Goya 2026: la gala que convirtió el cine en mitin
La alfombra roja de los Premios Goya 2026 sirvió para algo más que repartir cabezones. Entrega de premios y discursos reivindicativos se mezclaron con menciones a la guerra en
Oriente Medio, al genocidio en Gaza y a la situación política internacional. El resultado fue una gala que, según buena parte de las reacciones recogidas, se pareció más a un acto político que a una celebración cinematográfica. La pregunta que sobrevuela es sencilla: ¿cuánto de ese discurso se sostiene sobre taquilla y cuánto sobre subvención?
Del premio al alegato: qué se dijo sobre el escenario
El director Daniel Guzmán fue uno de los nombres de la noche. Criticó que «Europa está mirando hacia otro lado» ante las «invasiones» y «secuestros» atribuidos a Estados Unidos y mencionó «el genocidio de Gaza, la invasión a un pueblo soberano como es Venezuela, el ICE». La intervención se difundió rápidamente y se convirtió en uno de los momentos más comentados.
No fue el único. El actor Alberto San Juan cargó contra Franco con una frase que también circuló con rapidez: «Lo menos importante de Franco es que fuera bajito, gordito y con voz de pito. Mejor que hubiera tenido una pinta como su ser, que un atroz genocida». Luis Tosar y Rigoberta Bandini, por su parte, hicieron un alegato por la paz y la condena de la guerra y del genocidio en Gaza. La actriz Nora Hernández, al presentar «La cena», señaló que con esa película «la gente se ha reído mucho de Franco».
El presentador Gonzalo Miró también dejó su momento político al mencionar a «un fiscal general condenado sin pruebas». Y Paula Vázquez, en la alfombra roja, se declaró admiradora de Susan Sarandon y relacionó las opiniones políticas de la actriz con haber sido vetada.
El doble rasero que señalaron las críticas
Una parte de las reacciones apuntó a la ley del embudo. Se argumentó que muchos de los que suben al escenario a criticar a Estados Unidos o a Israel guardan silencio sobre los problemas internos de España, y que el francomodín se ha convertido en un recurso recurrente. «Menos de cine van a hablar de todo», resumía uno de los mensajes.
Otro de los focos fue la coherencia. Varios mensajes recordaron que Daniel Guzmán habría tenido un problema de ocupación en una propiedad suya, lo que dio pie a comentarios sobre la diferencia entre el discurso público y la gestión privada. «Progre que cuando ocupan sus propiedades se vuelve facha», resumía una intervención. La desocupación, según varios mensajes, se habría producido con ayuda de conocidos.
El contraste con la taquilla fue otro de los ejes. Hay quien sostiene que buena parte de las películas premiadas no alcanzan los 1.000 euros de recaudación y que eso no impidió los discursos. La propuesta que más se repitió: retirar la subvención pública y obligar a buscar socios capitalistas como en Hollywood.
El contexto internacional que sobrevoló la gala
La gala coincidió con un momento de tensión internacional. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se pronunció sobre el ataque de Israel y Estados Unidos a Irán: «Llevamos décadas disfrutando de unos niveles de paz y de la prosperidad que de repente están vulnerados (...) ¿Cómo es posible que se pueda intervenir bombardeando hospitales o colegios?». Esa declaración circuló en paralelo a los discursos de la gala y alimentó la sensación de que el evento se había convertido en una extensión del debate político.
La comparación con otros conflictos también apareció. «Unos principiantes comparado con Israel que se lo están pasando bomba», señaló un mensaje, en referencia a la crudeza del conflicto. La mención a los narcos de la Cañada Real, introducida por el periodista Jaime Ballesteros, añadió otra capa al cóctel de referencias.
Lo que se juega el cine español
El debate de fondo no es nuevo: si el cine subvencionado debe ser también cine militante o si la taquilla debería ser el único juez. Los datos que manejan los críticos apuntan a una desconexión entre el discurso de la profesión y el consumo real de películas. Los defensores del sistema actual sostienen que la subvención es lo que permite un cine que no dependería solo del mercado.
Lo que sí parece claro es que la gala dejó más titulares políticos que cinematográficos. Y que, un año más, el nombre de Franco volvió a ser protagonista en una noche que, sobre el papel, iba de películas.
¿Cuánto tiempo más podrá sostenerse un modelo que premia lo que casi nadie ve?