Europa y el antisemitismo: la historia de las expulsiones que divide
Hubo un tiempo en que las ciudades europeas competían por expulsar a sus minorías religiosas y luego se atribuían la civilización que otras construyeron. La afirmación de que «si eres europeo tienes que ser antisemita como ha sido
Europa durante toda su historia» ha reabierto un pulso histórico donde los datos de expulsiones se cruzan con la lista de los lugares donde esa comunidad no fue echada. La discusión, lejos de zanjarse, se atasca en una pregunta incómoda: ¿fue Europa antisemita por defecto o solo en episodios concretos?
Las expulsiones documentadas que se citan en el debate
El rastro de decretos y predicaciones hostiles contra comunidades judías en Europa es amplio y está documentado. Se mencionan **expulsiones en Venecia en 1394, 1478, 1492, 1497, 1498, 1516 y 1550**, con referencias a la predicación de Fra Bernardino y a la usura como detonantes. También se cita **1582 en los Países Bajos**, apoyándose en obras como la de Grosser y Halperin sobre las causas y efectos del antisemitismo. La lista de expulsiones de comunidades musulmanas, se argumenta, es más corta y da menos material.
Frente a esa cronología, otra corriente sostiene que la presencia judía en Venecia no fue expulsión sino **restricción residencial**, con comunidades asentadas en Mestre y normas que ni siquiera llegaron a aplicarse del todo. La discrepancia no es menor: de ella depende que se hable de hostigamiento continuado o de episodios puntuales dentro de una convivencia más o menos tolerada.
¿Dónde no fueron expulsados los judíos?
La lista de lugares donde no hubo expulsión formal incluye, según una de las posturas, la **Venecia medieval, la Holanda renacentista, París, Londres, Viena, Suiza y Estados Unidos**. De ahí se extrae la tesis de que esos fueron los sitios donde se hizo todo lo que llamamos civilización, y que el antisemitismo y el atraso económico irían de la mano. La respuesta es directa: **también hubo expulsiones en Venecia y en Holanda**, y Estados Unidos carece de trayectoria histórica suficiente para dictaminar si la comunidad correría mejor suerte a largo plazo.
El contraargumento más citado señala que **el único lugar donde nunca se expulsó a los judíos fue el Imperio Otomano**, al que se atribuye haber inventado poco en términos de progreso material. La comparación sirve para desmontar la correlación entre tolerancia y florecimiento, aunque deja abierta la cuestión de qué se entiende por tolerancia.
El caso español: ni paraíso ni excepción
Sobre España se cruzan dos relatos. Uno sostiene que **nunca hubo antisemitismo** y que la conversión y expulsión de 1492 respondieron a un cálculo económico: aprovechar la salida de los musulmanes para saquear las juderías, con la nobleza y los obispos validando conversiones que en la práctica no existían. Otro recuerda que **Quevedo usaba el origen converso de Góngora para desprestigiarlo** y que el insulto «perro judío» formaba parte del vocabulario corriente, prueba de un pasado hostil que no conviene blanquear.
El detalle más curioso lo aporta una observación sobre las fiestas populares: **el consumo público de cerdo** servía para certificar que el vecino no era criptojudío ni criptomusulmán. Ver a todos comer cerdo garantizaba, según esta lectura, un software mental compatible con la fe dominante. La anécdota ilustra hasta qué punto la presión social operaba más allá de los decretos.
El antisemitismo como patología o como respuesta
La discusión deriva hacia el terreno personal cuando se acusa a quien sostiene estas tesis de tener una enfermedad mental o de ensalzar a «chusma criminal». La respuesta no se hace esperar: **«las víctimas de vuestra enfermedad mental somos todos, comenzando por vosotros mismos»**. En paralelo, se afirma que el desprecio al judío sin conocer a ningún judío es propio de ignorancia, y se recuerda que en la España de la unidad de fe un calvinista sería peor visto que un judío.
Otra intervención introduce un matiz de clase: **un globalista de origen judío en Los Ángeles estaría culturalmente más cerca de un votante de izquierda que de un judío de Jerusalén**. La idea, repetida en distintos formatos, es que la etnia no determina la posición política y que el conflicto real es entre proyectos globalistas y soberanistas, no entre pueblos.
Qué se juega Europa en esta discusión
El pulso tiene una derivada contemporánea. Se afirma que **España va cuesta abajo y sin frenos** por vivir bajo lo que se describe como control de élites ajenas, mientras otros responden que ese tipo de diagnóstico es precisamente el síntoma de la enfermedad que se denuncia. La discusión sobre el pasado se convierte así en una disputa sobre el presente: qué se puede decir, qué se puede criticar y qué precio tiene hacerlo.
La pregunta de fondo —si Europa fue antisemita por estructura o solo en episodios— sigue sin respuesta cerrada. Los datos de expulsiones están ahí, pero su interpretación depende de qué se cuente como expulsión, qué como restricción y qué como simple mala vecindad.