Atacar una ciudad en ruinas sigue siendo un suicidio militar
Meter un carro de combate en un entramado urbano de escombros es la forma más rápida de convertir un vehículo de decenas de toneladas en un blanco a bocajarro. Los vídeos de combate callejero difundidos desde Gaza —asaltos a blindados con lanzacohetes disparados casi a quemarropa— han reabierto una discusión vieja: si la ventaja tecnológica se desvanece entre cascotes, túneles y sótanos,
ningún ejército moderno está a salvo. La tesis dominante es tajante: el terreno urbano iguala fuerzas. El asunto, como casi siempre, admite matices.
¿Por qué un tanque se vuelve vulnerable en una ciudad en ruinas?
Porque cada montón de escombros funciona como parapeto y cada sótano como salida de túnel. El defensor aparece en mitad de la calle, dispara y desaparece sin exponerse, mientras el atacante avanza con vehículos pesados, ruido y firma térmica. La distancia de disparo se acorta hasta extremos absurdos: los lanzamientos se describen
a menos de veinte metros, prácticamente pegados al blindado.
En ese escenario el arsenal cuenta menos que la posición. Se citan lanzacohetes tipo
RPG-29 con carga doble de 105 milímetros, capaces de perforar blindaje reactivo si el impacto acierta en el punto débil. Frente a eso, el detalle técnico que casi nadie verifica: un impacto lateral no siempre revienta el carro, pero garantiza reparación, tripulación herida y el vehículo fuera de combate unas cuantas semanas.
El blindaje que aguanta y el vídeo que no se ve
Buena parte del desacuerdo nace de la prueba audiovisual. En las grabaciones no aparece un solo carro ardiendo con el casco reventado, y de ahí salen dos lecturas incompatibles. Una sostiene que los impactos se absorben y que el blindaje aguanta sin daños estructurales. La otra responde que grabar los daños obliga a quedarse quieto en una calle batida por drones, y quien lo hace no vuelve a contarlo.
La discrepancia no es menor: define si estamos ante una carnicería o ante marketing. Lo que admite menos discusión es que
un carro sin infantería que lo proteja es una invitación al desastre. Blindados y soldados a pie avanzan juntos o no avanzan: es la lección que se repite en cada guerra urbana reciente.
Túneles, drones y la artillería que no puede disparar
El subterráneo cambia las reglas. Si las bocas de los túneles se abren en sótanos y bajos de edificios, el defensor se mueve bajo la ciudad y solo emerge para disparar. El atacante necesita localizarlo, y ahí entra la tecnología: sensores térmicos e infrarrojos, drones de vigilancia y seguimiento permanente del terreno. Con un
frente de apenas diez kilómetros, se argumenta, todo puede estar cuadriculado y cubierto.
El problema es el tiempo. Entre el disparo y la respuesta aérea pasan minutos; el que disparó ya está bajo tierra. Y cuando las tropas propias están a veinte o cien metros del objetivo, la artillería pesada y la aviación dejan de ser una opción. Solo quedan morteros, zapadores y vehículos de ingenieros con lanzamientos termobáricos para limpiar posiciones concretas, un procedimiento que en el material se describe paso a paso: objetivo localizado, todos a cubierto, lanzamiento y avance.
De Stalingrado a Mosul: el precedente que se repite
La historia no aporta consuelo. Stalingrado, Alepo, Mosul, Kobani, Raqqa, Faluya, el asedio de Mariupol o la batalla de Bajmut se citan como el mismo guion con distinto reparto. En todos ellos el atacante acabó renunciando al asalto mecanizado puro y pasó a la limpieza casa por casa, túnel por túnel, con granadas de mano y fuego de infantería.
La conclusión que se extrae es incómoda para cualquier estado mayor:
la ciudad en ruinas degrada la ventaja tecnológica. No la elimina del todo —existen radares geológicos, excavadoras teledirigidas y municiones de precisión—, pero la rebaja hasta que el resultado depende de la paciencia y no del presupuesto.
El asedio como alternativa al asalto
De ahí que la propuesta más repetida no sea entrar, sino esperar. Cercar, cortar agua y combustible, vigilar cada movimiento con drones equipados con sensores baratos y dejar que el hambre y el miedo hagan el trabajo. Algunos añaden un detalle casi siniestro: altavoces a todo volumen durante la noche para impedir dormir.
Enfrente hay una réplica obvia. Un cerco no es rápido, no es barato y no garantiza nada; además convierte cada día que pasa en desgaste político y en material para el relato del adversario. Los vídeos de combate valen poco en términos militares y mucho en términos de moral, y eso lo saben los dos bandos.
La foto del carro ardiendo que no era de esta guerra
Un ejemplo útil de por qué conviene desconfiar de las imágenes. La estampa de un carro de combate con fuego debajo y una bandera ondeando en la torreta. El análisis más detallado señala que el vehículo, un modelo con kit de protección frontal,
presentaba el casco sin deformaciones y que la toma correspondía a la valla fronteriza, en una fecha anterior a la operación terrestre. Ni el carro estaba destruido ni la foto era del asedio.
Queda un pronóstico con reservas. Si la ciudad se combate, los carros seguirán entrando, porque nadie ha encontrado otra forma de tomar un núcleo urbano. Lo probable es un goteo de vehículos dañados, un avance lentísimo y una cuenta de bajas que ninguna de las partes publicará completa. Y una certeza incómoda:
el siguiente vídeo tampoco enseñará el interior de un tanque calcinado.