La selección de críquet que solo tiene un jugador nacido en España
La selección española de críquet no la forman españoles, o casi. De los jugadores que han defendido la camiseta,
uno nació en España, de padre español y madre británica, según los datos que se han ido difundiendo al calor del asunto; el resto vinieron al mundo en territorio británico o sudafricano, o son hijos de familias pakistaníes e indias asentadas aquí desde hace décadas. El equipo existe, compite y, según quienes han visto los partidos, escucha el himno con más firmeza que selecciones con mucha más grada detrás. Ahí arranca el lío: un deporte que en España no practica casi nadie tiene de pronto camiseta, escudo y una discusión nacional montada encima.
Cuántos españoles juegan en la selección española de críquet
Uno, y con matices. El recuento que circula entre quienes siguen al equipo deja
un solo jugador nacido aquí, de padre español y madre británica. Los demás, según esa misma versión, son jugadores nacidos en Reino Unido y Sudáfrica, más descendientes de familias del sur de Asia que llevan media vida en Cataluña. ¿Contradicción? Ninguna: hay quien sostiene que, quitando un par de rubios, todos los demás son
catalanes criados en el área metropolitana de Barcelona. Las dos afirmaciones pueden ser ciertas a la vez, y ese es justo el nudo del asunto.
El paralelismo que más se repite no es con el fútbol, sino con otro deporte de bate: la selección española de béisbol. El recuento que se maneja es de
tres españoles y el resto jugadores nacionalizados. Ese caso no había levantado, hasta ahora, la misma polémica. Lo que ha cambiado no son los hechos, según esta lectura, sino que alguien los haya puesto en una foto con la camiseta puesta.
Sin federación: la gestión se hace en inglés
El detalle que descoloca no es deportivo, es administrativo.
No hay federación: la estructura se apoya en una asociación deportiva reconocida por el Consejo Superior de Deportes y la organización funciona en inglés, según los datos que se manejan. Hay jugadores que no hablan castellano y casi todos los clubes son catalanes, porque el críquet se juega donde vive la comunidad que lo trajo.
Frente a eso, el argumento del coste se cae solo: en la versión de quienes defienden el modelo,
no se gasta ni un solo céntimo de dinero público, porque todo lo gestiona la asociación. El vacío institucional alimenta, en cambio, la comparación más ácida: montar una selección en un deporte con cero tradición local es como alinear un equipo de petanca en Zimbabue con jubilados españoles. La imagen no es elegante, pero describe la perplejidad de quien descubre que existe estructura para algo que no ha visto jugar en su vida.
¿Por qué un deporte sin practicantes tiene selección?
Porque los practicantes existen, solo que no se llaman como el imaginario colectivo espera. El críquet entró en España de la mano de la inmigración de Pakistán e India y llevaba años jugándose en campos de barrio antes de que nadie le hiciera una foto. El Ayuntamiento de Barcelona promueve la práctica y cede espacios en desuso, según la versión que defiende el proyecto: mejor tener a esos chavales jugando que en la calle.
La segunda pata del argumento es generacional.
Son hijos de migrantes educados aquí —hay quien subraya que hablan y escriben español mejor que muchos nativos—, que empezaron a jugar de niños porque era el deporte de casa. Cuando toca armar una selección, sostiene esta corriente, lo lógico es que sean ellos. El contrapunto pesa lo suyo: si el deporte no tiene arraigo, ¿por qué tiene equipo nacional, gestión en inglés y camiseta?
El día de campo que explica el críquet mejor que un reglamento
Conviene una curiosidad que resume el deporte. Un profesor de inglés autóctono contaba en clase que jugaba al críquet cuando visitaba a sus suegros galeses y que el partido en sí era un rollo; lo bueno era pasarse el día en el campo, comiendo y bebiendo. Eso, y no el marcador, era lo importante. Es la descripción más honesta que se puede hacer con los datos disponibles: partidos que se eternizan, estrategia mínima para el ojo profano y una excusa social de primer orden.
El himno, ese detalle que desarma
Y luego está la escena que incomoda a propios y extraños: la solemnidad ante el himno. Mientras otras selecciones lo silban o lo ignoran, según el comentario de quienes siguen estos torneos, la de críquet lo escucha firme, o al menos eso sostienen quienes han visto los partidos. Ese contraste desarma incluso a quien rechaza el proyecto entero. Sobre esto hay poca estadística: una imagen, una actitud y una comparación que no deja a nadie indiferente.
Con estas piezas, el críquet español seguirá jugándose donde ya se jugaba —las canchas de los barrios donde vive la comunidad que lo practica— mientras la selección vive en el limbo de representar a un país que aún no sabe que la tiene. Si algún día llega la federación y los clubes se multiplican, el debate cambiará de tercio. Si no llega, seguiremos discutiendo por una camiseta.