Kissinger admite a los 100 años que la inmigración masiva fue un error
Henry Kissinger, la figura que cumple 100 años y a la que se atribuye la etiqueta de ideólogo del Nuevo Orden Mundial, sostiene en una entrevista difundida apenas 24 horas antes de que arrancara la discusión que «permitir la
Inmigración masiva fue un grave error». No es un diagnóstico nuevo. Lo es el firmante. Quien fuera una de las figuras que más influyó en el mundo en la segunda mitad del siglo XX pone en cuestión uno de los principios que sostienen las políticas migratorias occidentales y, en la misma conversación, añade que la Unión Europea debería dar apoyo absoluto a Israel. Dos mensajes, una firma y una audiencia que solo registró el primero.
¿Qué dijo Kissinger exactamente y con qué fiabilidad?
La frase que circula es literal: «Permitir la Inmigración masiva fue un grave error». La primera advertencia que aparece en el asunto es metodológica: conviene revisar la entrevista entera antes de dar por buena una cita suelta, porque el fragmento aislado y el párrafo completo no siempre cuentan lo mismo. En este caso la fuente es una conversación publicada un día antes, en la que el veterano diplomático mezcla el rechazo a dejar entrar personas de otras culturas con el respaldo explícito al Estado hebreo. La parte incómoda para unos y la parte ignorada por otros caben en el mismo texto.
El precedente de Estados Unidos: cuando el crisol funcionó
El argumento más repetido frente a la tesis del error es histórico. Estados Unidos se construyó sobre inmigrantes que en su momento fueron recibidos con hostilidad —irlandeses, italianos— y acabó cohesionando una sociedad capaz de sostener dos guerras simultáneas y de poner a un hombre en la Luna. Si eso funcionó una vez, la pregunta es por qué no iba a repetirse. La respuesta pesimista apunta a las condiciones del experimento: una economía en expansión, una cultura de destino con capacidad real de absorción y un flujo que se abría y se cerraba a voluntad. Sin esos tres requisitos, la analogía se rompe, y ahí es donde el debate deja de ser sentimental.
El paralelo incómodo: Nixon, China y el rival enriquecido
La misma lógica se aplica a la geopolítica. Se sostiene que la apertura a China convirtió a un rival estratégico en la segunda economía del mundo, y que repetir el movimiento con India —con una natalidad muy superior— sería un error de mayor calibre. La doctrina de fondo es la del comercio como pacificador: la idea ilustrada, con Adam Smith en el centro, de que el intercambio enriquece mutuamente a las naciones y rebaja la conflictividad. El problema es que enriquecer al vecino también lo arma. La discusión sobre si la
Ostpolitik alemana fue un acierto o una cesión se libra con los mismos mimbres.
Prosperidad no es occidentalización
Hay un matiz que suele perderse entre tanto aspaviento: querer dinero y bienestar no implica querer adoptar las costumbres del anfitrión. El análisis publicado por el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) recuerda que casi todo el mundo desea prosperar, pero que ese deseo convive con identidades que no se disuelven por tener un empleo mejor. Los países del Golfo Pérsico y las comunidades musulmanas asentadas en Europa funcionarían como prueba de cargo. La tesis, incómoda para el optimismo
multicultural, es que el desarrollo económico no compra integración cultural, y que confundir ambas cosas fue el origen del desaguisado.
Rectificación tardía y un pacto que va en dirección contraria
Si el diagnóstico fuera tan evidente, la política debería moverse. No lo hace. El
Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular empuja justo en el sentido opuesto: «Ampliar y diversificar la disponibilidad de vías para una migración segura, ordenada y regular, teniendo en cuenta las necesidades particulares de los migrantes en situación de vulnerabilidad», dice su texto. Dicho de otro modo: se pasa de tratar el movimiento migratorio como excepción a diseñarlo como corriente permanente. Ahí está la contradicción que subrayan los críticos, porque el arrepentimiento se declara en las entrevistas y se desmiente en los boletines oficiales.
Cuando el diagnóstico deriva en sospecha
No todo el material resiste el análisis. Una parte relevante de la discusión abandona el terreno económico y se marcha hacia teorías conspirativas sobre supuestos grupos de poder que planificarían la sustitución de poblaciones: no aportan un solo documento que lo respalde. Otra parte se queda en el insulto personal contra el entrevistado, lo que tampoco suma. Entre el exabrupto y el dato, el argumento que aguanta —una política migratoria sin filtros ni condiciones de absorción genera tensiones sociales medibles— es justo el que queda sepultado. La protesta de Londres, con más de 50.000 personas en la calle según la policía, se citó como termómetro de ese descontento.
Al final queda la pregunta que nadie cierra: si la inmigración masiva fue un error, ¿por qué se sigue diseñando la política migratoria como si fuera un derecho sin condiciones? Y, sobre todo, ¿tiene alguna consecuencia que quien lo dice haya tardado cien años en decirlo?