Sin inmigración España tendría 28 millones, como en 1950
La idea de que sin el flujo migratorio actual las calles estarían vacías choca con un dato que el propio análisis pone sobre la mesa: en 1950 España tenía unos 28 millones de habitantes y nadie la describía como un páramo. De ahí parte un debate económico que va mucho más allá de la demografía: entran la caída de la natalidad, la vivienda y el papel del mercado laboral. Y la conclusión no es unánime.
La natalidad cayó 25 años antes que la inmigración
Uno de los argumentos que más se repite sostiene que el desplome de la natalidad española arrancó en los años 70,
unos 25 años antes de que empezara la inmigración masiva. Si eso es cierto, la relación causa-efecto se invierte: no faltan españoles porque lleguen migrantes, sino que llegan a un país que ya llevaba décadas reduciendo su fecundidad. Otro análisis apunta a un motivo más prosaico: la escolarización obligatoria. Antes, los hijos trabajaban en el campo y sostenían la vejez de los padres; cuando dejaron de ser rentables, las familias ajustaron el número a la baja.
A eso se suma el arrastre generacional. Con más de cuatro décadas de caída sostenida hay menos españoles en edad fértil, así que el volumen absoluto de nacimientos cae aunque la tasa se estabilice. Se maneja que el
40% de las mujeres españolas de origen autóctono nunca tendría hijos y que uno de cada cinco concebidos no llega a nacer. Con esos mimbres, cualquier escenario de relevo generacional exige entrada de población de fuera.
¿Cuánta población debería tener España?
Aquí aparece la cifra estrella:
25 millones de habitantes. Es el escenario que parte del análisis considera idóneo, con pleno empleo, vivienda accesible y calles tranquilas. La referencia histórica la da el propio país: en 1950, con 28 millones, no había problema de despoblación. Frente a ellos, los 48 millones que maneja el análisis.
La estimación que circula es que una población menor rebajaría la vivienda
entre un 20% y un 30%, lo que a su vez reactivaría el ánimo de formar familia. El mecanismo, sostienen, sería doble: menos presión sobre el suelo y menos gasto público destinado a servicios ligados a la llegada de población.
Vivienda, salarios y paro: la explicación económica
La objeción más sólida no discute las cifras, sino el orden de los factores. Si hubiera trabajo y salarios dignos y vivienda asequible, mantiene esta corriente,
no haría falta traer a nadie: la natalidad repuntaría por sí sola. Y añaden un contrapunto incómodo: con un paro elevado, la supuesta necesidad de mano de obra extranjera no se sostiene.
El argumento se completa con el destino del gasto. Se afirma que las ayudas dirigidas a la población recién llegada podrían haberse volcado en la natalidad de los de aquí, con lo que el problema se resolvería, dicen, por partida doble. La réplica desde el otro lado avisa de que sin ese flujo habría menos consumo, menos producción y menos oferta de empleo, una cadena que también acaba golpeando el nivel de vida.
Seguridad y servicios públicos: el argumento recurrente
Otra línea no se fija en el saldo demográfico, sino en el coste cotidiano. Se sostiene que una población menor aliviaría la presión sobre sanidad, educación y servicios sociales, y que ese gasto crece al ritmo de la llegada de población. Es una afirmación que se lanza como consecuencia directa, no como dato medido, y a la que se opone la falta de estadísticas que la respalden. Lo que sí discute el análisis es el orden de las ayudas, que según esta lectura irían primero a los recién llegados.
El relato conspirativo que se cuela en la conversación
No todo el material es económico. Una parte recurre a la llamada
sustitución étnica, presentada por sus defensores como un plan deliberado, y al «plan Kalergi», sobre el que se admite que se trata de una teoría conspirativa sin pruebas que la respalden. Son marcos que, en el mejor de los casos, sirven para etiquetar un fenómeno real —envejecimiento y dependencia de la inmigración— pero que no explican sus causas. La conversación deriva también hacia el decrecimiento y la energía: la tesis de que un descenso poblacional se podría gestionar con tecnología choca con un recordatorio, tecnología equivale a energía, y esos deberes habría que haberlos hecho antes.
Con estos mimbres, la pregunta no es si España puede tener menos habitantes sin colapsar, sino si el modelo actual —más llegadas para sostener el gasto— aguanta a largo plazo. Nadie en el análisis lo cierra.