Stalin ya no se susurra. Se escribe a pecho descubierto, con faltas de ortografía incluidas, y con una amargura muy concreta: la de quien compara su sueldo con el de sus padres. Un intercambio que supera el centenar largo de intervenciones deja un retrato incómodo del ánimo europeo. El dictador que agonizó cinco días en su dacha —derrame cerebral el
1 de marzo de 1953, y ni un camarada se acercó a auxiliarle— aparece hoy envuelto en un afecto que roza lo devocional: le llaman
el Padrecito del pueblo.
Y no es una salida de tono aislada. Es una corriente con su propia arquitectura argumental, y con una tesis económica bastante más sólida de lo que suena a primera vista.
Qué se discute cuando alguien dice que añora la URSS
El punto de partida es una comparación generacional. Una parte de la conversación sostiene que padres y abuelos vivieron mejor de lo que vivirá la generación presente, y sitúa el corte en un año concreto: la caída del muro. La fórmula que resume esa posición es que al desaparecer el bloque soviético
se fueron a la mierda los derechos sociales.
Otra corriente, igual de presente, responde con resultados electorales: si el sistema era tan deseable, no se entiende que su clase dirigente ganara siempre las elecciones con holgura. Hay una tercera vía, más escéptica, que recuerda que no se puede echar de menos lo que no se ha vivido, aunque la falta se note igual. Entre esas tres posiciones se mueve todo lo demás.
El nivel de vida soviético y la tesis de las concesiones
Aquí aparece el argumento más incómodo del bando nostálgico, y es un argumento económico, no sentimental: el comunismo garantizó indirectamente un nivel de vida aceptable en el lado capitalista. El miedo a la revolución forzó concesiones de las clases altas a la clase obrera, y muerto el rival, el capitalismo habría podido sacar el látigo sin temor alguno. La frase, literal, es que resulta paradójico que el comunismo asegurara ese nivel de vida en el lado capitalista de forma indirecta.
Sobre ese esqueleto se despliegan comparaciones entre los dos bloques alemanes: más derechos sociales en la RDA que en la RFA, se afirma, con la cobertura laboral como prueba. De ahí se extrae que Europa nunca vivió mejor que mientras tuvo enfrente a la URSS. Y hay quien añade un dato de presente: la segunda fuerza política de Rusia sería filocomunista, señal de que el sustrato no desapareció con el régimen.
Las purgas de los años 30 y el coste humano del mito
Frente al mito, el expediente. La lista de cargos que se esgrime contra Stalin empieza por las purgas de finales de los años treinta, que descabezaron la élite técnica, intelectual y militar del país, y sigue por la liquidación de buena parte de la oficialidad del Ejército Rojo antes de la invasión alemana. El resultado, según esta lectura, fueron millones de soldados soviéticos muertos y una hecatombe militar hasta que los aliados occidentales enviaron material militar a escala masiva.
La formulación más dura del intercambio no la firma un historiador, sino un mensaje irónico: sin él, hoy habría unos
100 o 200 millones más de rusos. La cifra no es un cálculo demográfico serio —es una provocación calculada—, pero mide bien la temperatura del asunto. Al mismo relato pertenece el final: rodeado de camaradas que le temían demasiado para tocarle, mientras la lucha por el poder ya se repartía por encima de su agonía.
Por qué crece la nostalgia de un país que nunca se pisó
La pregunta que nadie cierra es la más sencilla: por qué añora la URSS gente que no pisó la URSS. La respuesta que se repite es que la nostalgia no habla del pasado, habla del presente: de la precariedad laboral, del coste de la vivienda y de la sensación de competir por todo sin red. Alguien lo resume con ironía: no se puede echar de menos lo que no se ha vivido,
pero la falta que hace.
Conviene separar el grano de la paja. Junto a las comparaciones de derechos sociales circulan también afirmaciones sin ninguna evidencia que las sostenga: atribuir la pandemia a un laboratorio, la mortalidad de las vacunas a un plan deliberado o la gripe de 1918 a una potencia concreta. Eso no es análisis, es ruido. Y contamina un argumento —el de las concesiones arrancadas por miedo— que tiene su propia lógica y que sostiene buena parte del hilo.
El cierre está atascado por definición. Las dos cosas son verdad a la vez: la comparación de derechos sociales entre bloques tiene fundamento, y el régimen que funcionaba como contrapeso fue un sistema de terror con millones de muertos. Cada cual se queda con la mitad que le conviene. El cálculo que nadie ha hecho —cuántos derechos sociales habría hoy sin el contrapeso soviético— es, por construcción, imposible de hacer. Ahí se para todo. Y ahí vuelve a empezar, cada vez con más gente.