La horchata ‘artesanal’ que escondía un sustituto industrial
Diez litros de horchata artesanal comprados a un proveedor no siempre llegan al vaso como se compraron. Hay bares que los alargan con un producto de chufa de supermercado para estirar el margen, una práctica que algún repartidor describe con precisión incómoda: equivalente a rellenar el barril con agua del fregadero. La diferencia entre lo que se pide y lo que se sirve no es solo una cuestión de sabor.
Tradición hostelera o engaño consentido
La práctica no tiene nada de nueva. Antes de que las cámaras colgaran sobre la barra, aguar la leche o camuflar restos era moneda corriente, y hay quien la defiende como parte de la sabiduría del oficio: «lo que no mata, engorda». Que el cliente no viera lo que pasaba en la trastienda se consideraba un favor, no un fraude. La novedad es que ahora queda grabado y sube a internet.
La regulación, entre la asfixia y la necesidad
La otra corriente del análisis es más escéptica con el Estado que con el hostelero. Demasiada burocracia y controles asfixian al pequeño negocio, argumentan. El problema es que la relajación de controles tiene un precio: cuando los márgenes aprietan, el primer recorte se aplica a la materia prima. La seguridad alimentaria es cara, y alguien tiene que pagarla.
El caso concreto viene de la horchata a domicilio. Un repartidor contaba que su empresa cedía a los bares la máquina para servirla y que algunos compraban diez litros para mezclarlos con una marca industrializada. El fraude, cuenta, estaba tan extendido que la venta a domicilio acabó retirándose.
Con el vídeo circulando por redes, la pregunta no es si se sancionará a ese bar. Es cuántos bares más hacen lo mismo sin que nadie se entere. ¿Quién paga la inspección que lo evite?