Jersón: la retirada rusa que reabre el relato de la guerra
Hay una paradoja que resume el estado del relato sobre la guerra: la ciudad de Jersón cayó, y sin embargo el asunto del que más se discute no es su caída, sino cuánto tardó en producirse y quién se equivocó al pronosticarla. El mensaje que abrió esta discusión sostenía que las fuerzas rusas estaban siendo «masacradas a millares» y que las cancillerías occidentales guardaban silencio. Semanas después, la misma ciudad que ese mensaje daba por segura en manos rusas quedó bajo control ucraniano, y el argumento mutó sin rubor hacia el concepto de
repliegue táctico.
La secuencia es el dato. No la interpretación que cada bando hace de ella.
Qué pasó realmente en Jersón
La retirada rusa de la orilla derecha del Dniéper se anunció como una decisión difícil y se ejecutó de forma desordenada. Los materiales compartidos en la discusión mostraban columnas, vehículos y equipos abandonados en la huida, con un tono entre el asombro y la burla. El término que se popularizó para describirla —una contracción coloquial rusa que vendría a significar algo así como «guerra de la cagada»— circuló más rápido que cualquier comunicado oficial.
El general responsable de la retirada, Serguéi Surovikin, había anticipado «decisiones difíciles». Eso admitía dos lecturas: abandonar la ciudad sin combatir, o atrincherarse y aceptar bajas masivas. La primera se impuso. Desde el lado contrario se sostiene que la operación fue una
finta destinada a atraer a las fuerzas ucranianas hacia una trampa urbana, y que la ciudad tomada sin resistencia acabaría siendo arrasada hasta los cimientos. Es una hipótesis, no un hecho verificado.
Las cifras que cada bando pone sobre la mesa
Aquí empieza el problema de los números. Rusia reconoció en su momento unos 7.000 muertos propios, una cifra que en la discusión se considera ampliamente superada. Ucrania insistía en torno a 6.000, mientras en sus propias calles se manifestaba por 17.000 soldados en paradero desconocido. Ninguna de esas cantidades es verificable de forma independiente, y todas proceden de partes interesadas.
El cálculo más optimista para Moscú presenta la retirada como una evacuación ejemplar sin bajas, tras infligir el máximo castigo durante meses. El escenario contrario la describe como una huida con material abandonado y una humillación comparable a la de Mariúpol, donde la resistencia se prolongó durante semanas con helicópteros derribados y terminó con capturas masivas. La comparación entre ambos episodios —uno por aguante, otro por repliegue— es la que más recorrido tiene en el análisis.
¿Por qué el frente se desplazó a Bajmut?
Porque Jersón dejó de dar titulares. Cuando la ciudad cambió de manos, la atención se trasladó a Bajmut, y con ella el mismo patrón: meses de anuncios sobre su caída inminente que no se cumplían. Los plazos se estiraban, las predicciones se reciclaban y el desgaste se medía en decenas de miles de bajas sin que el mapa cambiara de forma decisiva.
Ese traslado de foco es, en sí mismo, un dato sobre cómo funciona la propaganda de guerra en ambos lados. Una ciudad que se pierde se convierte en una operación de distracción; una que no cae se convierte en una fortaleza inexpugnable. El relato se adapta al resultado, nunca al revés.
El desgaste político en Washington
En paralelo, aparecieron señales de fractura en el apoyo occidental. El general Mark Milley, jefe del Estado Mayor conjunto estadounidense, habría instado a buscar una salida diplomática, mientras otros asesores consideraban prematuro negociar. La filtración, recogida por
The New York Times, dibuja un gobierno dividido entre el coste de sostener la guerra y el coste de congelarla.
A eso se suma el desgaste material: Estados Unidos recortó su ayuda en un tramo concreto de 275 millones, y Londres cambió de primer ministro en plena guerra. Son movimientos que no deciden el conflicto, pero marcan el tono. La pregunta que sobrevuela —¿cuánto tiempo aguanta la opinión pública occidental pagando esta factura?— no tiene respuesta todavía.
Qué dicen los que llevan dos años siguiendo esto
El consenso más repetido entre los analistas escépticos es que el ejército ruso ha resultado ser mucho menos de lo que se vendió: una potencia militar sobre el papel incapaz de imponer su superioridad sobre el terreno. Frente a eso, la lectura contraria sostiene que Ucrania no puede reponer bajas y ha tenido que retrasar posiciones, lo que convertiría cada avance en una victoria pírrica.
Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. La cuestión de fondo —quién gana y a qué precio— sigue abierta, y probablemente lo estará durante años. Lo único verificable es que Jersón cambió de manos y que el relato que lo negaba tuvo que reescribirse deprisa.
¿Cuánto tarda un pronóstico equivocado en convertirse en un repliegue táctico? Depende de quién lo firme.